Capítulo 13
D espués del almuerzo, en el que Alice estuvo muy callada frente al bullicio de los demás comensales, Ruth se retiró a descansar a la habitación, hasta que el sol se pusiera y les permitiera salir a dar un paseo por la pradera.
Por su parte, ella decidió ir a la biblioteca en busca de un libro que fuera acorde con su inocencia .
Al entrar estaba solitaria y silenciosa, como solían estarlo todas.
No encontró a nadie allí, y en la mesa de centro yacía cerrado el libro que Gunter, quizá, esperaba que se le metiera por sí solo en la cabeza mientras se echaba la siesta por el cansancio del viaje.
La idea la hizo reír, y enseguida comenzó a deambular por los estantes hasta que encontró un pequeño poemario titulado Horas de ocio , escrito por lord Byron y cuya publicación databa de hacía ya tres años.
El hallazgo la emocionó. Había escuchado algo sobre el poeta, aunque no precisamente elogios. Tampoco recordaba haber visto un ejemplar similar en la biblioteca de su padre, tal como sucedía con el de Malgraux; y como se trataba solo de poesía, abrió la primera página y empezó a leer.
El poema que iniciaba el libro se titulaba «El primer beso de amor».
La emoción que la invadió al leer aquel título tan sugerente la llevó a sumergirse de inmediato en la lectura, devorando una línea tras otra, tratando de entender el pensamiento del poeta —como cuando alguien tiene sed y no se sacia hasta beberse toda la jarra—, hasta que su concentración fue interrumpida de forma abrupta por las gruesas gotas de agua que comenzaron a estrellarse contra la ventana.
Comenzaba a llover, y Alice no se había percatado siquiera de cuándo el cielo, que durante la mañana permaneció soleado, empezó a tornarse gris. Se acercó para observar la lluvia y respirar el olor a tierra mojada cuando, de repente, la puerta se abrió.
Al asomarse, vio que era Arthur quien había entrado. Llevó el poemario a su espalda mientras él, siguiendo sus pasos, se colocó a su lado, en la misma posición frente a la ventana.
—¿Interrumpí tu lectura? —preguntó él, con interés.
—No, lo hizo la lluvia —respondió ella, mostrándose indiferente.
El enojo que sus palabras le habían provocado todavía latía con fiereza en su interior.
—¿Y encontraste algo acorde para ti?
—No lo sé, pero me topé con una lectura agradable.
—¿Puedo verla? —preguntó Arthur, extendiendo su mano y mirándola con curiosidad.
Alice deseaba negarse, pero después de haberla pillado leyendo su libro, no quería que volviera a reprenderla como si aún tuviera doce años. Ella le tendió el poemario, y las cejas negras y perfectas de Arthur se alzaron al observar lo que había elegido para leer.
—Me temo que lord Byron tampoco es adecuado —comentó él, refiriéndose al libro.
—A mí me ha resultado interesante.
—Será mejor que te encuentre algo más apropiado, o tu hermano se enojará conmigo —dijo Arthur, y enseguida caminó hacia el estante, colocando el libro en la parte más alta y comenzando la búsqueda de otro.
Alice se quedó observándolo con el ceño fruncido y pensó que quizá tenía razón, ya que lo que acababa de leer seguía dándole vueltas en la cabeza.
—¿Es cierto que vas a casarte? —le preguntó, enfrentándose finalmente a esa incómoda verdad.
Arthur se detuvo en lo que estaba haciendo y, tras apilar cuatro libros, volvió hasta ella.
—Es cierto —confirmó con un gesto de aceptación.
Alice tragó saliva con fuerza, comprendiendo que algunas verdades eran irrefutables. La concisión de su respuesta le dejó claro que lo suyo había sido un tonto enamoramiento unilateral.
—¿Y estás feliz? —continuó, como si quisiera echar más sal a su herida.
Arthur sonrió.
—Bueno, en muchos casos no se trata de felicidad, sino de conformidad.
—¿Prefieres hacerlo para estar conforme a pesar de convertirte en un infeliz? —lo cuestionó, provocando que él se riera de verdad por lo agudo de su disertación.
—Ah, vaya, creo que esa lectura ha sido un poco perjudicial. Mejor mira estos, he encontrado otros libros que serán más agradables para ti —dijo él, considerando que era mejor no alentar esos pensamientos en alguien que apenas tiene un atisbo del mundo; pero ella siguió mirándolo con irritación.
—Puede devolverlos a su lugar, señor. Ya... me cansé de leer —declaró sorprendiéndolo, y salió corriendo de allí.
—¿A dónde vas? —preguntó consternado.
—A tomar un poco de aire —respondió, continuando con su marcha.
Debido a la lluvia, todo estaba paralizado afuera, a la espera de que cesara. Ella se dirigió a la salida del patio y, desde allí, al jardín, donde se dejó llevar por la diversión de jugar con la lluvia, como solía hacerlo cuando era más pequeña.