Capítulo 6
A lice corrió, casi con desesperación, huyendo de allí y sin mirar atrás.
Las lágrimas volvieron a fluir de sus ojos, y no quería que la vieran así de destrozada, para que no continuaran burlándose de ella.
Respiró con fuerza al salir al vasto jardín de setos recortados, parpadeando varias veces para que el viento secara sus lágrimas.
Ralentizó su marcha hasta detenerse, sintiendo que se le encogía el pecho, mientras respiraba con agitación. Se encorvó, apoyando las manos en las rodillas, cuando un objeto de los que recogió del suelo por la prisa cayó a la grava, y sintió en su interior que no era suyo.
No podía ver muy bien de qué se trataba, así que empezó a tantear el suelo.
Pronto se topó con el objeto, y en el momento en que lo atrapó con la mano, un ruido extraño la puso en alerta.
Por un instante, no supo identificarlos hasta que percibió que se trataban de los jadeos ahogados de una mujer.
Su cuerpo se erizó y abrió los ojos como platos.
Allí, en la misma posición en la que estaba, comenzó a arrastrarse por la grava hacia la pared cubierta de hiedra, con la intención de descubrir quién era.
La hazaña provocó en su mente un torbellino de adrenalina.
Lo que escuchaba cada vez más cerca no era algo que se debiera hacer al aire libre.
Esa idea la llenó de una extraña sensación, pero, aun así, no se detuvo; quería mirar.
Deseó, con morbosa curiosidad, descubrir quién se atrevía a cometer esos actos inmorales en un jardín ajeno.
No es que pensara que lo fueran, pero según la filosofía que le habían enseñado en casa, todo acto impuro solo era tolerado dentro del matrimonio, con fines exclusivos de procreación, y lo demás era considerado reprochable , además de vergonzoso a ojos de la sociedad.
Al fin encontró una rendija en la maleza por donde mirar. Allí, en efecto, había una pareja realizando actos impuros, y la sola visión de cómo se movía el cuerpo robusto y masculino contra las piernas abiertas de la mujer casi la hizo hiperventilar.
Sin embargo, no pudo dejar de observar hasta que parecieron alcanzar alguna especie de éxtasis que los llevó a besarse con pasión.
Fue en ese momento cuando pudo reconocer el rostro de la mujer, quien pareció haberla descubierto en su escondite, cuando agarró el cuello de la camisa del caballero y miró en su dirección.
Alice se arrastró con rapidez de allí, al darse cuenta de que la mujer que se comportaba de esa manera vergonzosa en el jardín se trataba de Ruth. Se detuvo en seco en su huida al escuchar unas palabras que la dejaron lívida:
—Yo también te he extrañado, Gunter.
Eso la sumió en un estado de letargo; rio entre dientes, un poco histérica, y así caminó de regreso hacia el salón, donde se encontró con la señora Trotter.
—¡Por Dios! ¿Qué te ha pasado para que vuelvas así? ¿Acaso fuiste a revolcarte en el jardín? —la increpó, sacudiéndole con brusquedad el cabello y el vestido.
—No pasa nada. —Fue su escueta respuesta.
—Alice, no quiero pensar que estabas haciendo alguna travesura. Te quejas del barón, pero parece que la que sigue sin crecer eres tú, niña —le reprochó.
Inmediatamente la instó a que buscaran un baño para que se arreglara.
—¿Puedes dejarme un momento sola?
—Me temo que no —respondió la mujer, inamovible, quizá pensando que podría hacer algún desastre allí.
Estaban en esa disputa cuando Ruth apareció y la miró sonriente.
—Puedo acompañar a la señorita Becker, también vengo a retocarme.
Era algo a lo que la señora Trotter no podía oponerse, así que asintió.
—Por supuesto, señorita, las esperaré en el salón.
Alice vio cómo cerraba la puerta, dejándolas encerradas a las dos, pero no se atrevió a decir una palabra a Ruth. Aunque lo que vislumbró la había impresionado, sentía que no tenía argumentos para reprocharle, ya que no descubrió su secreta actividad de forma intencionada, sino por pura casualidad.
—Estás demasiado callada, Alice, y sé que no eres así —dijo Ruth, mientras tomaba su pierna mala y la subía a un banco.
Alice se giró hacia el otro costado para no ver cómo tomaba una toalla, la humedecía en el cuenco y se limpiaba la entrepierna—.
Está bien si no quieres hablarme, pero esperaba que pudiéramos hacerlo.
Alice recordó que aún tenía el obsequio que le había traído, junto al objeto que tomó de Arthur por error. Decidió mirarlo, luego pensó que quizá no debió hacerlo, y aunque sabía lo que era, no esperaba encontrar que se trataba de una copia idéntica de la que tenía Gunter.
—¿Por qué tienes eso? —le preguntó Ruth.
Alice no supo qué responder y se quedó mirándola.
—¿Sabes de qué se trata?
—Un poco —contestó Ruth, encogiéndose de hombros.
—No es mío, se le ha caído a Arthur por casualidad —respondió, apenada, sin atreverse a mirarla a los ojos.
—Entonces deberías devolvérselo.
—¿Puedes hacerlo tú? —preguntó, con cierta timidez.
Ruth la miró, entrecerrando los ojos, y luego extendió su mano hacia su cabello para quitarle una pequeña hoja rota de hiedra.
—No lo creo, pero puedo ayudarte a que lo hagas —respondió, dejándola en un estado de incertidumbre, sin saber qué estaba tramando. En el fondo, y en su todavía inocente pensamiento, Alice tenía decidido que nunca más volvería a verlo, porque le había roto el corazón, aunque sin saberlo.