Capítulo 5
A lice suspiró profundamente mientras observaba la luna durante el trayecto hacia la mansión de los Wellesley, en Renton House.
Era la noche de celebración del cumpleaños de Ruth, y aunque había decidido asistir, deseaba no haberlo hecho; presentía que no sería una noche divertida, como las de antaño, cuando aún albergaba esperanzas.
—¿Parece que no estás muy emocionada por ir a la fiesta? —preguntó la señora Trotter, su dama de compañía para eventos importantes.
—Lo estoy, me encantaría saludar a Ruth —respondió Alice.
—Supongo que sí, aunque solías mostrar más entusiasmo al ver al señorito Wellesley. —Alice suspiró con fuerza ante las insinuantes palabras de la mujer—. ¿Será porque va a casarse?
—¡Todos pueden casarse si lo desean! —replicó, dejándose caer de nuevo sobre el cojín del asiento.
—Incluso tú.
—Debo suponer que está muy feliz por la cita con el baroncito, porque así ya no tendrá que perseguirme a todas partes —ironizó, provocando una sonrisa furtiva de Trotter.
—Cielos, querida niña, siempre tienes unas ocurrencias tan ingeniosas.
—Siempre esperé que se aburriera de mí —respondió Alice.
—Admito que lo estuve, pero por algo me consideran un amuleto de buena suerte.
Alice volvió a suspirar, negando con la cabeza.
Desde que su madre la encargó a la elegante señora Margaret Trotter, solía discrepar de ella sobre lo innecesario de la situación, considerando que ella decidiría con quién casarse.
Admitió, con cierto desdén, que, con el giro de los acontecimientos, ambas le habían ganado la partida y tal vez tendría que resignarse. La idea le hizo apretar los dientes.
El carruaje giró, adentrándose en las inmediaciones de la elegante casona iluminada hasta el exceso, y se detuvo a la entrada, donde su hermano Gunter, que iba montado a caballo, desmontó ágilmente para ayudarlas a bajar.
Él ofreció su mano a Alice quien se colgó de su brazo, y los tres se dirigieron hacia el vestíbulo, desde donde ya se podía escuchar la suave música de cámara.
Los Wellesley también eran adinerados, sin embargo, no solían organizar demasiadas fiestas y llevaban una vida familiar muy reservada, dejando entrever solo lo necesario para los envidiosos. Los pocos eventos que realizaban eran catalogados como imprescindibles, si se lograba ser invitado.
Alice y su familia podían presumir de esa membresía, gracias a la profunda amistad que unía a Arthur con su hermano. A medida que avanzaban hacia el salón, el sonido suave y vibrante del cuarteto de cuerdas se hacía más intenso.
—Iré a buscar a Ruth —anunció Alice, tratando de ubicar el lugar que siempre solía ocupar: un pequeño palco alto, al lado de la música.
Sin embargo, aún no se encontraba allí.
—Yo iré por una copa y a saludar —dijo Gunter, haciéndole una seña a Trotter para que se encargara de ella.
La mujer asintió y Alice puso los ojos en blanco. De inmediato, tomó sus faldas y salió en busca de su amiga, deseando entregarle el obsequio que había comprado. En su camino, se topó con varias conocidas, deteniéndose a saludar de tanto en tanto hasta que perdió la orientación y lo vio.
Era Arthur. Se quedó observándolo mientras conversaba con su hermano y otros dos caballeros.
A Alice se le secó un poco la garganta al notar que había cambiado desde la última vez que lo vio, hacía dos años.
No imaginaba que se vería aún más alto, maduro y extremadamente atractivo, sin dejar de lado el aura rebelde que ella tanto admiraba.
—Ya sabes que se va a casar, ¿verdad? —comentó a su lado Lottie Sanderson, y ella apenas asintió—. Y es una pena, con lo guapo que está.
—No creo que lo sea —repuso, sacudiéndose justo cuando él fijó su atención en su dirección.
—Por supuesto que sí. Dicen que su prometida es una noble galesa —prosiguió Lottie.
Alice se sorprendió al no haberse enterado de esa parte de la noticia, tampoco quiso aventurarse a averiguarla por temor a que su madre la increpara, considerando que se trataba de lo que ella estimaba como una vana ilusión de niña tonta, porque las mujeres centradas no vivían de deseos efímeros, sino de realidades.
—¿Quién dijo eso? —indagó.
—Es un secreto, pero resulta raro que no lo sepas —continuó, soltando una risilla.
Alice notó el tono sarcástico en sus palabras y reconoció que quizá Gunter sí lo sabía, pero tampoco se lo habría contado, tal como hizo con el anuncio del matrimonio. Un caballero se acercó para invitar a Lottie a bailar y ella aceptó gustosa, dejándola sola.
La joven volvió a poner los ojos en blanco, y al darse la vuelta se encontró con el rostro animado de la señora Trotter.
—Podrías tener más suerte si te mostraras menos huraña.
Frunció el entrecejo y la miró con desagrado.
—Si consigo que algún caballero me invite a bailar, ¿mis padres desistirán de organizar esa cita con el pequeño barón?
—Por supuesto que no —sentenció la mujer. Alice hizo una mueca y se apartó de ella para ir a buscar a Ruth, a quien por fin divisó.
—¿A dónde vas? —preguntó Trotter.
—A entregar mi regalo —respondió, levantando su pequeña bolsa de satén.
Alice no esperó más y se marchó rauda, impidiendo que la señora Trotter pudiera detenerla.
Se reía y se burlaba de la expresión severa que ahora tenía la mujer mientras la observaba con sus manos en asa sobre su gruesa cintura.
Imaginó que se lo contaría a Gunter, pero sabía que él no la reprendería por ello.
En este pensamiento estaba sumida cuando entró en el pasillo y no se dio cuenta de que alguien iba en la dirección contraria, tropezándose de frente con Arthur, quien la miró sorprendido.
—¿Estás bien? —le preguntó, acuclillándose para ofrecerle su mano y ayudarla a levantarse.
Alice observó su mano grande, hermosa y galante, pero el recuerdo de lo que ya era una noticia pública la hizo enojar como nunca. No quería que él fuera amable con ella ni que volviera a hablarle.
Recogió rápidamente todo lo que había caído al suelo y, levantándose, se marchó de allí.