Capítulo 24
L a sala principal de la mansión Wellesley se hallaba iluminada por la luz mortecina de la tarde que entraba a través de las cortinas de terciopelo rojo.
El espejo dorado sobre la chimenea multiplicaba las figuras reunidas, como si los retratos de los antepasados en las paredes se hubieran sumado a la conversación, pero mostrando su desaprobación.
El aire estaba impregnado por la cera y la leña que se consumía en el hogar, pero también de un murmullo contenido que no lograba disimular la tensión.
Lady Grace Williams se encontraba sentada con su cínico e impecable porte en el sillón de roble del señor Wellesley padre, un lugar que era respetado incluso por Arthur, quien la miraba con aprensión mientras escuchaba a su exultante madre enumerar los detalles del enlace con voz firme, con los candelabros proyectando sombras titilantes sobre la alfombra persa.
Cada palabra repetitiva sobre flores, invitados y música se convertía en un eco de voces que se mezclaba con el crujido de la leña en la chimenea.
La cena había terminado hacía media hora, dando paso a la superflua y delirante discusión que amenazaba con revolverle el estómago —como le había sucedido a su hermana Ruth, quien se había ido a descansar a su habitación—, además de hacerle implosionar su cerebro.
A pesar de su hastío, que había crecido con los días, Arthur se mantuvo en silencio, con la mirada fija en el fuego, cuyas llamas le traían remembranzas que estrechaban su garganta.
Sin embargo, era consciente de que aquella reunión no era solo un repaso de preparativos; también servía como un «memorándum» de su compromiso adquirido.
Volvió a su mente, como un febril recordatorio, la pregunta de Alice que cobraba peso con el paso de las semanas, situándolo en medio de un dilema: deseo o conformismo . Era evidente para él cuál representaba cada uno.
El álgido tono que tomó de repente la discusión lo sacó de su trance. Regresó de su ausencia mental justo cuando lady Williams alzaba la voz, poniendo excusas para no querer confinarse en Bibury, la residencia que su padre le había heredado para cuando se casara.
—¿Estará de acuerdo conmigo en que no podemos encerrarnos en ese lugar? Cercano pero alejado de la civilización —arguyó la altiva y encantadora lady Grace, apelando a su devoción, con su voz llenando la sala y desplazando incluso el calor del fuego.
Pero él no le tenía ningún afecto, y aunque no había objetado al oficializar el enlace como si se tratara de otro trámite, comenzaba a ver las contrariedades de su «conformismo».
—Mi padre ha sido muy generoso al proporcionarnos un hogar cálido y lejos del bullicio. Siempre podemos usar el carruaje, como si diéramos un paseo hacia Londres —adujo, provocándole un chasquido a la mujer.
Lo cierto era que ese no era solo su pensamiento; hasta ese momento no habían compartido ninguno, más allá de los banales acuerdos prematrimoniales.
—Pero, señor, podríamos tenerlo solo como un lugar acogedor para descansar —prosiguió Grace.
—Bueno, la cuestión de dónde van a vivir podrían resolverla sobre la marcha.
Lo importante es que el lugar sea acorde con el estatus de mi querida hija; comprenderá que no está acostumbrada a vivir en el campo —intervino lord Harry Williams, su padre, cuya gran importancia se limitaba a ser nombrado lord por Su Majestad, el rey Jorge III, antes de sus problemas de salud.
A partir de ahí, empezaba a pensar que solo eran unos arrimados, pues tras algunas investigaciones, las finanzas de lord Williams parecían ser ficticias.
—De acuerdo, podemos conversarlo después —dijo, para apartarse de la discusión y buscar la salida.
—¿A dónde vas? Aún no hemos terminado aquí —lo reconvino Arnold, su padre, quien afrontaba junto a él la perorata, mientras su madre, Camille, se había dedicado a cuidar de Ruth.
—A tomar aire; creo que la cena me ha sentado un poco mal.
—Mi suegro tiene razón, debemos resolver esto ahora —exclamó Grace con una sonrisa forzada, tomando su brazo al acercársele.
—Pero seguro que pueden hacerlo sin mí —protestó, haciéndola retroceder. Esto era un recordatorio de que para lo único que los necesitaban a él y a su padre era para dar su aprobación a cada nueva exigencia, bajo la promesa de las grandes alianzas que vendrían en pro del matrimonio.
—¿Está seguro de que solo irá a tomar aire? —lo cuestionó en voz baja.
Arthur reconoció la advertencia en la voz de Grace, algo que se había vuelto costumbre desde su regreso de Stone House, donde conoció a Alice, quien supo que le desagradaba desde el primer momento que la vio.
Pero no era esa aversión la razón por la cual se había alejado y evitado volver a ver a Alice; la razón era otra, una que lo asfixiaba con recuerdos que le causaban incomodidad en la entrepierna.
—Todavía no nos hemos casado, lady Grace, así que aún no es tiempo de vigilar mis movimientos —soltó con particular antipatía, dejándola aturdida.
Ella lo soltó del brazo tras el empujón y volvió a la charla, afirmando que él estaría de acuerdo con todo lo que se decidiera, como una clara venganza. Fuera de esa sala, caminó directo a la habitación de Ruth.
Ya en la puerta, escuchó las voces de ella y su madre, pero estas callaron cuando tocó y entró.
—¿Tan pronto terminó la discusión en la sala? —le preguntó Ruth.
—Eso mismo me pregunto de ustedes dos.
Arthur advirtió la expresión seria de su madre, quien suspiró hondo y se puso de pie.
—Lo conversaré con tu padre —le dijo, y tras besarla en la frente y palmear el hombro de su hijo, se marchó.
—¿No me digas que te acabas de enfermar de muerte? —bromeó, sentándose en el sillón y colocando la cabeza en su regazo.
—No, pero será mejor que busque un lugar más tranquilo para recuperarme —respondió Ruth, acariciándole el cabello.
—¿No es un poco exagerado para un mal estomacal?
—Lo necesito, y la verdad es que no quiero estar cuando te cases con esa mujer odiosa.
—¿Crees que Grace es así? —preguntó con socarronería.
—Sí, es detestable. Me pregunto por qué la elegiste.
—No fui yo, lo hizo padre.
—¿Y si hubieras podido hacerlo? ¿A quién habrías elegido? —la pregunta resonó en la cabeza de Arthur, haciéndolo tragar con fuerza.
Quería responder; sin embargo, decidió guardar silencio. Ruth lo tomó del hombro, obligándolo a enderezarse para que la mirara.
—Me voy —dijo, acercando sus labios a su frente. Ella lo retuvo cuando él se disponía a alejarse.
—La hubieras elegido a ella, ¿verdad?
Arthur tragó de nuevo con fuerza.
—No sé a quién te refieres.
—Sí lo sabes, pero parece que no le enseñé lo suficiente para que te agradara —replicó su hermana. Su mirada se ensanchó al entender que había tenido razón al pensar que a Alice no se le ocurriría hacer esas cosas, aun después de haber leído a Byron.
—Descansa —expresó, con un ademán de desear levantarse.
Ella lo tomó del cuello de su camisa.
—Dile a Gunter que traiga a Alice; quiero despedirme de ella antes de irme.
—¿Está decidido?
—Sí —respondió Ruth con firmeza.