El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 22
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Capítulo 22

A lice fue presentada con formalidad a la familia Williams como la hermana del mejor amigo de Arthur.

Los señores Wellesley la saludaron con comprensión mientras ella se deshacía en disculpas por haberse enfermado de repente.

Sin embargo, todos fueron amables e incluso manifestaron que era una señorita hermosa y encantadora.

En medio de todo esto, Arthur permaneció al lado de su espléndida prometida, observándola en un pétreo silencio que parecía analizarla. En todo momento esquivó su mirada y agradeció que, tras la presentación, pasara a un segundo plano y la reunión pudiera continuar su curso sin su presencia.

Mientras todos conversaban y reían, aprovechó el momento para dirigirse a la mesa de bebidas y pedir un poco de agua; después de un resfriado, siempre se sentía sedienta.

—¿Así que tú eres la famosa señorita Becker, de la que tanto he oído hablar a mi futuro marido? —preguntó Grace Williams, quien se había apostado al otro lado de la mesa.

—No creo que sea tal cosa —respondió Alice, reparando en su esbelta y elegante figura, vestida de seda, con adornos poco discretos para el clima y los escasos rizos que se escapaban de su prolijo peinado, haciendo ver a Alice demasiado simple y modesta con su vestido floreado de muselina y su sencilla gorra de paja con el que apenas contenía su desordenada cabellera.

—Ya lo creo, si se ha preocupado tanto por ti. Disculpa que mantenga la distancia, pero no quiero contagiarme de catarro a pocos meses de mi boda.

—Solo era un resfriado; no se veía tan grave, señorita.

—Milady, llámame así. Todos insisten en tratar esto como una reunión informal, pero detesto que nadie sepa ocupar su lugar. Por lo menos, deberías saber cuál es el tuyo.

—De acuerdo, milady —dijo Alice, sin ganas de discutir las razones de tal exigencia, aunque las conociera.

—Así está mejor —respondió la mujer, sonriendo con satisfacción—. En serio, te ves horrible.

—Lo estoy, milady, y pronto abandonaré este lugar —afirmó Alice, elevando la voz justo cuando Arthur se detuvo detrás de Grace, quien pareció no darse cuenta de su presencia. Tampoco hizo nada para delatarlo; simplemente lo miraba en silencio.

—Me parece bien —continuó Grace—. No entendí por qué unos desconocidos tenían que estar presentes en esto.

—Debe ser porque aún no te queda clara la cercanía de nuestras familias —replicó Arthur tensándole la espalda a su prometida, con el tono grave y sutil de su voz que terminó espantándola.

Ella se volvió sorprendida hacia él, mostrándose algo tímida y nerviosa. Ese comportamiento taimado y solapado irritó a Alice.

—Milady tiene razón, pero no se preocupe; mi hermano y yo partiremos esta misma tarde —declaró Alice, manteniendo la firmeza en su voz y emprendiendo sin demora el camino hacia la salida.

Ruth la llamó cuando la vio caminar por el césped en dirección a la casa principal.

—¿A dónde vas? —le preguntó al alcanzarla—. ¿Te sientes mal?

—No, solo que ya es hora de ir a preparar mis cosas.

—Desearía que no te fueras.

—Solo regresaré a Londres, Ruth.

—Entonces desearía que no te fueras a Londres —repitió, como una lora, provocándole una sonrisa de soslayo—. Vamos, te ayudo.

Ruth se apoyó en su brazo, y Alice no tuvo más remedio que caminar con ella.

—¿Eso es para poder despedirte de Gunter? —le preguntó en el trayecto, con un tono irónico.

Ruth le sonrió.

—Quédate tranquila, después de hoy, él y yo no volveremos a vernos.

—¡Mientes!

—Es verdad. Además, tienes razón; Gunter también tiene que casarse con alguien acorde a él.

—Me pregunto si alguna vez has considerado que esa persona podrías ser tú —exclamó, y Ruth, como de costumbre, se echó a reír.

Alice puso los ojos en blanco; deseaba creer que lo que decía era cierto.

Sin embargo, algo en su interior le hizo pensar que esta vez no le mentía.

Reflexionó en que, al igual que ella, también debía despedirse de un amor no correspondido , aunque, en su caso, nunca se atrevió a dar un paso tan atrevido hacia Arthur.

Finalmente, llegó el momento de regresar a su casa en la ciudad.

Después de las cálidas despedidas de Ruth y su madre, Alice subió al coche que la llevaría de vuelta.

Al cerrar la puerta, sintió que la loca e inesperada aventura en Arlington Row había llegado a su fin, y la realidad de ello le hizo brotar lágrimas, esta vez de dolor.