Capítulo 26
E l anuncio de la enfermedad de Ruth y su próximo viaje tomó por sorpresa a Alice, quien sintió un profundo pesar al saber que se marcharía lejos durante una buena temporada.
Si bien la noticia de su partida había trascendido, su verdadera situación de salud no lo había hecho, lo que dio pie a numerosas especulaciones.
Estas apuntaban a diferentes direcciones, incluyendo su discapacidad, que no parecía compensada por su encantadora personalidad a la hora de conseguir un marido. Por eso se iba lejos, bajo la fachada de una falsa enfermedad, dada su fragilidad.
Por supuesto, Alice no creía en las especulaciones y estaba convencida de que podría tratarse de un problema de salud real.
Eso era lo que le había comentado Arthur a Gunter, y ella creía en él, aunque ya no albergaba muchas esperanzas.
Irónicamente, sus vidas estaban tomando rumbos similares, aunque ella seguía manteniendo reservas sobre el punto más álgido que significaba consumar una relación solo por la obligación.
A pesar de haber enterrado sus anhelos y dejado de lado aquellas lecturas prohibidas que de vez en cuando le chirriaban en la cabeza, en el fondo, aún anhelaba volver a sentir ese abrazo.
Después de varios días, su conciencia pesaba sobre ella como una carga que la aplastaba.
En parte por la vergüenza, pero también por su anhelo frustrado.
Sin embargo, lejos de acabar con sus esperanzas, estas continuaban sobreviviendo. La idea de no poder resignarse ante caminos que ya se habían separado le provocaba una desazón que le invadía el cuerpo.
—Es una lástima que la señorita Wellesley tenga que marcharse, pero, dado todo lo que la rodea, creo que es lo mejor. Camille debe estar consciente de ello —manifestó su madre, mientras iban de camino a Downing Street. Ella decidió acompañarla en lugar de la señora Trotter.
La joven conocía muy bien sus intenciones: quería ponerla al tanto de su compromiso con el barón Strasser.
Después de aquella visita en la que quedó sellado su destino, no había vuelto a ver a Paul, ya que se encontraba inmerso en sus nuevas obligaciones, empapándose de lo necesario para cuando asumiera formalmente su título de barón y se ocupase de sus funciones.
Su madre ya la había instruido sobre lo que significaba casarse con un noble de su posición, y que a partir de ahora debía guardar las formas, por lo que visitar a su amiga enferma era una muestra de su sensibilidad hacia los dolientes.
En su interior, Alice pensaba que todo eran pamplinas y lo que menos le interesaba era mostrarse como si fuera una santa, cuando en el fondo ni siquiera se sentía virtuosa con todo lo que había experimentado, influenciada en parte por Ruth y por sus propios bajos instintos.
El carruaje se detuvo en el patio interior y ambas fueron recibidas por la señora Wellesley y su ama de llaves, la señora Forb.
Esta, a modo de disculpa, le manifestó que la señora Williams y su hija no se encontraban en casa porque habían ido con la costurera a arreglar un defecto en el vestido que luciría en su fiesta de compromiso del sábado.
Alice agradeció no tener que encontrárselas y esperaba no hacerlo con Arthur, aunque ese era el anhelo secreto que le provocaba una contradicción.
Luego de los saludos, halagos y felicitaciones de lado y lado, las condujeron a la sala principal, donde la perorata de su madre hacía chillar los oídos de Alice, quien deseaba que se callara.
—¿Puedo ir a ver a Ruth? —preguntó, interviniendo con timidez en la conversación.
—Por supuesto, ella está deseosa de verte —respondió Camille con amabilidad, y de inmediato ordenó a la señora Forb que la guiara hasta la habitación.
Alice siguió a la mujer con el corazón palpitando a mil, y casi se le detuvo cuando se tropezaron de frente con Arthur, que venía de esa dirección. Él se detuvo un instante para contemplarla, y ese brevísimo momento fue suficiente para que sintiera que el suelo se había vuelto blando.
—Hola, Alice —la saludó. Su tono grave y sereno casi la hizo tartamudear.
—Señor Wellesley. —Devolvió la cortesía con un gesto que no pareció agradarlo, imponiendo una distancia a la que se había obligado, como si fueran extraños, todo para no perder el norte y su propia fuerza de voluntad.
Al final, él pareció comprenderlo y le obsequió una media sonrisa tan serena como su actitud.
—Ve, Ruth está desesperada por verte —dijo, y continuó su camino.
