Capítulo 19
Hugo
El mensaje me llegó cuando ya estaba en casa.
Voy a casa. Me ha comido el coño hasta hacerme correr. He tenido su polla en la mano. No hemos follado. Pero necesito que tú me folles en cuanto abra la puerta.
Me quedé mirando la pantalla. Las palabras se me clavaron una a una.
“Me ha comido el coño hasta hacerme correr” me produjo un golpe físico en el estómago y, al mismo tiempo, una erección tan inmediata que casi me dolió.
“He tenido su polla en la mano” me obligó a cerrar los ojos.
La imagen se formó sin permiso: los dedos de Alexandra rodeando a otro hombre, aprendiendo su grosor, su calor.
Cuando oí la llave, ya estaba de pie en el recibidor.
Alexandra entró. Cerró la puerta a su espalda y se quedó mirándome.
El pelo un poco desordenado. Los labios hinchados.
Olió a sexo ajeno de una forma que ya no era sutil: a saliva, a excitación femenina, a la colonia especiada de Idris pegada a su cuello y a su vestido.
El contraste entre esa evidencia y el hecho de que hubiera vuelto a mí me dejó sin aire.
—Acércate —dije.
Vino. No con sumisión. Con una seguridad nueva, casi peligrosa. Cuando estuvo frente a mí, me tomó la mano y la guió bajo su vestido. No llevaba ropa interior. Estaba empapada, hinchada, resbaladiza. Mis dedos se hundieron en ella con facilidad. El calor me quemó la palma.
—Esto es lo que me ha dejado —susurró—. Su boca. Su lengua. Hasta que no pude más.
Me temblaban las manos. La empujé contra la pared del recibidor y me arrodillé.
Subí el vestido hasta su cintura y la lamié.
El sabor era distinto. Más intenso, más abierto.
Había un rastro sutil de algo que no era solo ella.
Gemí contra su sexo. Alexandra enredó los dedos en mi pelo y empujó mis labios contra ella.
—Mírame mientras lo haces —ordenó, la voz baja pero firme—. Quiero que sepas exactamente de dónde vengo.
Obedecí. Levanté la vista. Sus ojos me sostenían con una claridad que me desarmó.
En ese momento la dinámica de poder se hizo explícita y brutal: ella acababa de estar con otro hombre, había recibido placer de él, y ahora decidía cómo y cuándo me lo entregaba a mí.
Yo, de rodillas, estaba eligiendo recibir esa verdad con la boca abierta.
La chupé con hambre, casi con desesperación. Ella se corrió relativamente rápido, con un temblor fuerte y un gemido contenido, apretando mis dedos contra su cadera. Antes de que pudiera recuperarse, me levanté, la giré hacia la pared, bajé el pantalón y entré en ella de un solo empujón.
Estaba tan mojada que me recibió hasta el fondo sin resistencia. El calor me arrancó un sonido gutural. Empecé a follarla con fuerza, sin sutilezas. Cada embestida hacía que el recibidor se llenara del sonido húmedo de nuestros cuerpos.
—Dime qué hizo —exigí contra su oído.
Alexandra hablaba entre jadeos, la mejilla apoyada en la pared:
—Me besó… despacio al principio… después con hambre.
Me quitó el vestido. Se arrodilló. Su lengua era distinta…
más ancha… me abrió con los pulgares y me lamió hasta que me corrí de pie.
Después me dejó tocar su polla… pesada… caliente…
más gruesa que la tuya. Me detuvo antes de que pudiera hacer más.
Dijo que la primera vez que estuviera dentro de mí quería que los tres lo hubiéramos decidido con claridad.
Cada frase suya me empujaba más cerca del borde.
No era solo la descripción. Era el hecho de que ella pudiera decírmelo mientras yo estaba enterrado dentro de ella.
El poder estaba en su voz. En su capacidad de sostener las dos realidades al mismo tiempo: el placer que había recibido de Idris y el placer que me estaba dando a mí.
—¿Te gustó más que yo? —pregunté, la voz rota, sin saber si quería oír la respuesta.
Ella giró ligeramente la cabeza. Nuestros ojos se encontraron.
—Me gustó diferente —respondió con honestidad brutal—. Y me gustó todavía más sabiendo que iba a venir a contártelo. El poder no está en elegirlo a él sobre ti. Está en poder teneros a los dos en la misma frase. En la misma noche. En el mismo cuerpo.
La confesión me destrozó. Me corrí con un gemido profundo, clavándome hasta el fondo y derramándome dentro de ella mientras ella seguía apretándome con las paredes de su sexo.
Las contracciones de mi orgasmo me dejaron temblando.
Me apoyé en la pared con un antebrazo, todavía dentro, intentando recuperar el aire.
Después de un rato me retiré. El semen resbaló por el interior de sus muslos, mezclado con la humedad que Idris había provocado antes. La imagen era obscena y profundamente íntima. Alexandra se giró. Tenía las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes.
—Hay una dinámica de poder que ya no podemos fingir que no existe —dijo en voz baja—.
Yo estoy en el centro. Vosotros dos orbitáis a mi alrededor de formas distintas.
Tú me cedes espacio y te excitas con esa cesión.
Él me desea y acepta las reglas que nosotros le imponemos.
Yo decido el ritmo. Ese poder me da miedo porque me gusta. Me gusta más de lo que esperaba.
Me limpié la boca con el dorso de la mano y la miré.
—Y a mí me da miedo lo mucho que me excita verte ejercer ese poder —admití—. Me da miedo que necesite cada vez más esta desigualdad para sentir que te deseo con esta intensidad. Pero ahora mismo… no quiero renunciar a ella.
Alexandra se acercó, me tomó la cara entre las manos y me besó. El beso sabía a su sexo y a mí. Cuando se separó, apoyó la frente contra la mía.
—Entonces no renunciamos —susurró—. Pero seguimos nombrándolo. Cada vez. Para que el poder no se convierta en algo que nos controla a nosotros en lugar de al revés.
Asentí.
Esa noche, más tarde, en la cama, la tomé otra vez.
Más despacio. Más profundo. Mientras me movía dentro de ella, le pedí que me repitiera fragmentos de lo que había ocurrido en el apartamento de Idris.
Cada detalle me mantenía duro. Cada confesión suya reforzaba la extraña y poderosa arquitectura que estábamos construyendo los tres…
aunque el tercero todavía no estuviera físicamente en la habitación.
El poder había cambiado de forma.
Ya no era simétrico.
Y, por primera vez, los dos estábamos admitiendo que no queríamos que lo fuera.