El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 15
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Capítulo 15

D espués de cerrar la ventana por la que se colaba el viento, se quedó pensativa, mirando hacia el jardín.

Meditaba sobre la locura que estaba intentando llevar a cabo al seguir el mal consejo de Ruth.

Admitió que la interrupción del viento fue oportuna, porque de haber estado en sus cabales jamás se habría planteado hacer tales cosas reprobables.

Sin embargo, debía reconocer que la reacción de su cuerpo al intentar introducir su dedo en su interior la hizo sentir muy extraña y juzgada al mismo tiempo por todo lo que se le había inculcado.

Tragó con fuerza al sentirse descubierta en su propia falta y decidió que debía dejar de prestar atención a Ruth y a todo aquello que leyó de forma inconsciente, hasta trastocarle la cabeza.

Su pecho se agitó al sentir que estaba perdiendo el juicio y cayendo en lo que consideraba faltas a la moral y a la buena honra.

Determinada, decidió que debía acabar con todo ello y lo primero que tenía que hacer era confrontar a Gunter sobre el daño que le estaba haciendo a Ruth al ceder a sus caprichos.

Al darse la vuelta, con esa firme determinación, su mirada se ensanchó al encontrarse de frente con Arthur. Eso la hizo gritar un improperio para sus adentros, al tiempo que agradecía no haber dado voz a sus tumultuosos pensamientos, que parecían llevarla por el mal camino.

No obstante, frente a ella estaba el causante de sus ingenuos desvaríos.

—Así que tuve razón al pensar que te refugiaste aquí —dijo Arthur, mientras ella lo miraba, aún sorprendida—. Parece que seguirá lloviendo; encenderé la chimenea.

Alice permaneció en silencio. Un rato antes había huido de él, rabiosa y confundida, sin entender si se casaba por amor o por simple conformismo.

Su fría postura la enojó, ya que ella continuaba creyendo en el amor verdadero , aunque este se tratara de ser desdibujado y presentado solo como una fábula profana que se expresaba en la poesía, arraigándose en las mentes de quienes decidían creer en ella.

Ella era una de esas personas, y la duda sobre su propia banalidad comenzaba a crecer al no recibir la misma reciprocidad.

Lo había amado en secreto, y cada vez más se daba cuenta de que nunca sería correspondida; no porque alguien lo fuera a tomar para sí como marido, sino porque jamás la vería como a una mujer que mereciera ser llevada al altar.

Esa realidad la llevó a cometer actos impropios que, aunque estimulaban su cuerpo, le enredaban la mente.

Sacudió la cabeza varias veces para no llorar cuando él se arrodilló para colocar la leña y encender la chimenea.

—Te llevaré de vuelta cuando amaine un poco la lluvia. Gunter estaba preguntando por ti. Venía a buscarte, pero se le presentó un asunto, y he venido en su lugar.

Alice continuó en silencio, escuchando cada palabra mientras una sonrisa tonta se dibujaba en su rostro.

—Sé que la has preparado para recibir a tu prometida, pero no he dañado nada.

—¿Has notado alguna gotera? —preguntó Arthur, distrayéndola.

—¿Gotera?

—Sí, por eso es bueno que haya llovido —añadió, quitándose la cazadora y colgándola en un gancho al lado de la chimenea; luego, se puso a atizar el fuego.

Ella se quedó mirando el resplandor, que empezaba a intensificarse y a calentar la estancia. Después, se movió de su lugar y caminó despacio hacia el ardiente hogar, manteniendo la distancia. Se cruzó de brazos, disfrutando del suave calor que acariciaba sus mejillas.

—Lamento lo que dije —pronunció, después de un denso silencio apenas perturbado por el crepitar de las llamas.

—¿Y qué dijiste? —preguntó él.

—Si te casabas para ser feliz; pero las decisiones que tomen los demás no son algo que tenga que importarnos.

—¿Por qué llegas a esa conclusión? —le preguntó, dejándose caer sentado en su lugar.

Alice se ladeó para mirarlo; lucía elegante y atractivo, a pesar de estar allí desparramado jugando con el atizador.

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo haciéndola temblar, se acercó más al fuego y se arrodilló, extendiendo las manos para calentarlas.

En esa posición, mirando fijamente a las llamas, sintió la intensidad de su mirada.

Por un momento, pensó que nunca la había contemplado con tanto detenimiento, sin llegar de inmediato a la conclusión de que solo era una niñita obstinada.

—Porque es normal que nadie opine sobre lo que en verdad quiere —declaró sin atreverse a mirarlo.

Siguió ensimismada en las llamas hasta que empezó a sentir calor con los pensamientos que comenzaban a arremolinarse en su cabeza sobre lo que había intentado hacer allí acostada en el sofá, en complicidad con la soledad que invadía la estancia.

Entreabrió los labios al imaginar que su mano no había sido la suya, sino la de Arthur, y eso la perturbó.

De inmediato se apartó, llevando las manos a su escote para bajarlo en busca de aire.

Luego se dio cuenta de la ridiculez que estaba haciendo al volverse hacia él, que continuaba mirándola estupefacto, y sintió un leve rubor de vergüenza mientras se acomodaba la ropa de nuevo.

—Creo que ya dejó de llover —dijo Arthur de forma pausada, separando enseguida las brasas para aminorar el fuego.

Ella miró por la ventana y descubrió que era cierto.