Capítulo 18
A lice amaneció enferma al día siguiente. A pesar de sentirse fatal, con fiebre y un malestar general que la hacía verse al borde de un abismo, tuvo la impresión de que el Señor escuchó todos sus ruegos, porque no tenía ánimos para enfrentarse a Arthur tras haberlas visto hacer aquello .
La sola realidad de ello la estuvo atormentando toda la noche y la había dejado en tal estado de perturbación que despertó con todo el cuerpo hirviendo. Enseguida mandaron a buscar al médico del pueblo que fue a verla en la mañana, y le recetó jarabe y analgésicos luego de revisarla.
Ruth se quedó cuidándola desde entonces, ayudando a ponerle el emplasto de mostaza en el pecho para aliviar la congestión, así como el té de raíz de regaliz para calmarle la irritación de la garganta.
—Parece que al final sí te enfermaste, querida Alice —comentó Ruth, examinando su estado.
Ella suspiró, mirándola con desánimo. Su viaje de regreso estaba programado para el día siguiente, pero, debido a la situación, tendrían que quedarse un par de días más.
Gunter fue a verla después de la partida del médico y de recibir sus recomendaciones, para anunciarle que enviaría una carta a sus padres para avisarles de su estado.
La idea de quedarse un día más de lo acordado la mortificaba; solo deseaba desaparecer de allí. Ya había dado bastantes muestras indecorosas de su comportamiento y no quería que Arthur se llevara una mala impresión de ella ni que pensara que hacía ese tipo de cosas con su hermana Ruth.
Por esa y muchas otras razones que la atormentaban, esperaba no verlo hasta que lograra borrar de su mente esas malas impresiones. Aunque no lo vería por el momento; su prometida, Grace Williams, llegaría por la tarde y estaban preparando una pequeña fiesta de bienvenida en la casa de invitados.
Ruth le hizo un gesto para que se incorporara y darle a comer las sopas que la cocinera había preparado para el resfriado. Alice hizo un esfuerzo y se sentó.
—Creo que me voy a morir —dijo, arrancándole una risa a su amiga.
—No digas tonterías, solo es un poco de malestar —repuso, colocando frente a ella la primera cucharada e instándola a abrir la boca, como si fuera una niña.
Alice le arrebató la cuchara y comenzó a comer por su cuenta. Ruth se relajó en la silla, observándola.
—No deberías estar aquí.
—¿Crees que tengo ganas de ir a una fiesta?
—Es un día importante para Arthur —comentó Alice, sintiendo que cada cucharada de sopa caliente le hacía sudar a borbotones.
—Sería bueno que tomaras un baño después. Pediré que te preparen la tina con algunas hierbas.
Alice quería negarse, pero Ruth la amenazó, tajante, con ir a dormir a la cama de Gunter ahora que ella estaba enferma. Eso la molestó, pero dentro de ella, no quería volver a pensar en eso; deseaba borrar de su cabeza todo lo que había visto. El mero recuerdo le causaba escalofríos.
Después de comer toda la sopa a regañadientes, Ruth la ayudó a tomar un baño y luego la dejó descansando en la cama. Ella tuvo que ir a recibir a sus padres, quienes también irían a saludar a su futura nuera.
Alice se metió bajo las cobijas sintiéndose débil. No sabía qué hora era, pero posiblemente ya fuera más de mediodía, por la intensidad del sol que se filtraba a través de las ventanas. Tocaron a su puerta; era Gunter, que había ido a verla otra vez.
—Parece que la fiebre ya está cediendo —dijo al tocarle la frente, mientras ella lo miraba con el ceño fruncido, pues, una vez más, volvía a odiarlo.
Sin embargo, no tenía ánimos para confrontarlo ni para soportar las consecuencias de ello.
—Estoy bien, ya puedes irte. Arthur te debe estar necesitando.
—¿Me estás echando o solo vuelves a estar enojada por la cita pactada con el hijo del difunto barón?
Alice frunció el entrecejo; era algo que había olvidado y de lo que no quería acordarse.
Sin embargo, dada la situación en la que había terminado, ya no veía tan mal ese encuentro si eso la libraba del tormento que sentía por Arthur.
Finalmente, él también se iba a casar, y quizá mucho antes que ella.
—Aunque diga que no, ya está decidido —adujo.
—¿Eso quiere decir que no te opondrás? —preguntó Gunter, y ella solo se encogió de hombros. Él sonrió diáfano—. Tal vez es la fiebre la que te ha hecho entrar en razón, pero a mamá le va a hacer feliz esa noticia.
Alice decidió quedarse callada y fingió que se dormía, por lo que su hermano se alejó y salió de la habitación. Ella suspiró con fuerza, sintiéndose pequeña en un espacio tan grande.
La puerta se abrió de nuevo y, justo cuando iba a protestar, se espantó al ver quién entraba en la habitación: era el mismísimo Arthur.