El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 36
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Capítulo 36

L a boda de Ruth y Gunter se celebró en Stone House. Fue una ceremonia privada, solo entre los familiares más cercanos.

Aunque no habían tenido la oportunidad de hablar con calma sobre lo sucedido, Alice se sentía satisfecha de que Gunter hubiera cumplido su promesa de convertirse en el compañero de Ruth por el resto de su vida.

—¿Estás feliz? —le preguntó la joven mientras las dos bailaban un vals.

—Lo estoy, aunque no pensé que la idea me gustara tanto.

—Ya veo por qué Gunter dijo que fuiste tú quien lo rechazó.

—Eso es porque no mentí cuando dije que no quería ser una carga.

—Pero nunca lo has sido —insistió Alice, y Ruth sonrió.

—¿Y qué hay de ti? Escuché que tu joven prometido te mandó al diablo —le dijo, provocándole una carcajada.

—Que no te escuche mamá; además, tengo que darles las gracias por contribuir a que ella no pereciera en la cama.

—La verdad, no pensaba regresar.

—¿Y por qué lo hiciste?

—Debe ser porque lo pensé mejor luego de leer tu carta.

—No era para convencerte —respondió, un poco engreída.

—Lo sé, pero lo reconsideré cuando Gunter amenazó con colgarse del campanario —comentó con diversión, y ambas se echaron a reír hasta que vieron que el susodicho se acercaba para reclamar a su esposa.

—Quiero que sepas que nunca pude hacer bien lo que me enseñaste —le dijo Alice, haciendo que Ruth arrugara la cara.

Entonces se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

—La verdad es que lo aprendí con tu hermano. Así que tendrás que esperar a que Arthur te lo enseñe —le dijo, guiñándole un ojo justo cuando llegó Gunter y le pidió un baile.

Alice se despidió de ellos y decidió buscar a Arthur, ya que, con tantos preparativos, apenas habían podido pasar tiempo juntos, más allá del protocolario. Preguntó por él y le dijeron que estaba en la casa de invitados.

Corrió hacia allí y lo encontró sentado en el sofá, leyendo el librito de Malgraux. Se acercó despacio hasta que estuvo a una corta distancia, y él la miró por el rabillo del ojo. Luego extendió su mano y la invitó a sentarse a su lado, cerró el libro y lo colocó sobre la mesa del centro.

—Sabes, por un tiempo mandé a confinar este sofá.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó, curiosa, había notado que no lo había vuelto a ver en la sala.

—Supongo que fue porque aquí encontré a una muchachita haciendo cosas traviesas —declaró, y Alice se llevó las manos a la boca, avergonzada de que esa tarde de lluvia él la hubiera visto.

—Creo que con mandarlo a lavar habría sido suficiente.

—Por supuesto que no, porque cada vez que lo miraba, te veía a ti tentándome —declaró, observándola con seriedad.

Alice se apoyó en sus rodillas y él le rodeó la cadera, llevándola a sentarse a horcajadas en su regazo.

—Está decidido, hoy mismo le pediré tu mano a tu padre —anunció, acariciándole y apretando su pequeño trasero.

—De acuerdo —respondió ella, con un matiz de picardía, muy a gusto con la idea.

Arthur se recostó, llevándola sobre él, y ella se regodeó en su cuerpo grande y firme que tenía debajo. Entreabrió la boca cuando él comenzó a recorrer con su mano la cara interna de su muslo, y su respiración se aceleró al sentir su dedo rozando su interior.

—Creo que no podemos hacer esto aquí —susurró, mientras él la acariciaba de arriba abajo—. Arthur —gimió, sintiendo su dedo tocar su parte más sensible—. Esta vez... no... puedo resistirme —gimió de nuevo, sintiendo cómo el dedo de Arthur había logrado traspasar la barrera de su piel.

Abrió la boca mientras él lograba introducirlo dentro, y luego se incorporó, moviéndolo en círculos.

Ella jadeaba en su boca, aferrándose a su cuello con fuerza hasta que su cuerpo dejó de temblar.

Al encontrarlo de nuevo, lo besó en los labios; pero justo cuando iba a volver a colocarse sobre él, escucharon pasos y Gunter y Ruth se detuvieron frente al sofá donde estaban los dos.

Alice se quedó en silencio, y cuando Arthur se puso de pie, su amigo le lanzó un puñetazo seco en la mandíbula que lo hizo caer nuevamente. A ella y a Ruth les salió un grito, mientras el joven Wellesley se sacudía de dolor.

Después de eso, no hubo necesidad de que Arthur pidiera su mano, porque Gunter se encargó de que todos supieran la buena nueva.