Capítulo 8
E l fin de semana llegó y, para su suerte, su madre no pudo conseguir que la señora Trotter se uniera al viaje como su compañía.
Tendría que ir ella, o eso creía Alice hasta que Gunter apareció montado en su caballo y anunció que se encargaría de cuidarla.
No sabía —o tal vez la intuyó— la razón de este cambio; no obstante, su padre le había concedido un merecido descanso de fin de semana para que él la cuidara.
Al llegar a la mansión, Ruth ya la esperaba, sonriéndole con evidente emoción por haber aceptado ser su acompañante como solía hacerlo en ocasiones anteriores.
—Solo he aceptado porque necesito devolver algo —le dijo cuando ambas se sentaron en el interior del carruaje tras acomodar los equipajes.
—Lo sé; además, la distancia será buena para conversar con más calma.
—Yo... los vi esa noche, a ti y a Gunter...
—Comenzó Alice con voz pausada, justo en el momento en que el cochero arreaba los caballos y se ponía en marcha a todo galope.
No tenía intención de mencionarlo en ese instante, pero no podía esperar más para sacarlo de su interior.
Ruth la miró con seriedad mientras ambas eran sacudidas por el galopar de los caballos.
—También lo sé —repuso Ruth sin ningún atisbo de culpabilidad. En ese momento, Gunter pasó junto a la ventana; y, montando a su lado, Arthur, que mantenía su vista al frente.
—¿Van bien las señoritas? El camino está un poco rocoso.
—Todo en orden, señor Becker —contestó Ruth, mientras ella observaba el hermoso perfil de Arthur, quien también la miró de reojo antes de espolear su caballo y adelantarse a la marcha.
Gunter les hizo un saludo, sin detener su mirada en ninguna de las dos, y continuó su camino.
—¿M-me viste? —preguntó Alice, algo abrumada, cuando el carruaje volvió a la calma.
—No, pero intuí que alguien lo había hecho —respondió Ruth, provocando que Alice soltase un resoplido.
—¿Por qué hacen ese tipo de cosas en un lugar así? Alguien más pudo haberlos visto —se quejó.
—¿Eso te preocupa, Alice? ¿Que tu hermano y yo tengamos relaciones en el jardín?
—¡Cielos, Ruth! —exclamó sintiendo cómo se le coloreaba todo el rostro. Se llevó las manos a la cara, avergonzada por el ardor de sus mejillas, mientras su amiga se reía a sus anchas.
—Solo es un poco de caridad con esta pobre lisiada, así que no te preocupes; no voy a arruinar el futuro de Gunter. No es mi intención —dijo, una vez que logró calmarse.
—¿Cómo puedes decir eso? Esas cosas solo deben hacerse por amor.
—¿Y crees que eso es cierto? —la cuestionó Ruth, dejando a Alice en un momento de repentina reflexión sobre lo que consideraba amor .
Recordó lo que le dijera su madre y admitió que los matrimonios, tanto en su época como en la de ellas, seguían teniendo el mismo peso social: familia y estabilidad.
—El amor existe —respondió con firmeza, convenciéndose de que lo había sentido así.
—El amor es una ilusión —replicó Ruth.
—¿Por eso permites que Gunter te haga eso?
—La verdad, sí, y no me lo paso tan mal.
—¿Y qué hay de mi hermano?
—Nada. Es igual a todos los caballeros; pasaremos buenos momentos y, al final, encontrará a la mujer que le dará la estabilidad familiar que exige el protocolo —explicó, como si fuera una opinión irrelevante para Alice.
—¿Y si él te quiere? —preguntó, y de nuevo Ruth rompió a reír, lo que la enfureció, ya que parecía tomarse las conversaciones serias sobre los sentimientos como si fueran un chiste al que no tenía por qué darle una respuesta.
Tras contemplar la diversión de su amiga por un momento, Alice reflexionó que quizá esa también era la postura de su hermano, y que su pasión solo se relegaba a disfrutar ese momento. Sin embargo, esa suposición la hizo sonrojarse de nuevo al considerar tal posibilidad.
Mientras su compañera se echaba una pequeña siesta, Alice se sumió en esos furtivos pensamientos, observando el campo que se extendía como un tapiz verde a lo largo del recorrido, hasta que llegaron al pueblo de Bibury y atravesaron las calles de Arlington Row, flanqueadas por una hilera de encantadoras casas de piedra, con sus techos inclinados cubiertos de musgo.
Los cascos de los caballos levantaban tanto el polvo de la grava como la curiosidad entre los habitantes del lugar a su paso.
La comitiva siguió su camino, acompañada por el murmullo a lo lejos del río Coln hasta llegar a su destino: Stone House, la encantadora casa de campo de los Wellesley.
Alice ya había estado allí, también con Ruth; sin embargo, nunca había tenido la compañía tan cercana de Arthur, y la idea de esto hacía que su corazón casi galopara sin freno dentro de su pecho.