Alice se apresuró a seguir a la señora Forb, conteniendo las ganas de mirar atrás.
No lo hizo en ningún momento, y eso le pesó en el corazón.
Respiró hondo para llenar sus pulmones y continuó.
Al entrar en la habitación, se encontró con una imagen algo demacrada de la vibrante Ruth que había conocido hasta hacía unas semanas.
Corrió a arrodillarse junto a su cama y le tomó las manos.
—Dime que no te vas a morir —gimió, casi sollozando.
Ruth le levantó el rostro y le acarició las mejillas.
—No, tonta, aunque lo parezca.
—¿Qué tienes?
—El médico dice que es un problema intestinal.
—¿Y eso qué es? —preguntó, y Ruth se echó a reír, devolviéndole con ese gesto un poco de su buen humor.
—Mejor no te lo digo, pero creo que tendré que vivir con esto como mi compañero —manifestó, mostrándole un pequeño bote ornamentado que usaba para sus necesidades.
Alice rio con desgano, tapándose la nariz y arrugando la cara, burlándose de ella, quien lo dejó otra vez en su lugar.
—Nos ha dicho tu madre que irás a la costa, a Cornualles. ¿Por qué tan lejos? Bibury está más cerca; hasta podría ir a visitarte.
—No puedo ir allí, papá se lo ha dado a Arthur para que viva con la remilgada señorita Williams.
La noticia la consternó. Sabía que eso podía pasar, pero que ya fuera un hecho lo hacía más desolador. Tuvo que admitir que su última visita allí había sido como una despedida de su infancia enamorada y hasta de su propia inocencia.
—¿Entonces vivirán allí?
—Eso está por verse.
—¿Por qué? Sería como vivir en un pequeño paraíso.
—Sí, pero la estirada de lady Williams no está acostumbrada al campo.
—Entonces querrá vivir aquí y tener sus descansos allá.
—Eso parece, aunque es Arthur quien debe decidir si le hará caso a los caprichos de la princesita.
—¿Vas a estar para la boda?
—Espero que no.
—Él querrá que estés allí —porfió.
Ruth medio sonrió.
—Tal vez mi recuperación demore mucho tiempo —dijo, y luego tuvo que soltarle las manos para agarrar su bote y devolver del estómago.
Alice le pasó un paño para limpiarse y se alejó para darle privacidad. Caminó hasta la ventana, donde vio el regreso triunfal de las dos mujeres: Grace y su madre. Luego volvió y tomó asiento en el sillón.
—¿En serio no es grave? —insistió en la pregunta.
—No —negó nuevamente Ruth, haciéndola suspirar.
Entonces, decidió que no iba a abrumar a su amiga con preguntas que no necesitaban respuestas más certeras y aceptó que, después de ese día, no la volvería a ver, por lo que se mostró más amable—.
¿Y cómo va todo con el barón? Creo que no hay nadie que no sepa la noticia.
La pregunta la sacó de sus cavilaciones. Mordió su labio inferior.
—Supongo que bien.
—He escuchado que hacen muy buena pareja.
—¿Aunque parezca su madre? —bufó con cara de espanto, haciendo reír a su amiga.
—Con solo dos años de diferencia, no lo creo.
—¡Pero pronto cumpliré veinte! —exclamó con exagerado horror.
—Y él tendrá dieciocho. Además, tendrás el privilegio de convertirte en toda una baronesa.
—Eso no me hace mucha ilusión.
—A mí sí, ya que perdí las esperanzas de que te convirtieras en mi cuñada —mencionó Ruth, haciéndola casi llorar.
—¿¡Q-qué dices!? —barbotó, apartando la cara.
Ruth agarró su mano, deteniéndola.
—Sé que te gusta Arthur.
—Eso... solo era una ilusión de niña.
—No lo creo, y me gustaría que no te rindieras.
—No digas... tonterías —manifestó, poniéndose en pie y pestañeando varias veces para espantar las lágrimas—. Además, cada uno ha elegido su camino.
—No es cierto —replicó Ruth con seriedad.
—¡Bien! ¿Y qué hay de ti? Sé que te gusta Gunter, pero prefieres marcharte lejos.
—Lo hago porque es lo mejor.
—¿Para quién? —murmuró, apretando los dientes; sin embargo, su amiga no dijo nada.
En ese momento, tocaron a la puerta para llevarle comida, y la conversación murió allí. En el fondo, Alice aceptó que hablar del asunto era como echar sal a una herida abierta que no tenía esperanzas de volver a cerrarse.