El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 1
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El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1)

El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1)

Por Stella Black

© inepub.com

Capítulo 1

Hugo

Llegué a casa pasadas las once de la noche.

El pasillo estaba en penumbra. Solo la luz cálida de la lámpara del salón se filtraba bajo la puerta del dormitorio.

Dejé la maleta del hospital junto a la entrada, me quité los zapatos con cuidado y caminé en silencio.

El olor a su perfume todavía flotaba en el aire, mezclado con el aroma más suave de la cena que probablemente había comido sola horas antes.

Alexandra estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero, revisando algo en la tablet.

Llevaba una de mis camisetas viejas —la gris que le quedaba grande— y el pelo suelto sobre los hombros.

Al oírme, levantó la vista y sonrió. Esa sonrisa cansada, genuina, que siempre me desarmaba.

—Hola, cirujano —dijo en voz baja—. ¿Sobreviviste?

—Más o menos. —Me acerqué y me senté en el borde de la cama. Le besé la frente, después la boca, despacio—. ¿Tú?

—Cerré el caso a las ocho. El cliente está contento. Yo estoy destrozada.

Le quité la tablet de las manos y la dejé en la mesita. Ella no protestó. Se dejó caer un poco hacia mí y apoyó la cabeza en mi hombro. Su piel olía a jabón y a ella. Pasé una mano por su espalda, debajo de la camiseta, y noté el calor familiar de su cuerpo.

—Te eché de menos —murmuré.

—Yo también.

No hablamos mucho más. Nos besamos con la lentitud de quien lleva demasiado tiempo esperando ese momento.

Sus labios se abrieron contra los míos y sentí el suspiro que soltó cuando mi mano subió por su costado.

La camiseta subió con facilidad. No llevaba sujetador.

Sus pechos pesaron cálidos en mis manos, y ella arqueó un poco la espalda, ofreciéndose sin prisa.

El sexo fue como tantas otras noches: cariñoso, conocido, bueno.

La conocía de memoria. Sabía exactamente cómo tocarla para que se estremeciera, dónde besarla para que abriera más las piernas, el ritmo que le gustaba cuando estaba cansada.

Ella se corrió con un gemido contenido contra mi cuello, clavándome las uñas en la espalda.

Yo la seguí poco después, enterrado en ella, con la frente apoyada en la suya.

Después nos quedamos abrazados en silencio. El aire del dormitorio olía a nosotros. Alexandra pasó los dedos por mi pelo, una y otra vez, hasta que su respiración se hizo más lenta y profunda. Se quedó dormida con la cabeza en mi pecho.

Yo no pude dormir.

Me quedé mirándola.

La luz de la mesita todavía estaba encendida, suave, y le dibujaba el perfil.

Los labios entreabiertos. El cuello largo.

La curva de un hombro desnudo que asomaba por encima de la sábana.

Llevábamos casi ocho años juntos. La conocía mejor que a nadie.

Y aun así, esa noche, mientras la miraba dormir, la fantasía volvió con una fuerza que me dejó sin aire.

No era nueva. Llevaba meses creciendo en la oscuridad de mis turnos de noche, en los momentos en que el cansancio bajaba la guardia. Empezaba siempre igual: la imagen de ella siendo tocada por otras manos. Manos más grandes. Más oscuras. Manos que no eran las mías.

La veía abriendo la boca para otro hombre.

La veía arqueándose, gimiendo de una forma que yo nunca había escuchado.

La veía mirando a alguien que no era yo con esa expresión de hambre que a veces asomaba en sus ojos cuando estábamos juntos, esa chispa que el trabajo y la rutina habían ido apagando poco a poco.

El pecho se me cerró. La excitación llegó mezclada con una vergüenza densa, casi física. Me sentí traidor. ¿Qué clase de marido fantaseaba con que su mujer —la mujer a la que amaba de forma casi dolorosa— se entregara a otro? ¿Qué tipo de hombre se excitaba imaginando que no era suficiente?

Pero la imagen no se iba.

Alexandra se movió entre sueños y apoyó una pierna sobre la mía.

Su respiración caliente rozó mi piel. Yo seguía duro, dolorosamente duro, solo de pensar en ella con alguien más.

Cerré los ojos y me obligué a respirar despacio.

Intenté empujar la fantasía hacia un rincón oscuro de la mente, donde había estado guardándola durante meses.

No funcionó.

Porque debajo de la culpa había algo más.

Algo que me daba miedo nombrar. El deseo de verla libre.

De verla deseada de una forma que yo, con mis turnos interminables y mi cansancio crónico, ya no conseguía provocarle del todo.

El deseo egoísta y terrible de regalarle un placer que yo solo no podía darle… y de estar ahí para presenciarlo.

Abrí los ojos y la miré otra vez. Tan hermosa. Tan mía. Y, de repente, también un poco desconocida.

Me pregunté qué pensaría si supiera. Si le dijera la verdad. Si le confesara que a veces, cuando la hacía el amor, cerraba los ojos y la imaginaba con otro hombre dentro de ella. Que esa imagen me hacía correrme más fuerte. Que me dejaba temblando de vergüenza y de deseo al mismo tiempo.

Alexandra suspiró dormida y se acurrucó más contra mí. Yo le besé la sien, muy despacio.

—Te quiero —le susurré, aunque no pudiera oírme.

Y por primera vez en mucho tiempo, la frase me supo incompleta. Como si hubiera algo más que necesitaba decirle. Algo peligroso. Algo que podía cambiarlo todo.

Me quedé despierto mucho rato, escuchando su respiración y sintiendo cómo la fantasía se asentaba dentro de mí con una claridad nueva y aterradora.

Ya no era solo una imagen fugaz en la oscuridad.

Era una pregunta.

Y yo no sabía si iba a tener el valor de hacerla.