Capítulo 33
A lice, lejos de amedrentarse, lo encaró, aprovechando la oportunidad que él mismo le otorgaba.
—¿Dónde estabas y con quién? —le espetó al cerrar ella la puerta e ir a quitarse la capa.
—Estaba buscando pruebas.
—No me vengas con cuentos, Alice. ¿Qué diantres estabas haciendo y con quién?
—¿Me estás acusando?
—No olvides que soy tu hermano mayor.
—Supongo que sí, pero últimamente no te tengo mucho respeto —respondió mientras se lavaba la cara y las manos en el tazón.
—Habla, Alice. ¿Sabes lo que pasará si madre o padre se enteran? —le reclamó.
Ella se secó las manos y se acercó, plantándose frente a él. Ver su ridícula expresión de cólera también la enojó; sin embargo, ya no tenía dudas de que la enfermedad de Ruth no tenía nada que ver con problemas estomacales o intestinales, sino con las consecuencias del descuido de ambos.
Guardó silencio, analizándolo. Él, en un arranque de rabia, la agarró de los hombros y la zarandeó.
—Ruth está embarazada de ti —le soltó sin preámbulos, haciendo que se apartara con una risa nerviosa.
—¿Qué demonios dices?
—Eso debería preguntarte yo. ¿Qué demonios hacías con ella sin medir las consecuencias?
—Cállate, ella no es tan descuidada.
—Tal vez sí.
—¿Por qué estás tan segura de ello?
—No lo sé, pero te juro que es muy probable. Deberías saber que el lugar al que fue no es una finca cualquiera; es un lugar de retiro para esconder culpas.
—Deja de decir sandeces.
—¡No, Gunter! Deja de decirlas tú y asume tu responsabilidad. ¿O vas a dejar que Ruth se quede sola por no saber comportarte como un hombre?
—Te dije que te callaras. No sabes nada —le gritó, levantando su mano para pegarle, pero esta se quedó en el aire, y apretó el puño con impotencia.
Alice le dio una bofetada que impactó de lleno en su mejilla, haciéndolo retroceder, espantado.
Luego se lanzó contra él, empujándolo, lo que provocó que perdiera el equilibrio, y se puso encima, dándole bofetadas y jalándole el cabello.
Solo se detuvo cuando notó que él no hacía nada por defenderse.
Fue entonces cuando advirtió que se llevaba las manos a la cara, cubriéndose para que no pudiera verlo llorar. Alice se abrazó a su pecho y sintió cómo se convulsionaba por el llanto.
—Yo le dije que la quiero —sollozó entre lágrimas—, pero ella me dijo que me olvidara de eso, así que solo le di todo lo que quiso de mí.
Alice se alejó un poco y le apartó las manos para que la mirara. Aunque él se resistió, finalmente pudo ver su rostro empapado en lágrimas.
—Ruth te quiere, así que lucha por ella —le dijo. Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió.
—¿Qué está sucediendo aquí? ¿Por qué están peleando como cuando eran críos? —preguntó su madre, con aspavientos al encontrarlos en esa situación.
Su padre, que la acompañaba, también los observó con espanto. Alice se incorporó de inmediato y se apartó para que Gunter pudiera sentarse y arreglarse.
—Tengo algo que confesarles —dijo Gunter, mientras una gran confusión se dibujaba en el rostro de sus padres—. Dejen de mirarnos así, que no pasa nada. Ella solo me estaba haciendo entrar en razón.
El muchacho se puso en pie y caminó entre ellos, directo a la biblioteca. Alice se encogió de hombros y ambos lo siguieron, muertos de curiosidad. Ella se quedó afuera, escuchando cómo Gunter les confesaba a ambos que quería casarse con Ruth Wellesley y hacerse cargo del bebé que venía en camino.
Por supuesto, su madre se desmayó con la repentina noticia y su padre le propinó otra sonora bofetada.