Capítulo 27
L a visita a Ruth la dejó un poco trastornada. Sus pensamientos iban de un lado a otro como una veleta, tratando de descifrar qué era lo que realmente la aquejaba. La había visto devolver, no una, sino muchas veces, hasta que se despidió de ella esa tarde, prometiendo que era mejor no verla partir.
Así mantuvo su promesa hasta que, el jueves por la tarde, Gunter regresó con la noticia de que había tomado el carruaje rumbo a Abbey House, en las costas de Cornualles.
Lloró todo el día y casi no quiso comer.
Su madre tocó la puerta de su habitación con insistencia hasta que no tuvo más remedio que abrirle y regresar a tirarse en la cama.
—Cambia esa cara, que Ruth no se ha muerto.
Ella suspiró profundamente por la ironía y se volvió a arropar con la cobija. Le habían traído el desayuno, y su madre, con persistencia, se la arrancó y la obligó a sentarse a comer. Alice miró hacia la doncella que sostenía la bandeja y notó su palidez, además del temblor en sus manos.
—¿Te sucede algo? ¿Estás enferma? —preguntó, observando con curiosidad el semblante pálido y ojeroso que había visto en Ruth.
—No la agobies; la que está enferma eres tú —la riñó su madre. Sin embargo, Alice notó que la muchacha parecía estar al borde de desmoronarse.
—Estoy bien, señorita, no se preocupe por mí —respondió la joven, y la mirada indulgente de su madre hizo que se sentara a comer obedientemente.
—Sé que aprecias mucho a Ruth, pero no es necesario que sufras su ausencia.
—¿Qué piensas de ella, mamá?
—¿Por qué lo preguntas? Es una mujer muy linda y educada; es una lástima que tenga esa condición. Es muy desafortunado —comentó Rufina, bebiendo su té.
—¿También crees los rumores de que se ha ido por eso?
—Cariño, no sería raro. A Dios gracias, tú no tienes defectos.
—¿Y si los tuviera? ¿Me enviarías lejos?
—¡Qué disparates dices!
—¡Eso no contesta mi pregunta! —exclamó molesta. Su madre la miró con seriedad.
—Ya lo dije: eres perfecta y serás una novia preciosa. No hay nada que discutir al respecto —sentenció Rufina.
Alice terminó de comer a regañadientes, y, después de complacerla, finalmente su madre se fue, permitiéndole respirar en paz.
La misma doncella que la atendía fue a ayudarla a tomar un baño, y una vez que estuvo vestida y preparada para lo que le esperaba por la tarde con la visita anunciada de Paul, se dirigió a la biblioteca, donde encontró a Gunter recostado en el sofá, con el librito contra el pecho.
—¿Pensando en Ruth? —le preguntó, sobresaltándolo. Él se incorporó de inmediato y guardó el libro en su bolsillo.
—¿Qué dices?
—¿Sería un problema para ti echarla de menos?
—Vamos, Alice.
—Dijiste que te gustaba.
—¿A qué vienes con eso?
—¿No quieres saber por qué se fue?
—Estaba enferma, es todo. El aire de la costa le sentará bien —explicó, con un matiz de desinterés que a ella le causó extrañeza. Lo miró, escrutándolo hasta que él frunció el entrecejo.
—¿A dónde quieres llegar con tu interrogatorio?
—¿Y si hay otra razón por la que se ha marchado lejos, aparte de su enfermedad?
—Ruth siempre ha viajado; ¿por qué se te hace extraño?
—Eso es lo que quiero saber, porque yo sé lo que pasaba entre ustedes —soltó, haciendo que él adoptara una expresión de sorpresa.
—¿De qué hablas?
—Espero que no seas el culpable, porque si es así, te lo haré pagar —lo amenazó, aunque no estaba segura de qué podría hacerle.
Gunter ensanchó la mirada, mezclando sorpresa y preocupación. Justo en ese momento, su padre llegó, deteniéndose frente a ambos y observándolos de hito en hito.
—¿Jugando al duelo de miradas como cuando eran niños? —preguntó con buen humor.
—Sí, padre —se adelantó Alice en contestar—. Parece que has perdido, Gunter —añadió, dirigiéndose a él, quien entornó la mirada con recelo.
—Voy a recibir a Paul —dijo y se marchó.
Alice suspiró profundamente, convencida de haber visto un atisbo de culpabilidad en la cara de enojo de su hermano.
—Has vencido a Gunter, sí que eres buena, hija mía. —Le aplaudió su padre.
Ella le sonrió y se refugió en su pecho, contenta de que su salud hubiera mejorado.