El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 9
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Capítulo 9

S tone House era un lugar maravilloso, una casa de campo señorial, discreta pero sólida, con techos de pizarra oscura un poco inclinados y cubiertos en partes por el crecimiento de musgo y líquenes, favorecido por la alta humedad, la sombra y el aire limpio de la campiña.

Sus muros eran de piedra caliza color miel, adornados por flores y plantas trepadoras cuya hermosura vibraba con la estación primaveral, y tenía ventanas pequeñas de gabletes que reflejaban la luz como espejos irregulares.

Alice descendió primero y se dejó envolver con el aire aromatizado proveniente del jardín de hierbas, donde el romero y las flores silvestres se asomaban junto a la entrada; todo estaba igual de luminoso, tal como lo recordaba.

La puerta de roble macizo, con herrajes de hierro forjado, fue abierta por el mayordomo, emitiendo un suave chirrido que la hizo estremecer al darles la bienvenida.

—Los estábamos esperando —manifestó el hombre con un gesto de saludo, realizando una leve inclinación.

—Gracias, adorable señor Bert —respondió Ruth, con jocosa parsimonia, asomándose por la puerta del carruaje para bajar.

Arthur y su hermano ya habían desmontado; fue este último quien la ayudó, llevándola luego en brazos hacia el interior de la casa.

—¿Entramos, señorita? —preguntó Arthur rozándola apenas un poco cuando pasó a su lado, con lo que Alice sintió un sobresalto que la obligó a tragar con fuerza. Él se detuvo apenas para indicarle que avanzara porque se había quedado rezagada como piedra.

La muchacha apretó su neceser, caminando erguida y en línea recta, subiendo cada escalón de la entrada hasta la puerta donde los aguardaban el mayordomo y varios criados enfilados, a quienes les encargó abrir los establos para abrevar a los caballos.

Al cruzar el umbral, respiró profundamente para calmar sus emociones mientras el acogedor interior del vestíbulo la recibía como un cálido abrazo.

Las vigas de madera y los muebles de roble daban a la estancia un aire de sobriedad, pero también de refugio.

Alice pensó que aquella casa no era solo un lugar de descanso; era un espacio donde el tiempo parecía detenerse, y donde la cercanía de Arthur dotaba de un nuevo significado a cada detalle que había visto en ocasiones anteriores.

—¿Desea que la acompañe a la habitación, señorita? —preguntó una de las doncellas que se acercó para ayudar.

—S-sí, está bien.

Arthur, que todavía estaba allí, no pronunció más palabras, por lo que luego de despedirse caminó detrás de la mujer y de otro criado que transportaba el equipaje hacia las estrechas escaleras que llevaban a la segunda planta.

Aun cuando miró de reojo hacia atrás con el corazón latiéndole contra las costillas, él continuaba allí, de pie como un imperturbable vigilante.

En el pasillo se encontró con Gunter, después de haber dejado a Ruth en la habitación.

Él apenas le sonrió acariciándole la cabeza antes de dirigirse rápidamente hacia Arthur en la planta de abajo.

En la habitación que siempre compartía con Ruth, esta se encontraba descansando sentada en una poltrona junto a la ventana; se había deshecho de los pesados zapatos de plataforma con los que alineaba un poco su cojera y se sobaba los tobillos.

Alice se acercó para ayudarla.

—¿Le trajiste el libro? —le preguntó Ruth.

Alice se despabiló, asintiendo con la cabeza.

—Sí, también vine a eso.

—Creí que era lo más importante, y te advierto que ha estado buscándolo como un poseso.

—¿No sabe que yo lo tengo?

Ruth negó con la cabeza con mucha vehemencia.

—Tampoco se lo he dicho. Si tú guardas un secreto, yo guardaré el tuyo.

—N-no es un secreto, fue una equivocación —protestó, aunque en el fondo esto era lo que se había convertido en el motivo real de su aceptación; sin embargo, la desilusión por aquello que ya comenzaba a aceptar como un deseo prohibido comenzaba a golpearla con su cruel realidad.

—Lo que haya sido, debes devolvérselo.

—¿Qué importancia tiene para ti que lo haga? —preguntó con un poco de malhumor.

—Ninguna, pero debe tener alguna para ti —insistió esta irritándola.

Alice admitió que todos conocían la admiración que sentía por Arthur, pero ninguno de ellos, el secreto que tenía arraigado como una tonta obsesión en su corazón durante esos siete años.

No obstante, fue ese impase por no poder enfrentarlo lo que la llevó a descubrir el escarceo que su entrañable amiga mantenía con su hermano.

Pese a las explicaciones, en el fondo seguía sin entenderlo, porque lo que hacían en secreto contradecía aquello que se les inculcaba a todas las damas modestas y conservadoras de la sociedad.

—¿No has pensado que quizá no fue buena idea que Gunter viniera? —comentó.

—¿Por qué? ¿Temes que sea muy cariñoso conmigo?

—¡Cielos, Ruth! No deberías ser tan descarada —gruñó, sintiendo la sátira de sus palabras.

Comprendió que era algo que siempre hacía, aprovecharse de su diferencia de edad para burlarse de su inocencia sobre ciertos temas o situaciones sobre los que a ella no se le permitía indagar de más, solo lo justo para comprenderlo, aunque no lo hiciera del todo y solo terminara teniendo más dudas y una confusión grande en su cabeza.

Por supuesto, no lo aclararía con su madre; y aunque le fastidiaba la idea, fue consciente para sus adentros de que quizá Ruth podía darle esas respuestas tan complejas.

La conversación se detuvo allí al escuchar desde afuera la risa grave y divertida de Gunter, contendiendo con la firme y aterciopelada voz de Arthur, quien cuando Alice asomó su rostro a la ventana, miraba en esa misma dirección, causándole otro gran sobresalto.