El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 4
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Capítulo 4

L a noticia de su madre no hizo más que sumarle mortificaciones. Conocía a Paul e incluso recordaba el día del entierro de su padre, hacía cuatro años, al que asistió toda su familia. Tenía trece años por ese entonces y, a esa edad, solía estar pegado a las faldas de su madre, la baronesa Tatiana.

Frunció el ceño al mirarse en el espejo y luego se puso de pie para ir a buscar a su hermano en su habitación. Cruzó el pasillo a toda velocidad, levantando el faldón de su vestido de gasa para no tropezarse.

Tocó varias veces la puerta, pero no obtuvo respuesta. Entonces, la empujó y entró. El cuarto estaba vacío. Observó lo desordenado que se encontraba todo desde que regresó para instalarse de nuevo en casa.

Hacía tiempo que no entraba allí, así que, con las manos en la espalda, decidió husmear un poco hasta llegar a su escritorio, donde reposaban numerosos papeles y varias pilas de libros.

Fue entonces cuando lo vio entre los documentos: aquel pequeño ejemplar encuadernado que no le había dejado ver antes.

Lo sacó de debajo de una de las pilas y lo examinó por el derecho y el revés, confirmando que no pertenecía a la colección de su padre, la cual ella conocía de memoria al haberse convertido en una ávida lectora desde que aprendió a leer y escribir.

« La doble moral del poder de Etienne de Malgraux», leyó mentalmente, y el nombre del autor resonó en su cabeza como un susurro de letras prohibidas .

Alice pasó las páginas del pequeño libro con cuidado.

Las frases eran incisivas, casi peligrosas: «El poder se sostiene tanto en el oro que deslumbra como en las ideas que esclavizan.

Quien controla la riqueza domina los cuerpos; quien controla el pensamiento, domina las almas».

Se quedó estupefacta tras leer esas líneas. De pronto, la puerta de la habitación se abrió, y un escalofrío recorrió su espalda. Gunter entró, cerrándola de inmediato mientras se apresuraba hacia ella, quien no pudo ocultar que había hallado el ejemplar.

—Te dije que no era una lectura apta para ti —la reprendió, quitándole el libro de las manos y guardándolo en su cajón bajo llave—. ¿Qué haces aquí?

—No estaba buscando el libro, si es lo que crees.

—¿Entonces lo tomaste por equivocación? —la acusó.

—Tampoco, pero me llamó la atención —contestó con inocencia.

—Mejor olvídalo —respondió su hermano, lanzando una honda exhalación—. ¿Y bien?

—Quiero que le digas a mamá que lo de ese niño es una mala idea.

—¿Te parece, querida hermana?

—¡Por supuesto!

—Aun así, está decidido por padre. ¿O ya olvidaste por qué era tan cercano al barón?

—Pero... —Quiso continuar protestando, mas se contuvo, mirándolo con impotencia.

Después, lo observó con enojo y caminó, haciendo resonar los tacones medios de sus zapatos hasta llegar a la puerta.

—Paul estará de regreso en dos semanas, y cuando lo veas, seguro cambiarás de opinión.

—Lo dudo —murmuró, abriendo y cerrando la puerta con fuerza.

En el pasillo se encontró con su madre, quien conversaba sobre algún asunto con el ama de llaves, pero no se detuvo ni siquiera para saludarla y fue directo al estudio de su padre. Después de tocar la puerta con insistencia, le dio paso.

Caminó con bastante rapidez hasta el escritorio y se arrodilló frente a él, levantando las manos repetidamente como si lanzara alabanzas y no sus sufridos ruegos.

—¿Quieres decirme qué estás haciendo de forma tan dramática, querida hija?

—Padre, te suplico que no me obligues a tener una cita con ese niño.

Randolph Becker no pudo evitar reírse, aunque terminó siendo atacado por una tos repentina. Su madre y su hermano entraron sin demora, alertados, y se detuvieron en seco en el umbral.

—¡Cielos, Alice!, ¿qué demonios haces tirada en el piso? —preguntó Rufina, visiblemente molesta.

—Parece que le está haciendo una reverencia bastante cómica a papá —comentó su hermano con burla, lo que hizo que ella los mirara y gruñera mostrándoles los dientes con un gesto de enfado similar al de un pequeño perro que ha sido incitado por la rabia.