Capítulo 12
A lice se quedó pensativa, tratando de asimilar todo lo que había acontecido con Ruth, mientras observaba en el reflejo del espejo cómo la doncella que fue a ayudarlas le cepillaba la cabellera rubia.
Apartó la mirada justo cuando encontró la suya en el espejo del tocador, sacudiendo al instante, de su cabeza, los pensamientos convulsos que no dejaban de agobiarla.
Quizá con toda intención, Ruth había sembrado en ella una semilla que empezaba a brotar, haciendo que aun sin estar enferma sintiera su cuerpo febril.
—¡Iré a buscar a Gunter! —exclamó como excusa, algo azorada. De inmediato, se dirigió a su equipaje en busca del pequeño libro.
Necesitaba cumplir con el objetivo de su viaje y ya no podía seguir evitando a Arthur solo por no sentirse tonta. Además, sería imposible no encontrarse con él si iban a estar allí todo el fin de semana. Pensó que podría hacerlo después del almuerzo, pero aún faltaba para ello.
Envolvió el libro en un pañuelo y, con el paquete apretado contra su pecho, caminó por la estancia en su búsqueda. Imaginaba que estaría con Gunter, pero este se hallaba dormido en la biblioteca, con un libro tapándole la cara.
Pensó que tal vez lo encontraría afuera, así que se dirigió al jardín, saludando con amabilidad a los criados que se encontraba y sonriéndoles con timidez. La mayoría de ellos la recordaba y correspondía a su saludo. Sin embargo, no halló a Arthur por ningún lado.
—¿Busca a alguien, señorita? —le preguntó uno de los mozos que llevaba a uno de los caballos.
—Eh... sí, ¿ha visto de casualidad al señor Wellesley? —preguntó con voz pausada.
El muchacho rio.
—Sí, señorita, ha ido a la casa de invitados con el señor Bert, la están preparando para recibir a su prometida —señaló, sonriendo.
La mención de ello le estrujó el pecho; sin embargo, meditó en que era algo que ya no se podía remediar, porque lo que le había dicho a Ruth también aplicaba para ella. Solo que no le hacía mucha gracia que la quisieran comprometer con alguien dos años menor que ella.
Decidió que no podría hacer lo que se había propuesto si él estaba ocupado en algo importante y decidió esperar.
En su lugar, descendió por el sendero que conducía al río.
Faltaba poco para el mediodía y el aire estaba impregnado de la frescura de la hierba primaveral, junto al murmullo del agua que se mezclaba con el canto de los pájaros.
El Coln serpenteaba entre prados verdes, reflejando el cielo como un espejo líquido.
Las orillas estaban bordeadas de hierbas altas y flores silvestres que se inclinaban suavemente con la cálida brisa del mediodía.
Se detuvo en el pequeño puente de madera, observando cómo el agua corría debajo.
El sonido del río era distinto al bullicio de Londres; sin carruajes, ni voces apresuradas ni las alharacas de su madre, solo el ritmo constante y casi hipnótico de la corriente.
Como se encontraba sola, desenvolvió el libro y lo abrió en la página en la que se había quedado la última vez que lo leyó: un capítulo dedicado a la disertación sobre la filosofía de las pasiones ocultas .
No eran lecturas en absoluto románticas, como los libros de poesía que le permitía leer su padre, un ávido amante de la lírica formal.
Su hermano tenía razón en que no era un libro adecuado para señoritas cultas, pero no podía dejar de lado la dualidad que eso significaba.
Por un lado, podía disfrutar de poemas escritos por hombres que sosegaban el alma con sus letras románticas, castas y apacibles, y por el otro, la locura de un pensamiento que podría considerarse herético.
No era algo que supiera por sí misma, sino que lo había descubierto en el manuscrito, un nuevo vocabulario que el mismo autor de semejantes letras le enseñaba a gritos.
Tuvo que cerrarlo de golpe y, al hacerlo, se llevó una gran sorpresa.
—Supongo que he encontrado a la pequeña ladrona de mi tesoro.
El tono grave y jocoso de la acusatoria voz de Arthur la sobresaltó sobremanera, y casi tembló.
—¡Yo no lo robé! Te lo juro. Fue una confusión —exclamó, exaltada, con el corazón martilleándole contra las costillas mientras apretaba el pequeño ejemplar en sus manos.
—Entonces ¿me lo devuelves, señorita Becker? —continuó él con voz de seda, causando que tragara con fuerza la saliva que parecía solidificarse en su garganta.
—Lo... lo siento... lo tomé sin querer cuando tropezamos esa noche —dijo, extendiéndoselo, mientras ocultaba su culposa mirada.
Su intención era devolvérselo y luego salir corriendo, pero él le apresó la muñeca, impidiendo su escape. Alice respiró agitada, sintiendo cómo esa mano grande se cerraba alrededor de su frágil puño, evitando que se escapara.
—¿Por qué parece que siempre estás huyendo de mí, pequeña Alice? —le preguntó mirándola a los ojos.
Ella tuvo que despabilarse y aclaró su garganta para hablar.
—Yo... no lo hago.
—Yo creo que sí, y necesito una explicación. No recordaba que fueras tan esquiva —arguyó él haciendo que resoplara de soslayo.
—Debe ser porque he crecido.
—De eso ya me he dado cuenta —adujo Arthur, y un rubor le encendió las mejillas, haciéndola sentir un poco tonta por la importancia que le daba a ese hecho.
Primero le quitó el libro y luego la liberó despacio, quizá esperando que, cuando lo hiciera por completo, ella emprendiera su huida. Sin embargo, la idea le resultó patética, pues había afirmado que ya no era una niña.
—Yo... lo tomé sin querer...
—Y has estado leyéndolo, ¿verdad? —la cuestionó. Alice abrió los ojos con espanto.
—No —murmuró, apretando los dientes, llevando las manos a su espalda y casi haciendo un surco en la madera vieja con la punta de su zapato, pero Arthur se echó a reír con la misma parsimonia descarnada que mostraba Ruth, por lo que no le quedó más remedio que añadir—: Solo un poco.
La admisión la dejó sin aliento y a la espera de una reprimenda, como la que le daría Gunter si la descubriera.
—Gracias por confesarlo, pero no volverás a hacerlo —declaró Arthur, palmeándole la sien con el librillo cuando pasó a su lado para seguir su camino de vuelta a la casa principal.
Ella lo miró con resentimiento.
—¿¡Por qué no!? —inquirió con exigencia, haciendo que él arqueara sus cejas con sorpresa. Luego su expresión se suavizó.
—Porque no es una lectura para señoritas dulces y educadas como tú, pequeña Alice.
Ella lo miró con rabia, resentida por que le recordara su naturaleza ingenua e inocente, y por querer comportarse como si fuera su hermano Gunter.
Pero lejos de amedrentarlo con su fulminante mirada, su pataleta solo lo divirtió como en el pasado, cuando era más pequeña y soñadora y no le prestaban atención.