El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 14
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Capítulo 14

A rthur se quedó mirando por la ventana a la hermana menor de su mejor amigo, a quien seguía considerando, hasta hacía unas semanas, como una pequeña señorita obstinada.

Observaba con diversión cómo corría bajo la lluvia sin detenerse, mientras reflexionaba sobre la pregunta que le hizo instantes atrás.

Un pensamiento abstracto que cuestionaba la conformidad por encima de la infelicidad.

Mientras seguía su raudo recorrido bajo la lluvia, meditaba en que la noticia de su próximo matrimonio lo sorprendió incluso a él mismo; por lo tanto, su concisa respuesta era una consecuencia evidente del veredicto de su padre sobre la condición de su hermana, a raíz del accidente que la dejó lisiada de una pierna de por vida y que, a pesar de su posición y belleza, la excluía del mercado matrimonial, por considerarse un feo defecto.

Él mismo no estaba de acuerdo con eso, pero había descubierto en todos sus andares que la sociedad que los amparaba podía llegar a ser demasiado cruel; por lo que siempre consideró esa situación ridícula, hasta que ella misma pidió que no la obligaran a cumplir con ese rol después de haber recibido varios rechazos, a pesar de haber concertado compromisos que alimentaron sus ilusiones.

Desde ese momento, él y sus padres comprendieron que ella decidió dejar de luchar por encajar en un papel que estaba decidida a abandonar.

El precio de esa tranquilidad fue la aceptación propia de sus responsabilidades como futuro heredero y hombre de familia, aun cuando eso iba en contra de sus ideales.

Arthur no creía en el amor como un acto devoto, pero sí en las alianzas por conveniencia como una opción ética.

Malgraux lo proponía en su tratado sobre la doble moral del poder que todavía lo seguía sorprendiendo por su crítica elocuente y llena de lucidez, y con la cual se identificaba.

No era un pensador idealizado, sino un caballero de buena cuna odiado y respetado por sus ideas que buscaban comprender la realidad.

En su caso, era consciente de que quería mantener sus convicciones , pero también deseaba no desamparar a su hermana.

Esta dualidad lo llevó a un intenso debate interno que evocaba las reflexiones de Malgraux sobre el amor , el cual lo vinculaba más al deseo de trascendencia, actuando como un gesto de buena voluntad.

Sin embargo, la pregunta de Alice seguía resonando en su cabeza, como si debiera replantearse ese asunto con más profundidad.

Pero resultaba imposible hacerlo cuando la familia de la mujer con la que iba a casarse se presentaba como una atractiva aliada en sus planes, especialmente ante las recientes transformaciones que atravesaba la sociedad.

Mientras algunos se vestían con ostentación y actuaban como si nada hubiera cambiado, sordos al estruendo de los fusiles que se mezclaba con la música de cámara, otros sufrían las terribles consecuencias de esa realidad.

Él se encontraba entre los primeros, así como entre los segundos, reforzando la doble moralidad con la que intentaba conciliarse en pro de sus aspiraciones políticas y sociales; lo que le significaba una simple transacción, así no soportara a la mujer con la que tendría que convivir.

Las cavilaciones de Arthur se vieron interrumpidas por la llegada de Gunter. Este lucía preocupado, y adivinó que tal vez lo estaba por su hermana menor, a quien ya había perdido de vista en la incesante lluvia. Intuyó que quizá debió buscar refugio en la casa de invitados.

—¿Has visto a Alice? —le preguntó, haciéndole esbozar una sonrisa por haber acertado.

—Me temo que ha salido a jugar bajo la lluvia —respondió a su amigo, señalando con su dedo la dirección que había tomado la muchachita de ojos grandes y mirada vivaz.

Gunter frunció el entrecejo, fijando su atención en el patio empapado por la lluvia que seguía cayendo.

—Si ha hecho eso, me temo que querrá pescar un resfriado a propósito —comentó, preocupado.

—Supongo que la pequeña Alice ya es toda una señorita que puede tomar sus propias decisiones, incluida la de enfermarse —bromeó, lo que hizo que su amigo frunciera aún más el ceño.

—¿Has hablado con ella?

—Solo un poco —respondió Arthur.

Consideraba que tampoco había mucho más de qué hablar entre ellos, más allá del hecho de quedarse sin querer con un ejemplar considerado subversivo por las ramas más conservadoras de la sociedad.

Aunque Gunter y él compartían partes de ese mismo pensamiento, sintió que no era necesario sumarle otra preocupación aparte de considerar que su hermana se ganaría un resfriado.

En parte, quería seguir indagando cuánto de ese pensamiento nocivo pero peligroso para las mentes incautas quedaría grabado en su cabecita inocente, aparte de los poemas amorosos que criticaban la hipocresía social que pregonaba un célebre personaje de su sociedad como lord Byron.

—¿Te ha preguntado por tu matrimonio? —Gunter inquirió, sacándolo de sus pensamientos.

—Sí.

—¿Y qué le has contestado?

—Que es cierto —contestó, esbozando una sonrisa.

—Gracias, es bueno que ella lo tenga claro.

—¿Y por qué debería ser así? —indagó, con repentino interés.

—Mejor que no lo sepas —repuso Gunter.

—De acuerdo —dijo, encogiéndose de hombros para mostrarle que le restaba importancia, aunque en el fondo le inquietaba un poco la razón detrás de aquella insinuación—. Sigue sin parar de llover, evidentemente ha ido a refugiarse a la casa de invitados.

—También lo creo —concordó Gunter—. Será mejor que vaya a buscarla.

Cuando este se disponía a hacerlo, el señor Bert apareció en su busca por un asunto relacionado con su caballo, que debía resolverse, ya que esa noche tenían planeado ir a Arlington por cerveza barata.

Era algo que les gustaba hacer cuando eran universitarios: escapar a las tabernas de mala muerte para desahogarse de la rigurosa vida académica mientras escuchaban a los viejos narradores que contaban historias que parecían contrastar crudamente con la realidad.

Fue en una de esas salidas nocturnas que conoció a su entrañable amigo Gunter Becker, quien, al igual que él, disfrutaba de la vida bohemia; pensando en ello, intervino:

—Déjame ir a mí; de paso, revisaré que no haya goteras.

Su amigo aceptó y, tras dirigirse al mayordomo, Arthur buscó su cazadora.

Al cubrirse la cabeza con la capucha, salió al patio y se encaminó hacia la casa de invitados.

Como lo sospechaba de quien todavía consideraba una inocente chiquilla, sonrió al notar las pisadas que delataban su recorrido hasta el sofá de la sala.

Caminó sigiloso para sorprenderla; sin embargo, el sorprendido fue él al darse cuenta de lo que estaba haciendo allí, acostada, con los ojos cerrados y su mano metida bajo el vestido de muselina.

Trató de retroceder por la impresión, pero tropezó con una de las lámparas, lo que hizo que ella se incorporara rápidamente, mirando azorada a su alrededor en busca del origen del ruido, hasta que vio la ventana abierta y fue a cerrarla.

Arthur se maldijo por haber tenido que esconderse como un crío a sus veintiséis años, y luego meditó en que era mejor que no supiera que la había visto. Pero su realidad era que él sí lo hizo, y la imagen que vio se quedó grabada a fuego en su cabeza.