Capítulo 19
A pesar de que trató de empujar el pensamiento hasta el fondo de su mente, Arthur no logró dejar de pensar en lo que había presenciado, sin proponérselo. Sabía que su hermana era un tanto descarada, pero no hasta el punto de querer corromper a su pequeña Alice.
Tragó con fuerza, recordándose que ella no le pertenecía, y ni siquiera sabía desde cuándo había comenzado a albergar esa clase de pensamientos posesivos hacia alguien a quien aún consideraba inocente y frágil.
Después de lo que presenció en aquel sofá de la casa de invitados, que no volvió a mirar con los mismos ojos —incluso llegó a pedir que lo cambiaran de lugar—, comprendió que ya tenía una explicación, y, para su desgracia, esta llevaba el nombre de Ruth Marie Wellesley, su hermana.
Lo peor era la pregunta que le hizo mientras su mano se perdía bajo la bata.
Estaba decidido a esperar cuando se enteró de la enfermedad de Alice, pero la duda sobre lo que estaba ocurriendo entre ambas no dejaba de carcomerle la conciencia, provocándole tanto malestar que estuvo irritado toda la mañana, hasta el punto de que no pudo mantener su propia decisión y se encontró allí.
—Me alegra ver que has mejorado —le dijo, observando cómo ella se cubría hasta la nariz.
—Gra-gracias —tartamudeó, tosiendo levemente—. No deberías estar aquí, podrías contagiarte.
—Eso no me preocupa —respondió con seriedad, tomando asiento en el lugar que había ocupado antes Ruth.
Ella bajó la mirada y entonces sintió que su expresión era demasiado severa.
Lanzó una honda exhalación para calmarse, recordando que, fuera lo que fuese lo que sucediera entre ambas, no podía juzgarla.
El amor libre y sin ataduras era una idea que Etienne de Malgraux describía como la ruptura del yugo de la moral.
Lo único grave para él era que no sabía cómo Ruth cayó en esa práctica, ni siquiera si había tenido alguna noción de ella, considerando que jamás le permitió ver sus libros.
Entonces fijó su mirada en Alice, debatiéndose sobre si la instigadora pudiera ser esa chiquilla que se atrevió a leer a Byron sin necesitar el permiso de nadie.
Arthur se puso en pie de un salto, sacudiendo la cabeza, sintiéndose un poco extraño a los ojos de su dulce Alice.
—¿Sucede algo? —preguntó ella, sacándolo de sus perturbadoras reflexiones.
Fijó la mirada en ella hasta el punto de hacerla sentir abrumada, tanto que apretó la sábana contra sí.
—Anoche, tú y Ruth... —mencionó, pero no pudo continuar al ver su expresión de espanto.
—No es lo que piensas —murmuró la chica.
—¿Y qué crees que pienso? —la cuestionó, acercándose e inclinando su cabeza hasta casi sentir la tibieza de su respiración febril. Ella se retrajo, pero él no cedió.
—Era... un juego...
Arthur tragó saliva con fuerza; esa respuesta tímida y precavida parecía querer volverlo loco.
—¿Qué clase de juego? —la inquirió, pero ella permaneció muda, dejándolo atolondrado, y muy dentro de sí deseaba obligarla a que le revelara la verdad.
Tras ese arrebato, se dio cuenta de que se estaba extralimitando. Enderezó su postura, reprendiéndose a sí mismo por atosigarla cuando estaba enferma. Luego pensó que era tonto; si finalmente se iba a casar, a quien debía reclamarle era a su hermana por corromper a una inocente niña.
Volvió a ocupar la silla, con la mente tan revuelta como solía estar su cabello.
En esto pensaba cuando Alice se destapó, mirándolo a los ojos.
Sin embargo, notó algo extraño en su comportamiento cuando se bajó de la cama y se subió a su regazo.
Su ardiente respiración le golpeó de lleno en la cara.
—Ella... solo intentaba enseñarme —susurró en un tono bajo.
—¿Enseñarte qué?
—Cómo se siente... eso..., nada más —añadió, encogiéndose de hombros, y luego se recostó sobre su pecho.
Sintiéndose atrapado en su propia trampa, Arthur ensanchó la mirada y entreabrió la boca, y luego volvió a cerrarla al percibir cómo ella se apretaba sinuosa contra él.
Entonces comprendió que su acto desinhibido solo se debía a que estaba delirando por la fiebre que le había subido, y aunque deseó calmarla con su propio cuerpo al sentir su pequeña fragilidad, tuvo que refrenar sus impulsos primitivos y volver a acomodarla en la cama, arropándola de nuevo.
Inmediatamente, tocó la campanilla para que vinieran a auxiliarla y así cercenar toda tentación.