El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 2
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Capítulo 2

E l día fijado para el regreso de Gunter llegó, y la mansión Becker se preparó con todas sus galas para recibirlo.

Alice se colocó en primera fila, luciendo un vestido impecable y exhibiendo modales refinados, con una sonrisa que reflejaba la emoción que sentía, no solo por la llegada de su hermano, sino también por las noticias que traería consigo.

Solo faltaba el viejo señor Becker, quien, debido a la crisis reumática que lo aquejaba, prefirió esperar a su hijo en su estudio y observar todo a través de la ventana.

La familia no pertenecía a la nobleza, pero destacaban lo suficiente para formar parte activa de la alta aristocracia londinense, lo que hizo que el recibimiento fuera un poco rimbombante.

—Deja de sonreír, Alice —la riñó su madre.

Ella se ladeó para mirarla, luego alzó la vista hacia la ventana del segundo piso, donde su padre se asomaba sonriendo. Se encogió de hombros, consciente de la adoración que él sentía por ella, mientras su madre fruncía el entrecejo, negando con la cabeza.

Por fin se escucharon los cascos de los caballos, y la señora Rufina Becker juntó las manos, sonriendo de emoción, ordenando que abrieran las puertas.

Una vez que el galope de los equinos se detuvo frente a ellas, más de diez empleados de la casa se disponían para recibir al regreso de Gunter Becker, quien bajó de su brioso semental sacudiéndose el polvo de las solapas y quitándose el sombrero, mientras los empleados se encargaban del coche con todo su equipaje, que se detuvo detrás. Ambas se lanzaron a abrazarlo.

Con todo el alboroto de bienvenida, Alice no tuvo un instante para hablar a solas con él.

Su madre lo acaparó rápidamente, impidiéndoselo; y, por último, después de almorzar y tomar un breve descanso, su padre lo encerró en el estudio, donde estarían recluidos el resto de la tarde, hasta la cena. Alice suspiró de aburrimiento.

—¿Tan pronto has desistido del punto de cruz? —le preguntó su madre, sacándola de su frustración.

—No, seguro que puedo hacerlo.

—¿Puedo verlo? —prosiguió Rufina, alzando la cabeza para mirar.

Alice escondió el bastidor.

—No es nada elaborado aún.

—¿En serio, querida?

Ella suspiró hondo.

—Sí, cuando termine, te lo mostraré.

—De acuerdo, necesito saber si mi hija resulta buena en algo.

—No creo que sea tan importante aprender a tejer.

—Lo es, querida.

—¿Quién lo dice?

—Siglos de nuestra historia —respondió su madre, exultante—. Además, es el símbolo de una mujer laboriosa, virtuosa y de estatus.

Alice frunció el ceño con descontento; le resultaba un argumento débil frente a lo que experimentaba en cada una de las reuniones de bordado a las que se veía obligada a asistir, donde su madre a lo mejor confundía estos estandartes con una oportunidad para hacer vida social y enterarse de los últimos rumores.

Para Alice, aquellas clases eran simplemente centros de chismes en los que se juzgaban reputaciones en secreto, y las odiaba aún más cuando el centro de la conversación se tornaba alrededor de Ruth Wellesley, solo porque ella se negaba a asistir a alguna.

El problema era que Ruth estaba lisiada de una pierna, lo que le impedía acudir a las reuniones, y por ello solía ser selectiva. La conocía en persona y podía dar fe de ello.

Lanzó un hondo suspiro antes de volver a hablar.

—Supongo que si no aprendo a tejer como lo hicieron la abuela y tú, y todas las honorables damas que dominan el arte, habré fracasado.

—Pero trabajarás duro por ello. —Su madre le sonrió, acariciándole la barbilla.

—Eso haré, mamá —respondió Alice, volviendo a dar un par de puntadas más, mientras Rufina la vigilaba por el rabillo del ojo.

—A propósito, sé que estás pendiente de tu hermano para preguntarle por Arthur —retomó su madre.

—Eso... no...

—Lo sé, querida, y ya es hora de que dejes de hacerte ilusiones con ese joven.

—¿Qué dices, mamá? No hago eso —trató de excusarse.

—De todos modos, no será necesario que se lo preguntes a Gunter; yo te lo diré. Pronto será un secreto a voces.

—¿Y qué tienes que decirme?

—Que el joven Wellesley también regresará el próximo mes —reveló Rufina, y Alice no pudo evitar emocionarse al escuchar la noticia—. Vendrá a casarse como se esperaba, y tal vez lo haga primero que Gunter, porque ya tiene con quién. Es lo que se dice.

Las últimas palabras de su madre la dejaron fría, y con una negación que seguramente le duraría por los siguientes días.