Capítulo 23
A lice fue recibida en la casa de los Becker con mucho cariño por parte de su madre, quien declaró estar en constante vigilia desde que se enteró de su enfermedad. Durante los días siguientes, no hizo más que consentirla y alimentarla, preocupándose porque la veía demasiado delgada.
Había pasado una semana desde su regreso de Bibury y, a su vez, ese era el tiempo en que no había tenido comunicación con Ruth.
Solo gracias a Gunter había sabido que ya estaban de vuelta en la ciudad, y que la señorita Williams se había instalado por una buena temporada con su familia en la mansión de los Wellesley en Downing Street, para comenzar los preparativos de la boda.
Todas estas noticias la abrumaban, pero también la impulsaban a tomar una decisión definitiva.
—Ya he terminado —dijo a su madre tras dejar un poco de crema de acelgas en su plato.
Rufina Becker la miró con recelo, ya que se había impuesto la tarea de asegurarse de que comiera hasta la última gota, contradiciendo las normas de etiqueta. Pensó, con humor negro, que solo le faltaba que la obligara a lamer la porcelana y los cubiertos.
Lanzó una honda exhalación, decidida a hacer lo que había estado postergando debido a la intensidad de su madre con sus cuidados.
—Saldré al jardín —anunció bajo la analítica mirada de su progenitora, levantándose de la mesa.
—Recuerda no perder tanto el tiempo, tienes que prepararte para esta tarde —la reconvino.
Ella asintió, resignada. Había llegado el día en que se vería con el joven barón.
—Tranquila, no me perderé entre tus narcisos —respondió, apresurándose después hacia su habitación.
Allí buscó la caja donde había guardado el pañuelo con las iniciales de ella y de Arthur, tejidos en un punto de cruz algo enredado.
Sabía lo que ocurriría esa tarde, por lo que era hora de enterrar esos sueños para siempre.
En su camino hacia el jardín, se tropezó con Gunter.
Lo esquivó justo cuando él iba a despeinarla, lo que lo hizo reír al ver su mueca de desagrado.
Sin embargo, intuyó que él estaba extrañamente feliz, lo que aumentaba su renuencia a aceptar que Ruth le había dicho la verdad, pues, desde de su ventana, veía como él seguía escapándose cada noche.
Sabía que los Wellesley habían regresado de Stone House una semana después que ellos, pero desde su despedida no había tenido más correspondencia con Ruth, y se había fijado como objetivo seguir los pasos de ambos, como única entretención para no acordarse de su corazón roto por el infortunio.
Cumplido su ritual, al regresar a la casa, su madre ya había mandado llamar a la estilista para que la preparara; esa tarde, por fin, tendría su encuentro con el «pequeño» barón, y lo único que deseaba era causarle tan mala impresión como para que siguiera su camino buscando otra esposa.
A las cuatro, las puertas de la casa Becker se prepararon para recibir a Paul Strasser, de diecisiete años. Alice aguardaba sentada en la sala de visitas importantes junto a sus padres, luciendo un elegante y recatado vestido de seda y terciopelo color durazno, elegido para esa ocasión especial.
Suspiró profundamente, torciendo la mirada y poniendo los ojos en blanco por el tedio que le provocaba aquella situación, convirtiéndose en su tercera cita con propósitos matrimoniales.
—Ponte de pie —la apremió su madre al escuchar los pasos de los visitantes: Paul y su tutor, el señor Barker.
Su madre le dio un suave toque en el hombro para que se enderezara, justo cuando los dos hombres, guiados por su hermano, entraron en el salón.
Alice se quedó anonadada al darse cuenta de que sus burlas sobre el «pequeño» barón resultaban una injusticia frente al caballero esbelto y espigado, de facciones firmes y delicadas, que avanzaba con paso firme hacia ella para presentarse, dejándola, a su vez, pasmada.
—Señorita Becker, es un honor para mí saludarla —declaró el joven con gesto galante y una leve inclinación.
Ella lo miró estupefacta, pues su buena presencia y su altura distaban mucho de lo que había imaginado. Su madre la despabiló con un sutil codazo y una expresión que le indicaba que debía responder algo amable y prudente.
—E-el gusto es mío, milord —musitó saliendo de su breve aturdimiento, con voz temblorosa, y extendiendo su brazo de manera vacilante.
Entonces él la tomó y depositó un suave beso en el dorso de su mano, que sintió aún a través de sus guantes y le recorrió hasta el hombro. Esto la hizo temblar; pero permaneció inmóvil hasta que escuchó los aplausos de su madre y la aprobación de su padre, quien invitó a todos a sentarse.
—¿Está decepcionada? —le preguntó Paul cuando salieron al balcón, mientras el resto los vigilaba desde adentro.
—¿De qué podría estar decepcionada?
—De mí.
Alice sonrió.
—Quizá sea todo lo contrario.
—De ninguna manera.
—Mis padres han dicho que me ha dado la primera opción, pero tal vez se arrepienta.
—Eso no sucederá.
—No dudo de que pueda encontrar a una prometida más acorde.
—Si lo dice por la edad, le aseguro que, por mi parte, no hay objeciones.
—Podría ser su madre —bromeó, haciéndolo reír.
—No lo creo, mi madre es aún más vieja —insistió él con seriedad, provocando que ella riera de soslayo. Sin embargo, su sonrisa se desvaneció poco a poco y quedó en completo silencio, comenzando a aceptar que el caprichoso destino le había hecho una muy buena jugada.