El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 3
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Capítulo 3

L a noticia la sumió en una depresión que parecía agravarse con el paso de los días. Ni siquiera tenía ánimos para corroborarlo con su hermano, porque, tal como lo auguró su madre, el rumor de la boda estaba esparcido por cada rincón del West End de Londres.

—¿Así que estás decidida a evadirme hasta que te mueras, Alice? —preguntó Gunter al aparecer frente a ella, quien todas las mañanas se refugiaba bajo el peral del jardín. Ella no dijo nada, porque la esperanza que tenía anidada en su corazón yacía muerta y estaba a punto de enterrarla.

—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar trabajando con papá?

—Me ha dado un descanso y he decidido confrontar a mi hermanita.

—No estoy enojada contigo —masculló entre dientes.

Gunter se movió de su posición y se sentó a su lado.

—Estoy seguro de que sí —repuso él, convincente.

Ella frunció el ceño y apretó los labios, sujetando la caja de bordado donde había decidido confinar el pañuelo que nunca sería entregado.

—Tal vez porque le pediste a mamá que me lo dijera.

—Y fue lo mejor.

—Ahora estoy desilusionada.

—¿De mí o de Arthur?

—De los dos —refunfuñó, lo que hizo reír a Gunter.

—Está bien si lo sientes, porque es lo mejor. Estoy de acuerdo con mamá en que no es conveniente que albergues sentimientos por Arthur.

La presunción de su hermano la hizo resoplar.

—N-no es... nada de eso —se quejó refunfuñando.

—Yo pienso que sí, por eso le pedí a madre que te lo dijera.

—¿Tenías miedo de contármelo?

—Tal vez no lo hubiera hecho, pero no sería bueno que sigas ilusionándote.

—No estoy ilusionada —gimió, sintiendo cómo se le aguaban los ojos y se le aflojaba la nariz.

Gunter la atrajo a su costado y la abrazó pese a su renuencia.

—Arthur llegará para el cumpleaños de Ruth. La invitación llegó muy temprano. Si no quieres ir, no habrá problema.

Alice guardó silencio, meditando el dilema que eso le significaba.

Por un lado, apreciaba a Ruth y deseaba volver a encontrarse con ella; por el otro, añoraba a Arthur, aunque en el fondo deseaba no verlo nunca más.

Sin embargo, no podía comportarse de manera infantil y convertirse en otra enemiga de Ruth, con quien, a pesar de llevarle cuatro años, habían congeniado muy bien desde que se conocieron.

—Asistiré —declaró, sorprendiendo a Gunter—. Me gustaría hacerle compañía a Ruth.

—Eso está perfecto, ella te lo agradecerá —respondió su hermano.

Ella sopesó su expresión con detenimiento, meditando en si su simpatía por Ruth tenía algún interés oculto, y no le molestaría que fuese así.

—¿Alguna vez has meditado en cortejarla? —le preguntó, haciendo que este enarcara la mirada y luego sonriera.

—Nunca, y es lo mismo que espero de Arthur —concluyó.

Después de darle un abrazo y besarla con cariño en la sien, él se puso en pie, listo para volver al despacho de su padre. Alice fijó su mirada en el pequeño libro encuadernado en cuero que él había llevado en la mano.

El título, apenas legible, rezaba: La doble moral del poder , y descubrió que no se parecía a ninguno que su padre tuviera en su biblioteca.

—¿Puedo verlo? —le preguntó, al notar que Gunter lo miraba.

De inmediato, él lo escondió de su vista.

—De ningún modo. No es lectura para chicas inocentes —respondió con serenidad, y con una sonrisa se despidió de ella tras revolverle el cabello como cuando era más pequeña, sacándole un enojado mohín.

Alice se quedó allí, observando cómo, en su camino de regreso a la mansión, él sacaba el libro para hojearlo.

Esto le causó un atisbo de curiosidad, así como una nueva misión.

Su hermano había llenado su cabeza con historias sobre un vasto mundo que apenas le dejaba vislumbrar, debido a que su madre desaprobaba de que le infundiera ideas poco adecuadas para una señorita educada, especialmente durante sus largas estancias en el extranjero por sus estudios.

Todo lo conocía a través de Arthur, ya que desde que coincidieron en Eton no dejaron de ser amigos, incluso durante sus últimos años en Oxford.

Alice regresó a su habitación, sintiendo que terminar de bordar las iniciales la había agotado. Cada vez que se sentaba bajo el peral, la opción de enterrarlo y olvidarlo se volvía más tentadora. Se acomodó frente al tocador, vacío de todo recuerdo sobre su amor por Arthur, que se había frustrado.

De repente, llamaron a su puerta. Su madre abrió y se acercó a ella con una sonrisa radiante. Alice intuyó que algo no iba bien.

—Veo que has vuelto de tu paseo —dijo su madre.

—Ya empezó a hacer demasiado calor —replicó Alice, buscando un lazo para recogerse el cabello.

—Eso es cierto —respondió su madre, mirando de reojo hacia la ventana. Luego se colocó tras ella y, posando las manos en sus hombros haciéndole sentir su peso, añadió—: Cambia esa cara, tenemos buenas noticias.

—¿Para ti o para mí? —preguntó Alice con desgano y una pizca de mofa.

Su madre refunfuñó.

—Obviamente son para ti. ¿Recuerdas al hijo del difunto barón Strasser?

Alice desvió la mirada, abriendo cada cajón hasta que su madre le detuvo la mano.

—Sí —respondió—, ¿acaso ha revivido?

—¡Cielos, niña! —bufó su madre, provocando que Alice se riera—. No, pero Paul ya tiene diecisiete años y han comenzado la búsqueda de una esposa.

—Si es eso, le deseo mucha suerte, aunque ¿no es un poco pequeño todavía?

—No lo es. Ya es un joven muy bien preparado para ejercer sus funciones.

—Bien, ¿y cuál es tu alegría, madre? —preguntó Alice con cierto escepticismo, al notar que el semblante de Rufina cambiaba a una expresión más amigable que aumentó su recelo.

—Que estás entre las candidatas y que muy pronto serás la primera en entrevistarte con él.

Alice se volvió hacia ella, con la mirada ensanchada y los ojos bien abiertos.

—¡Tiene que ser una broma! ¡Soy mucho mayor que ese niño! —exclamó, incrédula.

—¿Y eso qué importa? Además, mi hija es tan dulce y delicada que la diferencia no se notará —celebró la señora Becker, moviendo las manos con aspavientos y mucho entusiasmo, lo que solo sirvió para irritar aún más a Alice.