Capítulo 17
T al como Alice lo auguraba, y muy a su pesar, Ruth había escapado.
En el fondo, esperaba que se tratara de un pensamiento erróneo y que solo hubiera salido a buscar agua.
La joven se puso en pie, agarró una bata y se la colocó por encima del camisón de algodón.
Encendió la lámpara y lo primero que hizo fue mirar en el baño, por si acaso se hallaba en el escusado.
No estaba allí. Suspiró profundamente y salió a buscarla, caminando en calcetines para no hacer ruido.
La casa se encontraba sola y a oscuras. El mayordomo vivía en una cabaña de la propiedad, además de algunos mozos y algunas doncellas que residían en las casas de empleados; el resto regresaba al pueblo, a sus hogares.
Alice caminaba con dificultad, apenas guiándose por la claridad de la luna que se filtraba a través de las ventanas, hasta que llegó al pasillo donde se quedaban los hombres.
La habitación de Gunter estaba cerrada y, al acercar su oreja a la puerta, no escuchó ningún ruido adentro, ni siquiera sus ronquidos.
Suspiró en voz baja al pasar por la de Arthur, que estaba abierta.
Eso tal vez significaba que estaban juntos y podrían haber salido al pueblo.
En medio de su charla, habían mencionado que irían a Arlington Row a beber.
Esa conducta no le sorprendía, pues durante varias vacaciones en Londres su padre solía regañar a Gunter por frecuentar lugares como Whitechapel o Spitalfields.
Tras reflexionar sobre ello, decidió regresar a su habitación, pero se alertó con los murmullos ahogados provenientes del ático.
Tragó saliva, reconociendo el origen de aquel sonido y, a tientas, se apresuró a encontrar las escaleras.
A cada peldaño que ascendía, el ruido, aunque bajo, seguía siendo audible para ella.
Poco a poco y de manera sigilosa, alcanzó la trampilla que daba acceso al ático.
Al alzar la vista, se impactó con lo que observó.
El lugar era un pequeño estudio privado, con estantes llenos de cajas y un escritorio donde Ruth se encontraba desnuda, con las piernas enredadas alrededor de las caderas de Gunter.
Él le apretaba los pechos mientras se unían una y otra vez con movimientos feroces.
Alice se tapó la boca para no emitir ningún ruido que delatara su presencia en aquel lugar; sin embargo, no podía apartar la mirada de la forma en que su hermano estrujaba los pechos de Ruth y la besaba en los labios.
Su cuerpo se tensó ante la oleada de calor que la invadió, erizándole la nuca.
Solo se escondió cuando notó que Ruth le agarraba el rostro a Gunter, indicándole algo con un beso en los labios.
Alice respiró agitada y permaneció allí agachada hasta que los jadeos volvieron a escucharse.
Entonces, levantó la mirada y vio que era Ruth quien ahora estaba encima de Gunter.
La nueva ola de calor que sintió la hizo resbalar lentamente por las escaleras, alcanzar el piso y huir, casi arrastrándose, hasta llegar a su habitación.
Corrió y se metió debajo de las cobijas, encogiéndose mientras apretaba sus muslos con fuerza.
No pudo evitar llevar su mano al interior de sus piernas, dejándola allí hasta que su cuerpo dejó de temblar.
Permaneció estática, con la mirada fija en la oscuridad, hasta que escuchó los sigilosos y desiguales pasos de Ruth regresando, muy feliz, a la habitación.
Esa imagen la llenó de indignación, y se destapó tan pronto como su amiga se subió a la cama.
—¿Dónde estabas? —le espetó, cruzándose de brazos.
—Vaya, ¿estás despierta?
—¡Responde, Ruth! —exigió, apretando los dientes.
Lo sabía. Lo había presenciado, pero deseaba que ella se lo confesara. Ruth bajó de su cama y se subió a la de Alice, haciéndola retroceder contra el cabezal.
—Lo sabes bien —le susurró.
—Dijiste...
—Dije que es lo único que me queda; tampoco te prometí que lo dejaría.
—Mentirosa —masculló, agarrándola de los hombros y empujándola hacia el lado contrario de la cama, terminando a horcajadas sobre Ruth, quien solo se echó a reír.
La abofeteó en una mejilla y luego en la otra, porque seguía riéndose, hasta que calló y se quedó mirándola.
Alice se quedó quieta, bajando la mirada; su pecho subía y descendía en un vaivén agitado, y resoplaba con fuerza por las fosas nasales.
Entonces, Ruth se incorporó, apartando el cabello que le caía sobre el rostro.
—Esto acabará antes de lo que crees, así que no deberías preocuparte tanto por ello.
—No me preocupo por Gunter; lo hago por ti —dijo, sacándole una sonrisa a Ruth. Luego se arrepintió de haberla abofeteado y acarició su mejilla—. Lo siento.
Ruth le tomó la mano y la besó, haciéndola sentir más culpable. Alice la abrazó con fuerza y luego se apartó.
—No te preocupes, quizá necesitaba ese par de bofetadas.
—Me dolería que se aprovechara de ti.
—Ya te dije que no es así, solo me hace sentir bien —adujo Ruth, colocando las manos en sus muslos y ascendiendo hasta sus caderas, lo que sorprendió a Alice, quien de repente se dio cuenta de la posición en que estaban—.
¿Ya intentaste hacerlo como te lo indiqué, Alice?
—le susurró al oído mientras sus dedos suaves intentaban explorar el interior de sus muslos.
Alice respiró con fuerza, aturdida por lo que le estaba haciendo, pero al mirar hacia la puerta, que había quedado entreabierta, se topó con un par de ojos que parecían tan sorprendidos como ella. Reconoció esa mirada con mucho desasosiego.
Era Arthur, quien estaba allí.
De inmediato la apartó a Ruth, empujándola, y se alejó, mirándola con horror, pero ella solo continuó riendo.