El deseo prohibido de la señorita Becker Capítulo 1
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El deseo prohibido de la señorita Becker

El deseo prohibido de la señorita Becker

Por Juliana Cartland

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Capítulo 1

La noticia de la llegada de su hermano mayor, Gunter, causó un gran revuelo en la casa Becker, un alboroto que aún reverberaba en cada rincón de la mansión, dos semanas después del anuncio.

A Alice esa noticia la llenó de felicidad, pues traía consigo una mucho mejor: el regreso de Arthur Wellesley y, con ello, la posibilidad de ver cumplidos sus más anhelados deseos: convertirse en su esposa. Sus mejillas se sonrojaron ante aquel furtivo y ambicioso pensamiento.

Nadie lo sabía, pero ella lo amaba en secreto desde que lo conoció a los doce años.

El regreso de Arthur no era un asunto que se hubiera anunciado, pero Alice sabía que sus planes y los de Gunter eran muy similares.

Era un secreto a voces que, al igual que su hermano, ambos necesitaban encontrar esposas.

En su ingenuidad, Alice ya se había ofrecido para convertirse en la esposa de Wellesley, y nadie le iba a arrebatar esa posibilidad.

Por eso, rechazó de manera tajante a los últimos dos pretendientes que se atrevieron a solicitar su mano. En su interior, rogaba que no apareciera ningún otro más hasta que tuviera la oportunidad de encontrarse con Arthur.

Su madre entró en el salón de tejidos justo cuando ella intentaba enhebrar hilo en el diminuto ojal de una fina aguja, en su esfuerzo por mantener las costumbres y aprender el oficio de toda dama recatada, decidiendo dedicarse al punto de cruz, tras fracasar terriblemente con el bordado de crochet y sus derivados.

—Querida, parece que todavía no logras dar una puntada decente —dijo su madre, sentándose en el sillón frente a ella.

Alice frunció el entrecejo.

—El ruido no me deja concentrar —refunfuñó, quedándose casi bizca al intentar de nuevo.

Su objetivo era, al menos, conseguir bordar sus iniciales junto a las de su futuro esposo, Arthur Wellesley, en el pañuelo que iba a obsequiarle, sumado a todos sus sentimientos.

—Usa el dedal o te pincharás un dedo.

Su madre la sacó de sus cavilaciones, y ocultó una sonrisita furtiva que afloraba cada vez que la imagen de Arthur venía a su mente: su atractivo porte, su melena negra y desordenada por el constante peinado con los dedos, que denunciaba su aversión al protocolo.

Por todas estas y muchas otras actitudes, lo amaba; pero él no lo sabía. Ese era su secreto más profundo y prohibido, ya que una dama no podía alardear de sus preferencias. Sin embargo, ya había elegido el momento adecuado para revelárselo y por fin le contaría sobre sus sentimientos.

—Lo siento —respondió, distrayéndose un poco y tomando el pequeño dedal una vez logró ensartar la aguja, mientras su madre la observaba con recelo.

—Espero que estés contenta con el regreso de tu hermano.

—Lo estoy, madre —repuso a secas.

—Con tu padre enfermo, es necesario que esté aquí para hacerse cargo de varios asuntos.

—Confío en que ya está preparado para ello —dijo Alice, alzando la mirada hacia su madre para mostrarse convincente.

En el fondo, sabía que Gunter Becker odiaba las responsabilidades, pero las afrontaba porque no podía escapar de ellas. Sonrió, aliviada de que su madre no pudiera leer sus pensamientos llenos de secretos.

—También estará al frente de la búsqueda de tu futuro marido.

Alice irguió la cerviz y apretó los labios, mordiéndose la lengua para no revelarle que su hermano estaría encantado de entregarla a Arthur.

No era algo que pudiera afirmar, pero confiaba en aquel vívido recuerdo de la conversación que Gunter sostuvo con Arthur y que escuchó a escondidas, cuando le dijo que ella un día se convertiría en una joven encantadora y digna de ser desposada.

—Entonces no me preocupa; sabrá elegir bien.

—Así será, porque no toleraremos un desaire más —sentenció su madre, recordando las dos propuestas que ya había rechazado.

—Sé que tú y papá esperan celebrar mi boda, pero es imposible ser feliz con alguien incompatible —añadió, maldiciendo para sí misma por haber cometido un error en los trazos.

—Tu padre y yo nos casamos, y créeme, querida, no congeniábamos en absoluto. Solo el tiempo y la devoción nos han mantenido juntos, y tú y Gunter son fruto de ello.

—Pero los tiempos han cambiado, mamá.

—Tal vez así sea, pero hay algo que jamás cambiará: la soltería no será compatible contigo.

—No he dicho que quiera convertirme en una solterona.

—Esperamos que eso sea cierto —arguyó su madre, apenas curvando sus labios, pero sin un atisbo de felicidad.