Capítulo 7
A lice pensaba día y noche en que tenía que devolverlo, pero se negaba a tener que hacerlo o buscar la manera.
Dos días después de la fiesta de Ruth, su mente seguía dando vueltas al recordar lo que presenció entre su hermano y ella.
Se sintió enojada, pues no era algo que hubiese esperado ver en el jardín ni en ningún otro lugar.
Meditaba en ello y, al momento de repasar los pensamientos que Gunter albergaba acerca de Ruth, ese enojo crecía, ya que parecía haber caído en sus propias contradicciones.
La ira que le provocó lo que en el fondo sentía como una traición la llevó a cuestionar su relación con él, y a ratos llegaba a aborrecerlo tanto como lo amaba.
Buscó el pequeño libro que, sin querer, le hurtó a Arthur y lo inspeccionó por todas partes.
Tras su escrutinio, determinó que se trataba de una copia exacta de algún tipo de manuscrito prohibido de un pensador francés.
A pesar de haberse abstenido de leerlo, no pudo resistir el encantamiento de cada línea; quedó fascinada por una tesis que afirmaba, en secreto, que el poder no se sostenía solo en la riqueza deslumbrante, sino en las ideas que se infiltraban en las conciencias.
Y todavía más, la idea de que eso despertaba el interés de muchos hombres le parecía intrigante.
Al mismo tiempo, también muy ignorante de las luchas de poder ideológico.
Sacó su cuaderno de apuntes y garabateó cuatro palabras que resaltaban al final del enunciado: la fragilidad del poder.
Ruth le había confesado que sabía algo, lo que aumentaba la pregunta sobre si debía entender, o no, esos posibles ideales peligrosos .
No sabía si en realidad lo eran, pero le costaba aceptar que Ruth tenía sus propias ideas sobre hacer ese tipo de cosas con su hermano.
El recuerdo la hizo inquietarse y sobresaltarse, justo cuando tocaron su puerta.
De inmediato, tuvo que cerrar el libro y esconderlo en su caja bajo la cama. Al abrir, se encontró con la doncella, que le anunciaba que la esperaban en el comedor. Alice asintió y bajó donde ya estaban todos reunidos alrededor de la mesa, ocupando su lugar en absoluto silencio.
—¿Te sucede algo, hija mía? —le preguntó su madre, quizá intuyendo que su mutismo no era algo habitual.
—No me sucede nada, madre —contestó con brevedad.
—Estás demasiado callada, y mi hija, por lo general, es un revoltoso pajarito.
—Estoy bien.
—Tal vez necesites un poco de aire fresco —intervino su hermano.
Ella alzó la mirada inquisidora en su dirección.
—El aire está muy bien aquí —replicó, intentando enseriar su voz.
—Si mi pequeño colibrí dice que está bien, no creo que haya que obligarla a ir —mencionó su padre con cariño, llamando su atención.
—¿Ir a dónde?
—Ruth Wellesley te ha enviado una invitación para que la acompañes en su viaje a la casa de campo —respondió su madre.
Alice miró a Gunter con el ceño fruncido, y él se encogió de hombros y continuó comiendo.
—Si no quieres salir, enviaremos una carta de disculpa —repuso su padre.
—Yo no le haría un desaire tan desagradable a la señorita Wellesley —intervino su madre.
—¿Tú qué opinas, Gunter? —lo cuestionó.
—¿Debería emitir algún juicio? Ruth es tu amiga, no mía.
Su respuesta la irritó; en su interior quería gritarle que, después de lo que vio, le resultaba todo lo contrario, pues parecía conocerla muy a fondo. Sin embargo, meditó que debía devolverle ese libro a Arthur.
—Está bien, si Ruth quiere que la acompañe, iré —dijo, librando un duelo secreto de miradas desafiantes con su hermano.
Después de la breve discusión terminaron de cenar, y Alice volvió a su habitación con la carta de invitación que le había entregado su madre, a quien le mortificaba la idea de convocar de nuevo a la señora Trotter.
Leyó el escrito varias veces después de tomar un baño y prepararse para ir a la cama. Escuchó unos ligeros golpecitos cuando se disponía a meterse bajo las cobijas, así que fue a abrir la puerta, a regañadientes.
Allí se encontró con Gunter, recostado contra el marco. Alice se alejó dándole la espalda, volviendo al interior de su habitación.
—Creí que ya habíamos superado la etapa en que odias a tu hermano —dijo, cerrándola tras de sí.
Ella se sentó en la cama y él hizo lo mismo a su lado.
—Tengo derecho a hacerlo.
—Si te desagrada la idea de acompañar a Ruth, solo no vayas.
—Ya di mi palabra, iré; quédate tranquilo —refunfuñó. Gunter se echó a reír a carcajadas, descolocándola—. No he dicho un chiste.
—Pero lo parece, hermanita.
—Ya basta con eso.
—Lo digo en serio.
—Yo también —se quejó abriendo los ojos—. Tal vez solo deberías ser sincero conmigo y decirme la verdad sobre Ruth.
—¿Qué verdad?
—Que ella te agrada —chilló, apretando los dientes.
—Pero es cierto, Ruth me agrada.
Alice se volvió hacia su hermano, temblando de rabia y con los labios entreabiertos.
—¿Solo eso?
—No veo a qué viene tu cuestionamiento —repuso, haciendo que ella resoplara con indignación. Entonces decidió que quería ir con más razón a ese paseo, solo para preguntarle a Ruth cuál era su juego secreto con Gunter y, de paso, devolver el libro hurtado sin querer.
—De acuerdo, ya puedes irte. Me voy a dormir —dijo, empujándolo para que se levantara de la cama y enseguida se metió bajo las cobijas tapándose de pies a cabeza.
Así permaneció hasta que Gunter no tuvo más remedio y apagó la vela saliendo de la habitación, sumiéndola en la oscuridad que empezaba a apoderarse hasta de sus propios pensamientos.