Capítulo 25
L a noticia de la visita formal del barón Strasser a la casa Becker para pedir la mano de Alice se esparció con mucha rapidez por todo Londres, convirtiéndose en el tema de conversación de moda del momento, e indudablemente llegó a oídos de Arthur, a quien le resultaba irrisorio e incluso molesto que Paul Strasser se hubiera convertido en el codiciado prometido de la señorita Alice Becker.
Cada vez que escuchaba esta novedad de boca de Grace, que lo comentaba con sarcasmo ante quien tuviera frente a ella, se le retorcían las entrañas.
Por ello, prefería huir de su propia casa.
Desde que sus padres habían acogido a las Williams como inquilinas para seguir adelante con los preparativos junto a su madre, sentía que ese ya no era su lugar, porque ellas se habían adueñado de todo.
Se encontraba sentado en una de las mesas de madera, gastadas por los años, en una vieja taberna de Whitechapel llamada The Donking, a la espera de su amigo Gunter, a quien tampoco había visto en mucho tiempo.
El aire estaba cargado de humo y olor a cerveza rancia, aromas que, en lo particular, no le molestaban.
El suelo, en partes pegajoso por la cerveza derramada, y las mesas con marcas de cuchillos, mientras el humo a veces nublaba la visión; todo esto le recordaba sus viejos momentos de tertulia rebelde, cuando era universitario y se alejaban en grupos a los suburbios de Oxford, en busca de diversión y desahogo.
El mustio lugar estaba lleno de marineros con cicatrices y obreros con las manos ennegrecidas por el trabajo.
Él permanecía impertérrito en un rincón, discreto, con la chaqueta oscura y el sombrero ladeado para ocultar el rostro satisfecho de volver a las escapadas nocturnas con su amigo, quien aún se hacía esperar.
Mientras lo aguardaba, se empinaba un trago de cerveza escuchando al viejo que narraba la historia de un naufragio en el canal, con la voz ronca y los ojos brillantes, como si lo que contara fuera la pura verdad.
No era la hilarante crudeza del relato lo que más lo impresionaba, sino la naturalidad con la que el hombre lo contaba, como si la pérdida fuera parte inevitable de la vida.
Era un golpe de realidad que reflejaba la existencia diaria de muchos desdichados: hambre, guerra, muerte, supervivencia.
Arthur no reía como los demás que se burlaban del viejo cuando recalcaba que era la purita verdad; él absorbía cada relato como si buscara en ellos una conciencia que los salones nunca le habían mostrado y que comprobaba cada vez que lady Williams abría la boca para explayarse sobre sus necesidades , exhibiendo esa doble moral del poder.
El doble rasero de quienes disfrutaban del respeto obligado y la opulencia sin temor a exponer el brillo de su falsedad, aunque esta se encontrara inflada con aire rancio, contrastaba con aquellos que no necesitaban disfrazarse y simplemente mostraban cómo eran felices con su modesta realidad, que luego relataban a otros como viejas anécdotas.
«¿Qué sostiene a esta ciudad?», se preguntó en voz baja. «¿El lujo de los bailes o la resistencia de estos hombres?».
Pensó en los salones del West End, donde una mancha en la cravat podía arruinar una velada, y sintió un contraste tan brutal que casi le dolió.
En ese instante, lejos de los candelabros, las levitas y los elegantes paños de seda, Arthur no era el caballero perfecto que Grace había idealizado para su conveniencia.
Era un hombre dividido, atraído por la sencillez y la crudeza de la vida real, buscando algo que ni su apellido ni su fortuna podían proporcionarle. Imaginó que el mundo tenía dos corazones: uno que latía en los salones y otro que sobrevivía en las tabernas. A él le gustaba escuchar ambos.
En ese momento, divisó a Gunter, que entraba en la taberna, y lo saludó apenas lo vio, quitándose el sombrero.
A diferencia de él, parecía muy feliz, y quizá se debía a que por fin había cumplido con el encargo de su padre: comprometer a su pequeña Alice.
El recordatorio le hizo apretar la mandíbula, justo cuando se dieron un sólido apretón de manos.
Estaba molesto por ello, pero tampoco podía odiarlo; él mismo haría eso por Ruth si ella no se hubiera obstinado en permanecer sola.
—No tienes buena cara —manifestó Gunter al levantar su mano para pedir una cerveza—. ¿Es por las exigencias de la honorable lady Williams?
—No —resopló, hastiado de ese tema, y fue al grano—. Ruth está enferma y ha decidido marcharse a Cornualles.
—No lo dices en serio, ¿tan grave está?
Arthur notó cómo, de repente, el rostro animado de Gunter se transformaba en tragedia. Sabía lo mucho que él la admiraba y supuso que la noticia también le resultaba calamitosa.
—No, pero supongo que es una excusa para escapar de este circo.
—¿Cuándo se irá?
—Pronto.
—¿Y volverá?
—Espero que sí. Quiere ver a Alice, ¿puedes llevarla a casa mañana?
—Sí, por supuesto. A Alice también le pondrá triste la noticia.
—¿No me digas que también estás mal por eso? —le bromeó, provocándole una risa nerviosa.
—Solo estoy sorprendido —respondió, y luego se quedó pensativo.
La vieja mesera trajo su cerveza en ese momento, y Gunter, tras agarrarla, se la bebió de un solo trago sin respirar, causándole una gran impresión a Arthur.