El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 20
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Capítulo 20

—¿C ómo se encuentra Alice? —preguntó Arthur a su amigo. Después de lo que había sucedido, no había dejado de pensar en ella ni un instante, hasta el punto de sentirse sofocado. Sacudió la cabeza, sintiendo que quizá se había contagiado de fiebre.

Gunter lo miró con curiosidad.

—Y tú, ¿cómo te encuentras? Espero que mi hermana no te haya contagiado.

—Eso no ha pasado. ¿Vas a responder o no?

—Ella está bien; solo tenía un poco de temperatura, pero ya le ha vuelto a bajar. El médico dijo que mejorará, tenlo por seguro.

—Es una buena noticia —concordó.

—Tranquilo, ya la conoces. Es tan obstinada que un resfriado no la matará —adujo Gunter.

En el fondo, Arthur pensó que se equivocaba en eso último, porque había creído que la hermana de su amigo se mantenía a salvo hasta que la vio haciendo ciertas cosas con Ruth, lo cual lo perturbaba y lo hacía preguntarse qué diantres querría aprender la pequeña traviesa.

La idea morbosa de lo que eso significaba le hacía tensar la ingle. Caminó hacia la ventana para aliviar la incomodidad.

—Es bueno que estés seguro de ello. Por el contrario, para mi hermana Ruth, enfermarse suele convertirse en una catástrofe.

—Ya imagino lo duro que debe ser lidiar con ella —comentó Gunter con sarcasmo, mientras servía dos vasos de jerez.

—Aunque no lo creas, mi hermana es un ángel, y a pesar de su carácter decididamente fuerte, me lo pensaría varias veces antes de entregarla a alguien.

—¿Están contemplando el matrimonio? —preguntó su amigo.

Arthur lo miró con renuencia.

—Ni siquiera te atrevas a pensarlo. Ruth necesita alguien que la cuide, no a un libertino como tú.

—Tampoco te estoy pidiendo su mano —terció Gunter.

—No te la daría si lo hicieras.

—Entonces estamos a mano —replicó, lo que hizo que Arthur frunciera el ceño con recelo.

—¿A qué te refieres? —lo cuestionó.

Gunter le entregó uno de los vasos de jerez y se bebió el otro, dilatando la respuesta que esperaba Arthur.

—Ya sabes, Alice te admira desde que era pequeña.

—¿Y eso tiene algo de malo?

—No cuando la admiración se convierte en anhelo.

—Qué tonterías dices —respondió, pero Gunter se despojó de toda risa y adoptó una postura serena.

—Te había dicho que era mejor que no lo supieras, y tiene sentido porque te vas a casar.

—¿Por qué no vas al grano?

—Bien, creo que ella siente algo más allá de eso, pero ambos sabemos que eso también es imposible. Además, pronto se le pasará la fiebre de amor por ti.

—Qué diablos, Gunter, ¿por qué no hablas claro?

—Te lo diré —dijo en tono confidencial—. Ella cree que solo es una cita con el hijo del difunto barón, pero ya hemos llegado a un acuerdo para que, en la próxima primavera, ella se convierta en su esposa.

La confesión de Gunter dejó a Arthur estupefacto, en un silencio del que no fue capaz de salir, hasta que comprendió a cabalidad el impacto de una noticia que no esperaba recibir.

¿Alice estaba enamorada de él?, fue la pregunta que surgió como un enigma demoledor en su cabeza.