Capítulo 34
A l día siguiente, la situación no cambió, y Gunter se mantuvo firme en su decisión, a pesar de que su madre le gritaba que estaba loco.
Sin embargo, él persistió en su determinación, hasta que, avanzada la tarde, su padre tomó una decisión que apoyaba su aparente locura; aunque no había indicios de que Ruth Wellesley estuviera embarazada, debía ser ella quien lo confirmara.
Alice se quedó en casa mientras sus padres se dirigían a Downing Street para aclarar el asunto, y solo regresaron esa noche, con el rostro de sus padres demacrado y su hermano luciendo un moretón en el ojo, cortesía del golpe que le propinó Arthur por haber tocado a su hermana, a pesar de haberle sido prohibido.
Entre lágrimas, su madre le reveló que Camille ya lo sabía y por eso había aceptado la decisión de enviarla a Cornualles, a Abbey House, donde permanecería hasta que naciera su bebé. Sin embargo, Ruth había dejado claro que no quería regresar para no dañar los planes de Gunter.
La decisión, lejos de molestar a su madre, la entristeció, haciéndole notar lo que ella estaba dispuesta a hacer por proteger a su tonto y estúpido hijo.
Esa actitud resultó irónica para Alice, que recordó lo que su madre había dicho sobre ella.
Sin embargo, la decisión estaba tomada, y ahora deseaba, al menos, conocer a su nieto o nieta.
Lo único que quedaba por hacer era que el futuro padre fuera a buscar a Ruth y la convenciera de regresar, así que comenzó a preparar el largo viaje.
—Supongo que lo que Gunter ha hecho a la familia es una desgracia, pero no puedo enojarme con él —se lamentó Rufina mientras Alice la consolaba.
—No lo es, mamá.
—¿Cómo que no? Ha deshonrado a esa niña en nuestras narices.
—Ruth no es una niña —la reconvino—. ¿Acaso no te hace feliz que se va a casar? Solo espero que Ruth lo acepte, o lo lamentará toda su vida.
Su madre suspiró hondo, luciendo una expresión trágica.
—Solo falta que tú también cometas una locura. A Dios gracias, todo va bien con el barón.
—Mamá, respecto a eso... —empezó a hablar, pero Rufina se negó a escucharla, poniéndose en pie y saliendo de la habitación, haciéndola refunfuñar.
Sin embargo, ella y Arthur habían hecho un acuerdo, y aunque no se lo había exigido, iba a cumplirlo porque su corazón le pertenecía a él. A pesar de que su madre no quisiera oírla, terminaría su compromiso con Paul.
Se dirigió a la habitación de su hermano, quien estaba preparando sus cosas para el viaje. Debía aprovisionarse bien, ya que arribaría a Abbey House en un máximo de una semana.
—¿Ya has preparado todo? —le preguntó.
Gunter asintió con una sonrisa de labios apretados. Ella le mostró la carta que había escrito a Ruth.
—Entrégasela cuando la veas —le recomendó.
Él la recibió y la guardó en su maletín.
—Supongo que no me dirás qué le escribiste allí.
Alice negó con la cabeza, feliz de poder expresarle en esa carta lo que pensaba de ella. No esperaba convencerla con sus líneas; deseaba que lo hiciera Gunter, de quien, después de verlo llorar, le quedó claro que la amaba y también estaba decidido a ir a buscarla.
—Es un secreto —respondió, sacándole una sonrisa.
Alice se quedó observando cómo él terminaba de preparar su equipaje. Una vez que tuvo todo listo, se sentó a su lado en la cama.
—Después de darme el golpe, Arthur me pidió que te dijera que había cumplido su promesa. ¿Quieres decirme a qué se refería o simplemente me preparo para devolverle el golpe? —le preguntó Gunter, con el ceño fruncido.
Alice sonrió, afirmando una y otra vez que no le diría nada. Finalmente, él le sonrió y le besó la frente.
Ambos salieron de la habitación, él llevando todas sus pertenencias. Cuando llegaron al patio, ya tenían preparado su caballo. Sus padres salieron a despedirlos, y Randolph Becker le hizo prometer que no regresaría sin Ruth y su futuro bebé.
A lo lejos, junto al muro de la casa, Alice vio a Arthur montado en su caballo, quien había ido a despedirlo también. Aprovechó para ir a saludarlo e invitarlo a dar un paseo por el jardín.
—¿Sigues enojado con Gunter? —le preguntó.
Él se volvió hacia ella, frunciendo el ceño.
—Solo hasta que logre convencer a Ruth.
—Él es un poco torpe, pero confío en que lo hará. A propósito, me ha dado tu mensaje. ¿Puedo saber qué hiciste?
—¿Desconfías de mi palabra?
—No, pero hay demasiado silencio. Por lo general, las noticias llegan a la puerta de mi madre —adujo, y Arthur sonrió.
—Solo lo he hecho de la manera más diplomática que existe.
—¿Cuál?
—Una carta.
Alice enarcó las cejas, sorprendida.
—¿Rompiste el compromiso con ella por carta?
—Sí, y la envié antes de que mis padres les pidieran a esas mujeres que se fueran de casa.
—Pero nadie ha dicho nada.
—Le temen al escándalo, y la carta que les remití no fue para romper, sino para cobrarle a su padre el dinero que le adeuda al mío. Así que es obvio que no se quejarán por haberlos mandado al diablo —se jactó Arthur.
—Creí que habías estado conforme con casarte con ella.
—Conforme sí, pero no resignado —repuso Arthur, rodeando su cintura y atrayéndola hacia su pecho, para besarla.
—No hagas eso, pueden vernos —exclamó ella, sintiéndose nerviosa. Aun así, no pudo contenerse de corresponderle y besarlo.