Capítulo 10
—S olo dime si te molesta y nada más —retomó la charla Ruth, encogiéndose de hombros al asomarse a la ventana y, sonriendo, saludar con la mano a los hombres que se encontraban abajo en el patio.
Alice aprovechó el momento para recobrar su lugar, frunciendo el ceño al mirarla.
—Sí me molesta. ¿Dejarás de buscarlo? —la inquirió.
—No —respondió Ruth con una contundencia que la abrumó.
Ruth volvió a centrar su atención en Alice, observándola con una mirada pétrea y casi intimidante que le robó un suspiro.
Intuyó que esa sería su respuesta, pero en el fondo sabía que era una mentira para enmascarar una realidad diferente.
Lo supo con certeza al recordar la forma en que ambos se veían tan compenetrados mientras se abrazaban con fuerza, escondidos entre la maleza del jardín, iluminado débilmente por las farolas que estaban encendidas para la ocasión.
Ese recuerdo le dio un vuelco en el pecho que la hizo sacudirse, un poco azorada, lo que provocó que Ruth la mirara de manera taimada.
Hacía mucho tiempo que no compartían a solas, y las pocas ocasiones que tenían solían ser por temas especiales, dado que no era asidua a las conglomeraciones ni a las típicas reuniones de damas.
Sin embargo, Alice admitió que nunca tuvo conversaciones tan extremas, explícitas y profundas como esa, y quizá eso se debía a que solo hasta entonces descubrió lo que ella y Gunter hacían.
Seguía sin entender su finalidad, porque ambos destinos ya estaban marcados, incluyendo el de ella misma y el de su hermano, Arthur.
Al menos, ya conocía el camino que había trazado para su hermano, un matrimonio arreglado, en el que ella no figuraba por ningún lado.
Pensar en eso le generaba un poco de pena y la llevaba a contradecirse, cuestionándose si estaba bien o mal dar rienda suelta a deseos prohibidos , aunque estos no tuvieran ningún resultado.
Arrugó el ceño, negándose a comprender el motivo detrás de su confirmación.
—¿¡Por qué no!? —preguntó.
—Porque no quiero dejar de sentir, y te aseguro que cuando tú lo hagas, tampoco querrás hacerlo.
Alice se quedó pensativa, deliberando si había entendido bien lo que Ruth quería decir o a qué se refería, pero su curiosidad la llevó a querer saber más.
—¿Qué no quieres dejar de sentir? —La pregunta arrasó sus sentidos, abrumándola un poco. Tras ello, Ruth le sonrió con mayor picardía.
Un golpe en la puerta interrumpió su conversación; era el señor Bert, avisando que venían a preparar la tina para que ella pudiera tomar un baño. Las dos permitieron su entrada y aguardaron en silencio, mirándose mutuamente mientras el mayordomo vigilaba que las doncellas lo dejaran todo preparado.
—Así está bien, ya pueden irse —dijo Ruth cuando el señor Bert indicó que dejaría a dos mujeres para ayudarla.
—¿Está segura, señorita Ruth? —dijo el hombre, no muy convencido.
—Sí —respondió ella, mirando a Alice—, la señorita Becker me ayudará.
El hombre asintió de inmediato y ordenó que las dejaran a solas.
—¿En serio quieres que te ayude? —le preguntó, cuando pidió su apoyo para levantarse.
—Sí, así no tendremos a nadie espiándonos, solo las paredes.
—¿Qué dices? —Alice rio, sin entender del todo su metáfora.
Ruth caminó hacia el pequeño cuarto contiguo, donde habían llenado la rústica tina de madera forrada en su interior. El agua aún humeaba, creando una nube de vapor en el ambiente del pequeño cuarto, que estaba aislado y ventilado por una pequeña buhardilla.
—Ven, ayúdame o se enfriará rápido —la instó.
Eso hizo que se despabilara y fuera de inmediato a ayudarla a deshacerse del pesado ropaje, quedando solo con su camisa de lino. Ruth se apoyó en ella para ingresar en la enorme tina, acomodándose en uno de los extremos con el agua hasta el cuello.
Por un momento, Alice se quedó por completo inmóvil, observando cómo la tela se adhería a la piel extremadamente blanca e inmaculada de Ruth, perfilando su figura. No pudo evitar el rubor que subió a sus mejillas.
—¿A qué esperas para meterte? El agua está deliciosa.
—¡Estás loca! ¿Cómo pretendes que me meta allí contigo? —reaccionó, causando que una risilla burlona escapara de Ruth, lo que terminó descolocándola—. ¡Iré afuera!
—Recuerda que no hay nadie para ayudarme —manifestó Ruth, deteniéndola en seco.
Alice suspiró, entendiendo que su amiga siempre solía hacerle bromas, y que ella terminaba cayendo en ellas debido a su inocencia. Regresó.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó con precaución.
—Solo entra, para que podamos terminar la conversación. Anda, solo tenemos hasta que el agua se nos enfríe.
Alice pensó que lo que decía era convincente, aunque lo que pretendía no lo fuese. Sin embargo, muy en el fondo, quería escuchar la explicación de Ruth, lo que la hizo reír de soslayo. De inmediato comenzó a quitarse el vestido y se acercó de espaldas a la tina para que ella le aflojara el corsé.
Una vez que se desprendió de todo, se metió con cuidado en el agua tibia, sentándose en el extremo opuesto de donde permanecía Ruth con las rodillas recogidas y una expresión diáfana en la mirada.
Tiritó un poco por el cambio de temperatura, pero poco a poco se habituó y se sumergió hasta que el agua le llegó a la altura del cuello, cubriendo su frente con las manos.
El efecto de su camisa sobre su cuerpo fue el mismo y sintió cómo se pegaba como una segunda piel. Ruth cerró los ojos y dejó caer su cabeza hacia atrás. Alice la observaba meticulosamente, tragando saliva despacio, cuando la vio hacer un movimiento que tensionó todo su cuerpo.
—¿Q-qué haces? —casi tartamudeó al notar cómo esta abría las piernas y movía su mano entre ellas.
—Solo... observa —respondió Ruth con la voz afectada y su frente perlada de gotas de sudor, sin abrir los labios.
El cuerpo de Alice se tensó hasta casi temblar al ver cómo Ruth serpenteaba su figura bajo el agua, con una sinuosidad que le hizo abrir los ojos de par en par y apretar sus rodillas, justo cuando comenzó a emitir sonidos ahogados, muy parecidos a los de aquella noche .
«¿Qué estaba haciendo?», se preguntó, sin poder dejar de mirarla y estremecerse en su propia piel.