Capítulo 11
A lice permaneció rígida, con la espalda apoyada en el suave forraje de la tina, tragando saliva rápidamente mientras trataba de ralentizar su agitada respiración.
Sin embargo, la vista de Ruth mordiendo la tela de su camisa para amortiguar los sonidos feroces y guturales que salían de su boca le impedía lograrlo.
Alice experimentó un estado crítico de espanto, que solo se disipó cuando la fuerza de los movimientos de Ruth se detuvo y esta quedó exhausta.
Fue solo entonces que Ruth enderezó la cabeza y la miró con una expresión satisfecha en el rostro que dejó a Alice anonadada. Ya no se cuestionaba qué estaba haciendo, sino qué había logrado.
—Supongo que estás espantada —dijo Ruth.
—¿Por qué hiciste eso?
—Se llama placer.
—No... no es lo que he preguntado —masculló, bajando la mirada hacia el agua en la que su cuerpo se transparentaba.
—Pero quieres saberlo.
—Deja de decir esas cosas, Ruth.
—Lo entendí hace unos años, cuando también tenía muchas dudas como las que tienes tú —comenzó a hablar con una voz más apaciguada, captando así su atención.
Alice alzó la mirada.
—¿Dudas sobre qué?
—Sobre el placer entre las personas, para ser más específica.
—¿Y tú qué sabes de eso?
—¿Acaso no lo has visto?
—Sí, pero Gunter y tú no se van a casar —murmuró.
—¿Y eso qué?
—Es prohibido.
—Que lo sea no significa que no se pueda hacer. Siempre puedo utilizar mi mano —arguyó, mostrándosela y moviendo cada uno de sus delgados y finos dedos. Alice casi hiperventiló al recordar lo que le vio hacer con ella.
—¡Cielos, Ruth! —exclamó, horrorizada, tapándose los ojos mientras Ruth se reía a sus anchas de su ingenuidad.
Lo era, pues se trataban de cosas que jamás habían pasado por su cabeza, ni siquiera con su loco y obsesivo enamoramiento.
—El resultado es el mismo que cuando estás con un hombre; solo que la sensación de la piel es mucho mejor.
—¡Cállate! —chilló, tapándose los oídos y negando con la cabeza una y otra vez.
—Eso es lo que Gunter me enseñó, cómo se sentía de verdad. No quiero que lo culpes por ello; yo se lo pedí de rodillas.
Alice dejó de negar y la miró. Esta vez, Ruth no reía; su expresión era serena y muy seria.
—Si él cedió a tus ruegos, eso no lo hace un buen hombre.
—Te aseguro que es el mejor de todos, así que no lo juzgues. Lo del jardín solo fue un impulso, porque a veces simplemente no puedes contenerte.
—¿Y qué harás cuando Gunter se case? ¿Seguirás rogándole que te dé placer? —la cuestionó.
—No —contestó Ruth, haciéndole sentir una profunda pena.
—¿Y no harás nada al respecto?
—¿Quieres que arme un escándalo y lo reclame para mí?
—No me refiero a eso, sino... a ti. ¿Acaso no piensas casarte?
—¿Te has preguntado cuántos hombres han venido a pedirme matrimonio por voluntad propia, sin que una pierna coja les parezca un pequeñísimo defecto?
Alice se quedó pasmada mirándola. Sabía que todos hablaban a sus espaldas y la criticaban por ello.
—Quizá...
—Ninguno —sentenció Ruth, poniéndose en pie al apoyarse en el borde, levantando una capa de agua que la salpicó con gotas ya frías. Alice también se incorporó para ayudarla al ver que se tambaleaba, pero la detuvo en seco con su mano—. Tranquila, yo puedo sola.
Tras su negativa, Alice se quedó de pie, con la ropa goteando, mientras la observaba arrastrar su pierna hacia el mesón donde habían dejado las toallas de lino para secarse. Ruth le lanzó otra que atrapó contra su pecho, cubriéndose de inmediato al notar que todo se le transparentaba.
Ruth la miró y luego caminó hacia ella.
—Gra... gracias —le dijo, trémula, cuando la tuvo enfrente, apretando la suave tela.
En el estado en que estaban, su cercanía la puso muy nerviosa. Su amiga era un poco más alta.
—No estoy enojada, tampoco lo dije para que te sientas mal o me tengas lástima —respondió, casi arrancándole la toalla de las manos y colocándosela en el cabello, comenzando a secarla.
—Ruth... —protestó Alice, removiéndose; que hiciera eso la hacía sentir extraña. Quiso evitarlo, pero esta le atrapó la mano.
—También puedes realizarlo cuando lo desees —le dijo, llevándola luego hasta su entrepierna, a pesar de su reticencia. Su respiración aumentó, lo que causó que sus latidos se aceleraran y comenzara a transpirar cuando le levantó la prenda.
—¿Qué... haces...? —intentó protestar, pero no pudo evitar que la hiciera tocarse.
—Si lo haces despacio con tu dedo, se sentirá mucho mejor —le susurró, inclinándose sobre su oído, y la calidez de su aliento impregnó su cuello.
Alice tragó con fuerza el nudo que se formó en la garganta cuando le soltó la mano y se alejó sonriéndole con picardía, como si el altercado que habían tenido ya no le significara nada. Esta vez se cubrió por completo la cabeza para ocultar el rubor que le hacía arder todo el rostro.