El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 21
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Capítulo 21

T res días después, Alice ya se encontraba en convalecencia.

Aunque su recuperación evolucionaba bastante bien gracias a los cataplasmas y emplastos a los que había sido sometida, así como al jarabe que le hacía arrugar el rostro cada vez que le tocaba tomarlo, su mente seguía oscilando entre pensamientos confusos.

No lograba descifrarlos, pero estaba segura de que todos estaban relacionados con Arthur y con alguna «estupidez» como consecuencia de los desvaríos de su fiebre. Lo que seguía claro en su cabeza como el agua del Coln era la relación oculta que mantenían Ruth y Gunter a espaldas de todos.

Esto le afectaba, porque a pesar de las travesuras de Ruth burlándose de su inocencia, sentía un cariño especial por ella.

—Me alegra que ya estés mucho mejor, querida Alice —expresó Ruth, palmeando su mano mientras ambas caminaban por el prado, amparadas bajo una bonita sombrilla.

El día estaba soleado, y mientras ellas paseaban, todos los demás disfrutaban del desayuno campestre que los Wellesley habían organizado para agasajar a la prometida y a su familia, quienes ya estaban instalados en la casa de invitados donde se celebró la fiesta a la que ella no pudo asistir por su enfermedad.

—También estoy feliz por no ser ya una molestia —repuso Alice, dirigiendo su ojerosa y cansada mirada hacia la pérgola donde todos festejaban con un opulento desayuno.

—De ningún modo digas eso. Todos estuvimos preocupados y muy pendientes de ti.

—Pero es lo que no quería. No vine a ser una carga —se quejó un poco.

—Incluso mi sibilino hermano estuvo bastante inquieto por tu enfermedad —comentó Ruth con un matiz de picardía.

La mención de eso casi despejó de golpe lo que había quedado nublado en su cabeza.

Sin embargo, al ver de nuevo el cuadro que se pintaba a poca distancia, creyó que nada de eso tendría importancia y que cualquier «tontería» que hubiera allí no tenía relevancia frente al compromiso que su amor prohibido estaba afrontando.

Aún no había conocido a la señorita Williams, pero eso era lo último que deseaba hacer.

Secretamente agradeció que pronto se marcharan de allí, y aunque en parte le acongojaba tener que despedirse de su loco amor de la infancia, al menos tendría la tranquilidad de que Gunter se alejaría de Ruth.

No se lo había preguntado, pero estaba segura de que no habían dejado de verse a escondidas.

—Arthur siempre se ha preocupado por mí —expresó Alice, más para sí misma.

En el fondo, ya tenía claro que esa preocupación no tenía un significado especial. Arthur nunca la vería como ella lo había deseado y siempre la trataría como a la pequeña hermanita de su amigo.

—Pero esta vez parece que se preocupaba más de lo debido, porque la odiosa de la señorita Grace parecía estar un poco molesta por ello.

—Deja de exagerar, Ruth —la reprendió Alice.

—Lo digo en serio.

—¿Y también eso de que es odiosa?

—Sí, y estoy segura de que mi hermano la siente como un molesto palo en su trasero.

—¡Cielos, Ruth, deja de decir esas cosas! —la riñó, aunque sin mucha fuerza.

Ella siguió riendo hasta que se detuvo al notar la expresión de desagrado en el rostro de su amiga.

—¿Me crees si te digo que preferiría que se casara con una escoba?

—Basta —resopló Alice.

—No ha hecho más que hablar de su fantástica vida en Oxford, donde conoció por primera vez a Arthur —continuó su retahíla Ruth.

—Debió ser un encuentro muy especial. —Se torturó Alice con las palabras; en cambio, la otra joven soltó un estrepitoso bufido.

—¿En serio crees eso?

—Por eso van a casarse, ¿no? —expuso, y Ruth volvió a echarse a reír—. ¿Qué tiene de gracioso?

—Lo ingenua que eres, mi dulce Alice —respondió, aunque no ofreció más explicaciones, dejándola con la duda.

Tampoco pensaba que Arthur fuera un romántico enamorado, pero creía que tenía claras sus convicciones sobre el matrimonio, aunque estas fueran conformistas.

En su caso, la muerte de su amor era la puerta a un posible matrimonio arreglado con el que quizá también debía conformarse.

No obstante, seguía sin reconciliarse con la idea de convertirse en la esposa de un hombre menor que ella.

Gunter apareció para poner fin a la conversación y llevarlas hasta el comedor. Alice suspiró profundamente; había llegado el momento de saludar a la prometida de un amor que necesitaba enterrar cuanto antes o sería consumida por su propia desilusión .