El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 32
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Capítulo 32

A lice seguía estupefacta ante el inesperado encuentro.

Después de despedirse de Marta y de que Arthur le asegurara que la llevaría de vuelta a su casa, tras ella explicarle el motivo de su presencia allí, ambos caminaban en silencio, perturbados solo por el bullicio de las calles y el sonido de los cascos del caballo que él guiaba, galopando despacio a su lado sobre el adoquinado.

—No puedo creer que te hayas atrevido a venir aquí solo por eso —dijo él, luego de que ella le expuso la razón de su presencia en ese lugar.

—Tengo un buen motivo para ello —se defendió ella.

—¿Y vas a decírmelo para que te crea o vas a esconderlo? —la inquirió.

—Tiene que ver con Ruth, solo quería comprobar algo.

—¿Con mi hermana? —bufó él al escuchar su respuesta.

—Sí, pero aún no te lo diré.

—Debes estar bromeando, Alice. ¿Qué tiene que ver mi hermana con todo esto?

—¿Puedes esperar? Y, de todos modos, tú también estás aquí.

—Es una suerte que te haya encontrado. No es un lugar seguro para las señoritas decentes, y menos si están comprometidas con un noble.

—¿Lo dices a modo de burla?

—Supongo que es sarcasmo —repuso él jocoso.

—Quizá las ideas de ese libro no están tan erradas —comentó ella al doblar una esquina y salir a una zona de tabernas.

—Tiene algo de sentido, aunque a estas alturas, dudo que no lo hayas leído todo.

Alice sonrió, admitiendo que tenía razón; los pensamientos de Malgraux ya formaban parte de sus reflexiones.

—¿También intentas comprobar su pensamiento al venir aquí? —cuestionó, sin dudar de que algunas respuestas estuvieran en el lado cruel de la vida, sobre todo en aquella que no tiene privilegios.

Arthur detuvo al caballo y la miró. Aunque era de noche y la luz de las farolas a gas era bastante insípida, pudo notar que sus ojos tenían un brillo hermoso y que su expresión ya no era lúgubre. Entonces recordó su confesión y sintió cómo se le tensaba la espalda.

—Vamos, hay que subir al caballo. Es hora de sacarte de aquí. Creo que has visto suficiente por esta noche.

Ella obedeció y se colocó frente a él, quien la tomó por la cintura y la impulsó con facilidad para que se sentara a horcajadas en la silla.

—¿También subirás? —preguntó con un matiz de nerviosismo en su voz.

La idea de cabalgar juntos le sonrojó el rostro y le estremeció el cuerpo.

—Por supuesto —respondió él, subiendo a la silla y quedando muy pegado a ella.

—Arthur —susurró su nombre, y ella escuchó su risa gutural a su espalda.

—Me siento un poco egoísta al tener que llevarte así, pero no puedo evitar querer sentirte cerca. Quiero que sepas que no estoy enojado por haberte encontrado deambulando por allí, porque estoy convencido de que fue una providencia.

—¿Eso crees?

—Sí, mi pequeña Alice —susurró en su oído mientras pasaba las manos por debajo de sus brazos para sostener las riendas y arrear al caballo, llevándolo a todo galope.

Alice no protestó; la sensación de su amplio y duro pecho pegado a su espalda, como un gran escudo protector, la hizo sentir segura y consciente de que no era lo que había planeado, pero no podía quejarse del resultado.

Mientras Arthur azuzaba al equino, ella se dejaba envolver por su aroma a colonia dulce y varonil, y se embriagaba con el aliento que le rozaba la mejilla.

Finalmente, estuvieron alejados de Whitechapel, transformando por completo la vista y dejando atrás el olor a suburbio, ralentizando la marcha.

—Dijiste que me querías, ¿eso es cierto? —le preguntó cuando transitaron por calles menos convulsas.

—Te quiero —le susurró él.

Alice reaccionó de inmediato, colocando su mano sobre la de él, que llevaba la rienda, obligándolo a detener al caballo. Sin pensárselo dos veces, ladeó la cara para acercarse a su boca.

—¿En serio me quieres? —le preguntó, con los labios rozándole las comisuras.

Arthur se inclinó más para juntar sus bocas.

—Te quiero para mí —susurró, apenas rozándola.

Alice sonrió, colocando su mano en su mejilla, sintiendo las señales de una incipiente barba, y lo atrajo hacia su boca. Arthur la besó, haciéndola entreabrir los labios. Ella abrió los suyos y le dejó sentir su lengua, sacándole un vergonzoso gemido.

—Yo también te quiero —declaró Alice, extasiada con sus besos.

Él puso su mano en su cuello para mantenerla firme y luego llevó la otra a su pecho, por encima de la ropa.

—¿Aún quieres aprender, Alice? —le preguntó, causando que abriera los ojos de par en par al sentirlo estrujar su pecho.

Después se relajó, entendiendo que él no había olvidado lo que sucedió cuando su cuerpo ardía en fiebre.

—Sí —contestó ella, arrancándole una risa satisfecha que reverberó en su garganta con un ronco sonido.

Luego su mano descendió, haciendo que ella reculara, apretándose aún más a Arthur cuando él llevó su mano varonil a su entrepierna.

—Quiero enojarme con Ruth por enseñarte estas cosas.

—Pero no es solo culpa de ella; yo también tenía curiosidad.

—¿Y aprendiste algo, Alice?

—Creo que no —murmuró en respuesta, sacándole otra risa gutural.

—Seré yo quien te lo enseñe todo, pero lo haremos muy despacio —declaró, presionándola entre sus muslos, acelerándole la respiración. Luego le dio un respiro al quitar su mano y volver a poner al caballo en marcha.

Sin embargo, había una realidad que pesaba sobre ambos, así como dos personas que formaban parte de ella.

—¿Pero te vas a casar con Grace?

—Eso no será un problema, aunque podría decir lo mismo del barón Strasser.

—Supongo que sí será uno, después de todo el alboroto que ha formado mi madre alrededor del compromiso.

—En mi caso es igual.

—¿Qué hacemos? ¿Escapar juntos? —propuso ella, lanzando un suspiro.

—Si es necesario, te llevaré lejos conmigo.

Alice rio ante esa declaración y ladeó la cabeza para buscar su boca y besarlo con toda confianza. Arthur le respondió, y así, entre besos furtivos y miradas que, aunque no se veían en la oscuridad, hablaban más que las palabras, llegaron hasta su casa.

Él bajó primero y luego la ayudó a descender a ella, y cuando ella iba a irse corriendo para entrar en la casa, la tomó de la mano, atrayéndola hacia sí y estrechándola en un abrazo que parecía querer fundirlos en uno solo.

—Voy a acabar mi compromiso con Grace y espero que tú puedas hacer lo mismo con Paul.

—¿No vas a exigírmelo?

—No, porque es mi culpa que todo haya tomado esa dirección, pero tenías razón, no hay por qué conformarse y se vale luchar por lo que se desea —le dijo, dándole un último beso antes de subirse al caballo y marcharse a todo galope de allí.

Una vez que Alice entró en la mansión, a oscuras se dirigió a su habitación y supo lo que tenía que hacer con Gunter. Sin embargo, no tuvo necesidad de buscarlo en la mañana, porque cuando entró sigilosamente en su dormitorio, él ya la estaba esperando allí.