El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 31
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Capítulo 31

L a carreta avanzaba lentamente por las calles húmedas, el traqueteo de las ruedas sobre los adoquines marcaba un ritmo constante. Alice iba envuelta en una capa oscura, escuchando a los empleados que contaban anécdotas del día en voz baja, para no importunarla.

No le molestó que lo hicieran; para ella, estar en medio de ellos era como enfrentar el choque de mundos.

Con esa impresión, no pudo evitar recordar la frase sobre «quien controla la riqueza, domina los cuerpos».

Eso la hizo reflexionar sobre quién poseía el poder sobre estas personas, y la respuesta era simple: sus padres.

Lo que ellos temían era lo mismo que los esclavizaba.

Alice observaba cómo las luces de gas se volvían más escasas a medida que se alejaban de los barrios acomodados, dejándolos atrás en el recorrido.

Se sorprendió al notar que el murmullo de la ciudad cambiaba, e incluso el paisaje: ya no había carruajes elegantes, andares sofisticados, ni conversaciones refinadas, sino gritos de vendedores que se mezclaban con risas ásperas y el bullicio de tabernas que derramaban su luz amarillenta en la penumbra.

Cuando la carreta se internó en Whitechapel, el contraste fue absoluto.

Las calles eran estrechas y por ellas deambulaban mujeres y hombres con expresiones ansiosas y lánguidas.

Alice sintió un estremecimiento: era como si hubiera cruzado un umbral invisible, dejando atrás el mundo de los salones para entrar en un territorio donde la vida se mostraba sin máscaras.

—Debe asustarle todo esto —mencionó la doncella, y ella admitió que decía la verdad.

—Lo siento, un poco.

—No se disculpe. Su madre puede ser indolente en ciertos casos, pero es buena patrona y nos da de comer a muchos —explicó, esperando que lo dijera en broma. Por su parte, Alice estaba descubriendo que algunos pensamientos no nacían de la imaginación, sino de una catarsis real.

—Está bien, pero me aseguraré de que Sarah recupere su trabajo una vez se restablezca de su estado —dijo, y todos en la carreta se echaron a reír.

Alice no entendió el porqué de la jocosa reacción y prefirió no contender con ellos, quienes, al fin y al cabo, se estaban arriesgando por ella. Sin embargo, lo que para ella quizá era un capricho, para ellos era su misión más importante.

—Es allí, ya hemos llegado —señaló Marta, indicando una hilera de precarias edificaciones, un drástico contraste con la belleza de las cabañas de los humildes tejedores de Arlington Row.

Había mucha gente alrededor, como si ya no hubiera espacio suficiente para acogerlos dentro de estas. Las dos bajaron de la carreta, y Marta, luego de pedirle al cochero que las esperara, la agarró de la mano y la llevó al interior de la primera en la hilera.

Subieron tres pisos y tocaron una puerta de madera raída. La misma Sarah les abrió, y Alice se llevó una gran impresión al ver en ella la misma imagen demacrada de Ruth.

—Señorita, ¿qué hace aquí? —preguntó, espantada.

—He venido a verte. No te preocupes.

—Sabes que ella no debería estar aquí. No es bueno —repuso Sarah, con la voz cansada y un semblante terrible. Detrás de ella, el espacio parecía minúsculo para las otras tres personas que también estaban allí.

—Lo siento. No vine a molestar, solo quería saber cómo estabas —dijo Alice, con la voz un tanto quebradiza, afectada por lo que estaba viendo.

Sarah se rio débilmente, y Alice se sintió patética.

—Estoy embarazada, señorita. Es mi tercer bebé y no podré seguir trabajando por los siguientes nueve meses, debido al malestar; pero no es su culpa.

Alice entendió que no lo era, pero tampoco podía quedarse sin hacer nada, al menos en su situación.

Sin embargo, podía ayudar y quería hacerlo, aunque debía pensar mejor cómo.

Sacó del bolsillo de la falda de su vestido una bolsa con monedas, de las que su padre le había dado, y que había llevado al no poder sacar nada de la alacena, a riesgo de ser descubierta.

Se la entregó, haciendo que Sarah la empuñara con su mano, y esta comenzó a llorar.

—Espero que te sirva de algo —le dijo.

Ella asintió, y Marta le puso la mano en el hombro y le sonrió.

—Creo que es mejor que se vaya —le susurró.

Alice no se opuso y asintió.

—Velaré por ti —le dijo, sonriéndole.

La doncella le hizo un gesto de apremio, y juntas salieron de allí, de nuevo a la calle.

—Seguro que ha quedado impresionada.

—Mucho —admitió.

—Esta es nuestra vida, y aunque no lo crea, nos hemos acostumbrado a ello. Sin embargo, a algunos no les gusta volver.

Ella comprendió que era así, porque la mayoría de los empleados y doncellas de su madre preferían quedarse en los alojamientos para trabajadores de la mansión.

—¿Puedo contribuir para ayudar a Sarah? —preguntó mientras caminaban por las calles ruinosas hasta donde las esperaba la carreta.

Marta asintió. En ese momento, un caballero a caballo se detuvo frente a ellas, causándoles un susto casi de muerte. Sin embargo, se quedó tiesa al reconocer al jinete.

—¿Alice? —preguntó Arthur, desmontando del caballo rápidamente, para ponerse frente a ella.

Por un instante, ninguno de los dos se movió. Alice, con el corazón acelerado, sintió que el ruido de la calle se apagaba solo por haberlo encontrado de forma fortuita allí.