El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 29
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Capítulo 29

A lice se sintió algo abrumada después de que su baile con Paul la convirtiera en el centro de atención, a pesar de que él le había prometido a lady Grace que no haría nada por opacarla.

Cuando tomaron un descanso, fueron asediados por muchos de los invitados, en especial él, debido a su posición de noble.

Trotter le indicó que era momento de dejarlo socializar con los caballeros, y Alice agradeció que recordara esa norma. Ella sería, en teoría, su esposa. Sin embargo, no debía eclipsarlo. No discutió al respecto y decidió buscar algo de beber para mitigar la sed que sentía.

—Vaya, ¿quién iba a decir que hoy estarías aquí convirtiéndote en el centro de atención? —Escuchó la ladina voz de Lottie, mientras Alice se volvía, aún bebiendo ponche.

—¿Eso crees? —le preguntó, mientras una sonrisa maliciosa se dibujaba en el rostro de su interlocutora.

Imaginó que Lottie pensaría que ella se regodearía de tener un prometido de mayor alcurnia que Grace en su propio compromiso.

También sabía que lo que dijera podría terminar como una nota en un panfleto si admitía en público que Paul tenía más abolengo que el propio lord Williams, de quien conocía que estaba en el Parlamento.

—Sí —contestó Lottie, mostrando una falsa modestia que llevó a Alice a acabar su bebida dulce y refrescarse apretando los labios.

—Será mejor que no te escuche la señorita Williams —le advirtió a Lottie, antes de dejar su vaso sobre la mesa y caminar hacia el pasillo donde estaba el baño para invitados.

Mientras se dirigía allí, Alice observó que Arthur y Grace sostenían una acalorada conversación, la cual se interrumpió cuando él la vio.

Su prometida la miró con desdén y, tras una pataleta, se fue hacia el fondo del pasillo.

Ante aquel cuadro que preferiría no haber presenciado, decidió salir al jardín.

Aceleró su paso entre los setos, deteniéndose en el lugar donde aquella noche presenció, en secreto, lo que hacían Ruth y Gunter a escondidas de los demás.

Recordó a Gunter y su decisión de no acompañarlos. Nada le sacaba de la cabeza la idea de que estaba perturbado por Ruth. Justo cuando iba a darse la vuelta para volver adentro y evitar que las imágenes la trastornaran, se encontró de frente con Arthur, quien le bloqueó el paso.

Abrió la boca, pero no dijo nada. Él tampoco. Intentó ir hacia un lado y él se interpuso; luego, al otro, y la reacción fue la misma. Ambos actuaron como si estuvieran danzando al son de la música que provenía de la sala, sin siquiera tomarse de las manos.

—¿Me dejas pasar? —preguntó, con la mirada fija en el suelo de grava.

—No.

—Ar... thur —pronunció, con voz apagada.

—No quiero —renegó, sorprendiéndola hasta la estupefacción.

—Tu prometida.

—¿Y qué hay del tuyo? —la increpó, y ella alzó la mirada.

Tragó saliva con fuerza, observando la misma expresión ensombrecida y destrozada que tenía en el pasillo cuando fue a ver a Ruth.

—La señorita Grace debe estar buscándote.

—Y me imagino que lord Strasser también a ti —replicó él, sacándole una sonrisa triste.

Entreabrió los labios, pero antes de que pudiera pronunciar alguna palabra ingeniosa para seguir el hilo irónico de la conversación, él le tomó las mejillas y se inclinó, acortando la distancia entre ellos.

—No lo hagas —susurró débilmente, sintiendo su aliento cálido y acelerado rozar su boca.

Su pecho subía y bajaba, y su corazón latía desbocado ante la inminencia de lo que podría convertirse en un beso: su primer beso .

Ella abrió los ojos, pero antes de que se cumpliera su anhelo prohibido más profundo, escuchó la voz de la señora Trotter llamándola, trayéndola de vuelta a la realidad. A la de ambos.

Trató de zafarse, pero Arthur mantenía sus grandes y suaves manos sobre su rostro. Finalmente, la liberó ante el segundo llamado de Trotter, provocando que las lágrimas brotaran de sus ojos. Ella bajó la cabeza, le dio la espalda y, secándose las mejillas, se dispuso a volver.

—Te quiero, Alice. —Escuchó la confesión, y se detuvo en seco. Se quedó inmóvil hasta que salió de su estupor y se volvió para mirar, pero cuando lo hizo, ya Arthur había desaparecido.

—Niña, ¿qué haces sola en este jardín? Me tenías preocupada buscándote —dijo Trotter, acercándose a ella.

—Solo tomaba aire —respondió, con un hilo de voz, después de aclararse la garganta.