Epilogo
C uatro meses después, se celebró la boda de Alice y Arthur.
Solo los padres de ella se llevaron una sorpresa, pues él ya había mencionado el enlace a los suyos, quienes no se opusieron, ya que no querían crear un escándalo nuevo, habiendo navegado con éxito el que había surgido con Ruth, quien ahora vivía en la propiedad que su padre le había regalado en Bath.
La ceremonia tuvo lugar en la abadía de Westminster, gracias a la intervención de Paul, quien había sido un discreto benefactor del evento.
Tras la fiesta, se instalaron en Stone House, pues, a diferencia de Grace, Alice estaba encantada con la idea de vivir alejada de la ciudad.
Sin embargo, no dejaría de visitar a su familia ni de pasear por Londres con Arthur cuando viajara por trabajo.
Llegaron casi a la medianoche a la villa.
La casa principal estaba iluminada, pero en silencio.
Arthur, tras pedir que llevaran el equipaje, cargó a Alice en brazos y la condujo a la habitación principal, la cual compartirían.
Cuando Marta, quien le había sido asignada para trabajar en la casa de campo, les abrió la puerta, él la puso en pie y cerró tras de sí.
Alice sonrió al observar cómo él se quitaba la levita y la corbata que había usado y se acercaba a ella, desabrochándose la camisa.
Ella permaneció de pie junto a la cama, mientras él se detenía frente a ella, habiéndose despojado de la prenda, dejando a la vista su musculoso y fuerte torso.
La joven tragó saliva, colocando su dedo en una de sus tetillas, lo que le sacó una sonrisa.
Luego levantó los brazos y Arthur, en un gesto caballeroso, le retiró por la cabeza el vestido de seda blanco con velos de terciopelo, dejándola solo con el corsé.
Le hizo dar una vuelta y, soltándolo, este cayó alrededor de sus pies, dejándola desnuda, con el cabello largo y sedoso cayendo como una cascada castaña a los costados. Arthur la levantó como si fuera una muñequita y la depositó en la cama, después de lo cual se acomodó sobre ella, sonriendo.
—Por fin serás toda mía —declaró, colocándose entre sus piernas.
—Ya soy toda tuya, Arthur —respondió Alice complacida, ansiosa, extendiendo su mano para abrirle el pantalón y bajarlo, descubriendo a su paso la grandeza de su virilidad, lo que le secó la garganta en el acto.
Ella tragó con fuerza, mordiendo su labio inferior, mientras él se inclinaba despacio sobre ella, cubriendo por completo su cuerpo y, finalmente, fundiéndose dentro de Alice, convirtiéndose por fin en uno solo ...
Fin