Capítulo 28
E l día del compromiso de Arthur llegó, y aunque Alice hubiera deseado no tener que asistir, se vio obligada a hacerlo.
Paul se ofreció a llevarla porque también estaba invitado, lo que hizo la situación algo más soportable para ella.
Por un lado, había acosado a Gunter acerca de Ruth, sin conseguir una respuesta concreta; por otro, se veía forzada a acompañar a su joven prometido al compromiso de su amor frustrado.
Paul fue a recogerlas como un verdadero caballero, y las llevó a ella y a la señora Trotter, quien sería su compañía.
En todo momento, Alice se vio obligada a sonreír para evitar que él le hiciera preguntas sobre su estado de ánimo.
Lo cierto era que, a pesar de todas sus atenciones, no podía evitar arrepentirse de haberlo acompañado, en especial tras la revelación de Ruth acerca de sus sentimientos por su hermano.
Cada vez que lo recordaba, un grueso nudo se formaba en su garganta, dificultando su respiración.
Finalmente llegaron a la mansión, cuya iluminación le trajo recuerdos de la noche del cumpleaños de Ruth.
Suspiró, acordándose de todo lo que había sucedido desde aquel momento, y pensó que ya era tiempo de cerrar ese ciclo.
Esa noche, Arthur se comprometería con la señorita Grace Williams, y los sueños de la niña de doce años que una vez fue llegarían a su fin.
Después de las presentaciones, entraron en la sala de baile, resplandeciente bajo la luz sobria de los candelabros de cristal, cuyos destellos se multiplicaban en los altos y dorados espejos que no recordaba haber visto en visitas anteriores.
El suelo de madera pulida reflejaba el movimiento de los ilustres invitados, mientras la música del cuarteto llenaba el aire con un ritmo ceremonial.
Paul, tomando su mano con elegancia, la llevó hacia la pareja que recibía los halagos y los honores por su fastuoso compromiso.
Arthur, luciendo su porte robusto e impecable, ofrecía el brazo a su prometida, lady Grace Williams, quien se deshacía en sonrisas ante los saludos.
Sin embargo, al verlos a ellos, su expresión se volvió seria.
Alice permaneció en silencio, con la mirada fija en la punta de sus zapatos, mientras Paul hacía las presentaciones. Cuando llegó su turno de felicitarlos, apenas se atrevió a hablar.
—Felicidades por su compromiso —se limitó a decir, haciendo una leve reverencia.
—Gracias. He escuchado que también se casarán dentro de poco —comentó Grace, mientras Arthur no le quitaba la mirada de encima—. Espero que no sea pronto, no quisiera que opacaran nuestra boda, y no lo tome a mal, milord.
—Aún falta para ello —replicó Paul con gentileza—. En todo caso, no creo que podamos opacarlos, y deseamos que sean muy felices.
Alice escuchaba en silencio, pensando para sus adentros que quizá solo a ella se le veía tan feliz. No obstante, su situación era la misma.
—Muchas gracias, lord Strasser. También le deseo mucha felicidad —intervino Arthur, y su voz resonó como un eco de antaño en su cabeza.
Entonces, Alice levantó la mirada y finalmente lo enfrentó. Lo que vio en sus ojos serios y fríos la dejó un poco trastornada.
—Cariño, ¿bailamos? —lo invitó Grace, interrumpiendo la conexión que parecía volverse íntima entre ambos.
Él se obligó a mirar a su flamante prometida y le asintió con un leve y controlado movimiento de cabeza.
Paul y Alice se quedaron allí observando cómo avanzaban con elegancia hacia la pista, lady Grace envuelta en un vestido de seda color esmeralda, bordado con hilos dorados que brillaban bajo la luz de las lámparas.
Sus joyas, excelsas en su cuello y muñecas, enfatizaban su porte impecable, un despliegue de lujo que hablaba de poder y tradición.
Sin embargo, en el momento en que empezaron a danzar en el centro, tras ella elegir la tonada, el aire entre ellos parecía más rígido que fluido, como si el baile fuera una obligación y no un deleite.
—El señor Wellesley parece haber encontrado una joya —comentó Paul a su lado, extendiéndole la mano—. Pero yo he encontrado una maravillosa alhaja que ostentar. ¿Me concede este baile, mi señorita?
Alice se quedó un poco atónita ante la galante comparación, tanto que pudo esbozar una sonrisa forzada.
Luego le dio su mano, y él la condujo al extremo opuesto de la pareja central.
Agradeció para sus adentros que eligiera esa distancia, quizá para demostrarle a Lady Grace que no iban a opacarla; sin embargo, al empezar a bailar, Alice dejó de lado sus temores y se dejó llevar por el joven barón Strasser.
Ella resplandecía de manera natural en su vestido de muselina blanca con detalles discretos.
La tela ligera se movía con gracia, al igual que su larga cabellera, en la que brillaba una delgada tiara de flores de plata.
Ambos danzaban con una elegancia silenciosa que no buscaba deslumbrar, en contraste con la ostentación de Grace; se convirtieron, sin proponérselo, en el centro de todas las miradas, resaltando entre las parejas que danzaban en paralelo y se cruzaban a su lado en el salón como reflejos.
Alice sonrió hasta que su mirada se encontró con la de Arthur, justo cuando lady Grace se detuvo abruptamente y lo tomó del brazo, obligándolo a retirarse con ella de la pista de baile.