El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 35
95%

Capítulo 35

A lice se despertó decidida a hacer su parte. Si bien no podía actuar como Arthur, porque el barón no le debía dinero a su padre, le quedaba la alternativa de hablarle a Paul con sinceridad. La verdad era que no lo amaba, pero había desarrollado un cariño especial por él.

Su madre se mostró feliz con la invitación que le extendió para tomar el té de la tarde en el jardín, y no puso objeciones para que pudieran charlar en privado. Así que, después de disfrutar del té, lo invitó a pasear por el jardín.

—Supongo que hay algo que tienes que decirme —comentó Paul, quizá al notar su vacilación.

Alice no se había arrepentido; solo buscaba la manera de que la situación no se le saliera de las manos.

Esa confusión la hizo sentir tonta, sobre todo tras haberse enfrentado a su hermano y casi haberle arrancado el pelo por su falta de valor para asumir la responsabilidad de sus actos.

Así, se encontró dando vueltas en círculos con Paul por el jardín.

—Sé lo que me quieres decir —arguyó él, deteniendo su marcha de repente.

—¿Qué... sabes? —preguntó ella, con una voz pausada.

—Sobre nuestro compromiso. Quieres romperlo, y es una pena porque pensaba llevarlo hasta el final.

—No entiendo. ¿Cómo estás al tanto si no he mencionado nada al respecto?

—Hace unos días tuve una charla de hombre a hombre con Arthur Wellesley, y él me dijo que no podía dejarte en mis manos.

Fue una expresión muy convincente, y terminé tomándola en serio.

Sin embargo, no puedo liberarte como pide, porque eso perjudicaría mi reputación —repuso Paul, mostrándole la misma convicción.

—Pero no te amo, por eso no puedo casarme contigo.

—Lo sé; sin embargo, le hice una propuesta que aceptó, pero tú debes estar dispuesta a afrontarla si realmente quieres estar con él.

—¿Cuál?

—Que seas tú quien pague las consecuencias por mí —respondió, dejándola sin palabras.

—¿Lo dices en serio?

—Sí —contestó él, con una seriedad que la dejó helada—. No estaría mal que asumieras un poco del castigo, ¿verdad?

Alice rio ante lo que le resultaba bastante gracioso, aunque lo entendía. Así funcionaba la sociedad: el peso del poder recaía en los hombres, mientras que la vergüenza y la indignidad pesaba más en las mujeres.

Recordó que Grace Williams no había estado dispuesta a pagar ese precio, y junto a su familia decidió no hacer ningún escándalo y tragarse su propio orgullo para seguir manteniendo las apariencias.

Así, aunque Arthur pudiera ser el malo, la respuesta sería ambigua, porque ella también lo era, dispuesta a exigir, pero no a dar.

Sin embargo, Ruth sí defendió lo suyo, si bien su honor se fuera al traste. Alice sonrió; no lo culpaba por buscar la mejor solución, pues era la única manera de que fueran libres.

—Está bien, asumiré las consecuencias —dijo, retándose a sí misma y a su propio destino.

Paul le sonrió, y ella, como un último acto de amistad, le besó en la mejilla. Después de ello, volvieron a la casa, y sin decir una palabra, él subió a su coche y se marchó.

—¿Qué ha sido todo eso? —preguntó su madre, y Alice solo se encogió de hombros antes de regresar a su habitación.

Dos días después llegó la carta de ruptura del compromiso por parte del barón Strasser, en la que declaraba que se había equivocado al elegirla y que ella no era apta para asumir la posición que él representaba.

Esto dejó a Rufina Becker en la cama por casi dos semanas, incapaz de salir a la calle y dar la cara.

Alice, por su parte, celebró la decisión en su interior.

Se alegró aún más al enterarse de que Paul ya estaba cortejando a una joven un año menor que él.

Por suerte, su padre resistió el golpe y se mantuvo en pie.

Mientras los rumores se mantenían como una tormenta desagradable sobre el cielo de Londres, ella decidió renovar sus viejas costumbres e intentó volver a bordar.

Así, desenterró la caja con el pañuelo que había adornado para Arthur, con la esperanza viva de que ahora sí podría entregárselo. Aunque, en esta ocasión, se decidió a aprender a bordar ropa para bebés con su madre, consolándose con ello de las desgracias pasadas.

La noticia del regreso de Gunter las sorprendió en medio del aprendizaje, y ambas corrieron a recibirlo. Pero él llegaba solo, casi un mes después de haber partido hacia Cornualles.

—¿Qué sucedió? ¿Por qué llegas solo? —le preguntó su madre, agarrándolo de las solapas.

—Debe ser porque antes de volver con Ruth, debo casarme con ella —respondió, tomándose su tiempo para hacerlas sufrir. Tanto su madre como Alice respiraron aliviadas, e incluso su padre le dio un abrazo por haber logrado traer de vuelta a Ruth.

Dos días después, se finalizó el compromiso y se fijó la fecha de la boda para dentro de un mes, lo que puso a correr a todos tanto en la casa de los Wellesley como en la mansión Becker.