Capítulo 30
A lice no sabía si reír o llorar ante tal confesión. Tres días habían pasado y la voz de Arthur seguía resonando en su mente. «¿Por qué lo dijiste?», se preguntó mientras se revolvía en la cama.
No obstante, también se cuestionaba el significado detrás de sus palabras. De repente, tocaron la puerta y se incorporó antes de que su madre entrara sin más. Sin embargo, también deseaba saber cómo se encontraba Sarah, a quien no había visto en esos mismos días.
—Adelante —dijo, y su madre entró, seguida de otra criada. Esta última venía riendo con entusiasmo, sosteniendo una revista en la mano.
—Tienes que ver esto, mi cielo —exclamó, mostrándole la página en la que aparecía el anuncio de su compromiso con Paul como el próximo evento del año—.
Ya me he disculpado con Camille por opacar un poco la boda de su hijo, pero debe aceptar que tu enlace con Paul es un acontecimiento único.
Hija mía, estoy tan feliz de que seas la novia afortunada.
—Mamá, todavía falta para eso —se quejó, observando que había llegado otra doncella.
—Sí, lo sé, pero ¿te imaginas el revuelo que esto causará por un buen tiempo?
—¿Y dónde está Sarah?
Rufina la miró con extrañeza.
—No te preocupes por ella, no podrá atenderte por un buen tiempo. Pero Marta estará a tu disposición.
—Estaba enferma. ¿No me digas que ha empeorado y la despediste?
—Vamos, Alice, deja de preocuparte por esas cosas, es solo la servidumbre.
—¿No dijiste que debía ser sensible? ¿O solo funciona cuando muestro esa conmiseración hacia mis iguales?
—Vaya con qué tonterías habla mi hija.
—¿Qué era tan grave para que la despidieras?
—Eso no importa, y ¿qué esperas para prepararte? Paul vendrá a almorzar con su madre y debes comenzar a comportarte como una anfitriona —sentenció su madre, dando por cerrada la discusión.
Alice la miró con enojo y mantuvo esa expresión hasta que salió de la habitación.
—No se preocupe por Sarah, ella está bien, solo está experimentando los síntomas normales de su embarazo —manifestó Marta, quien la atendería en su lugar, y Alice entreabrió la boca, meditando sus palabras.
—¿Embarazo? —preguntó sopesando la palabra.
—Sí, y seguro que será algo que vivirá más adelante cuando se case. Los hijos son parte del matrimonio, mi señorita —siguió explicando Marta, quien la miró con preocupación—. Lo siento, no debí decirle nada de... eso.
Con todo lo que había dicho Marta, Alice continuaba elucubrando hipótesis en su mente, relacionando más que nunca el estado de Ruth con el de Sarah, y necesitaba corroborarlo.
—¿Sabes dónde vive Sarah?
—Ah, mi señorita... eso...
Ella se acercó y la tomó de los hombros.
—Necesito verla y saber si está bien.
—Pero...
Alice abrió los ojos, mirándola con advertencia, haciéndola retroceder.
—Si su madre se entera, me echará.
—No lo hará si somos cuidadosas, lo prometo —le aseguró con una sonrisa comprensiva.
—Está bien, la llevaré a verla esta tarde.
Alice le agradeció y de inmediato permitió que la ayudara a prepararse para recibir a Paul y su madre.
Extrañamente, se sintió tranquila, aunque no sabía si eso se debía a que Arthur le había declarado su amor de forma tan anticlimática, o a que por fin hallaría la respuesta al alejamiento de Ruth.
O, tal vez, solo se sentía contenta de poder encontrar respuestas.
Para evitar que su madre sospechara que escaparía esa tarde hacia Whitechapel, se comportó de acuerdo con las circunstancias, agradándola al seguir al pie de la letra sus indicaciones sobre cómo atender a su futura familia.
Siempre le recordaba que así mismo se comportó cuando atendió por primera vez a su padre.
Su atención fue tan impecable que lady Tatiana Strasser quedó maravillada, y Paul le agradeció su amabilidad y generosidad. Sin embargo, en medio de todo ello, recordaba aquellas viejas frases que había leído sobre en qué se fundamentaba el poder.
Por su parte, había comprendido la parte del pensamiento crítico de Malgraux, quien expresaba que no desafiaba de forma trasparente a su familia por el peligro que representaban sus ideas, pero al mismo tiempo buscaba entender lo que ellos ignoraban sobre su propia ética moral.
Su madre quizá le había brindado una muestra de eso al pregonar pero no aplicar.
Tuvo que esperar un tiempo prudente hasta que llegó la hora de que algunos criados regresaran a sus casas, entre ellos Marta.
Ella anunció a todos que se iría a la cama temprano y, gracias a su buen comportamiento, nadie sospechó que minutos después saldría de incógnito de la mansión Becker, oculta entre sacos en la carreta donde viajaban los empleados.
Solo cuando estuvieron a una prudente distancia, salió de debajo de ellos y se sentó junto a Marta y dos mozos que también regresaban, además del que tiraba de la carreta.
—Espero que esto no cause problemas, señorita. Su madre se enojará mucho si se entera —dijo Marta, con zozobra en la voz.
—Si les perjudico en algo, asumiré las consecuencias —anunció, ante la preocupación de los criados que no veían con buenos ojos lo que su compañera se atrevía a hacer, murmurando entre ellos.
—Parece que estamos en la misma carreta que usted, señorita —dijo finalmente uno de ellos, lo que provocó risas entre todos, aligerando el panorama incluso para ella misma.