El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

E l invierno británico había pintado los jardines de la finca del tío William, marqués de Denver y cabeza de familia de los Beaufort, con una fina capa de escarcha luminosa, pero, dentro de la capilla familiar de la propiedad, el frío exterior parecía una leyenda lejana.

El aire olía a pino fresco, cera de abejas y al suave perfume de la aceituna y el muérdago que decoraban los bancos de madera tallada.

Las llamas de docenas de velas proyectaban un resplandor dorado sobre los muros de piedra medievales, creando una atmósfera cálida, acogedora y sagrada.

En la primera fila, vestida con elegancia sobria, lady Augusta, tía de Amy e hija del fallecido conde de Maine, observaba el altar con la barbilla erguida y una sombra de orgullo contenida en la mirada.

A su lado, la familia Beaufort se congregaba llenando el templo de un murmullo respetuoso pero repleto de expectación.

Derek, con su padre, el marqués de Aberdeen, a su lado ejerciendo de padrino, aguardaba al pie del altar, ajustándose el puño de la chaqueta con dedos ligeramente temblorosos.

Después de largos meses de espera tras aquella mañana en la que, con el corazón en la mano, le pidiera a Amy que fuera su esposa, el tiempo parecía haber circulado con una lentitud exasperante.

Cada semana de cortejo, cada carta, cada mirada furtiva previa a este día, se condensaban en el pecho de Derek como un latido acelerado.

Entonces, el órgano rompió el silencio con una melodía majestuosa y las puertas dobles de la capilla se abrieron de par en par.

Un murmullo de admiración recorrió la pequeña iglesia.

Amy avanzaba sobre la alfombra burdeos apoyada en el brazo de su hermano, Jonathan Andersen.

Lucía radiante. Su vestido de novia, diseñado para una boda invernal de ensueño, combinaba la elegancia atemporal del raso de seda en tono rosa empolvado con un cuerpo encorsetado de encaje de Bruselas tejido a mano.

Las mangas largas terminaban en delicadas puntas sobre sus muñecas y la falda, que reflejaba el parpadeo de las velas a cada paso, caía en pliegues suaves hasta una cauda modesta pero imponente.

Un velo de tul transparente sostenido por una sencilla tiara familiar velaba apenas su rostro, aunque no podía ocultar el brillo emocionado de sus ojos.

Jonathan caminaba a su lado con paso firme y la mirada serena, sosteniendo a su hermana con orgullo.

Al llegar frente al altar, el americano tomó la mano de Amy, la colocó con cuidado sobre la de Derek y le dedicó al novio un firme asentimiento de cabeza, entregándola con la certeza de que quedaba en las mejores manos posibles.

Derek sintió que se le cortaba la respiración al tomar la mano de su prometida. Estaba tan hermosa que todo a su alrededor parecía gris; los invitados, las luces y la música se convirtieron en un mero murmullo lejano y se concentró en un mundo en el que solo existían ella y ese momento.

El párroco comenzó la liturgia, pero las miradas entre los novios hablaban más fuerte que cualquier rito. Cuando llegó el instante de los votos, la voz de Derek resonó clara y profunda en la nave de la capilla:

—Amy, te tomo como mi esposa frente a Dios y nuestra familia. Prometo ser tu refugio en la tormenta, tu apoyo en la duda y el compañero que sostenga tu mano en cada estación de la vida. Mi corazón ha sido tuyo desde el primer día y hoy te lo entrego para siempre.

Amy suspiró, intentando contener una lágrima de felicidad que amenazaba con deslizarse por su mejilla:

—Derek, te acepto como mi esposo, mi amor y mi vida. Gracias por tu paciencia, por tu verdad y por amarme tal como soy. Te prometo mi lealtad, mi ternura y mi alma entera mientras respire.

—Por el poder que me ha sido conferido, os declaro marido y mujer.

Derek no esperó un segundo más. Se inclinó, apartó con suavidad el velo de encaje y rodeó la cintura de Amy con firmeza para atraerla hacia él.

El beso no fue apresurado, sino profundo, tierno y cargado de la pasión acumulada durante meses de espera.

Un beso que sellaba un amor destinado a durar para siempre, mientras los aplausos entusiastas de la familia resonaban bajo los arcos de piedra de la capilla.

***

Más tarde, en el gran salón de la casa del tío William, la celebración estaba en su punto álgido.

Los ventanales mostraban la caída suave de la nieve, mientras dentro el fuego de las chimeneas gigantescas creaba una atmósfera festiva y entrañable.

La música sonaba de fondo, pero en un rincón cercano a una de las salas de estar, los primos se habían reunido rodeando varias mesas bajas con copas de champán y vino especiado.

Dado que Amy había querido esperar a que su tía Augusta viajara desde Estados Unidos, había habido tiempo más que suficiente para que el clan al completo de los Beaufort se organizara para pasar juntos aquellas Navidades y celebrar unidos el enlace del último caballero soltero de la familia.

Estaban todos los primos con sus respectivas parejas, lo que convertía el encuentro en una auténtica algarabía de bromas y risas.

Las únicas que permanecían sin acompañante eran las jóvenes Daisy, Violet, Jasmine y Lilith [1] , las pupilas del duque de Avonshire, que todavía no habían debutado y quienes, sonrientes y con copas de ponche aguado en la mano, contemplaban el entusiasmo general, disfrutando del espectáculo.

A lo lejos, sus primas mayores parecían mantener una acalorada pero divertida competición.

—A ver, seamos honestas —comenzó Esther, alzando su copa con gesto revoltoso—, ahora que la pareja está, al fin, felizmente casada y el pastel cortado y comido, tenemos que resolver el gran debate de la noche: ¿quién de nosotras merece el mérito principal por haber hecho posible este enlace?

—¡Yo organicé la velada de té en la que Derek no pudo quitarle los ojos de encima durante tres horas! —reclamó Helena riendo.

—Por favor, Helena —intervino Sarah con picardía—, si no hubiese sido por mis sutiles comentarios a Amy sobre lo noble y atento que era Derek cuando ella todavía dudaba, jamás le habría dado aquella primera oportunidad.

—No es por presumir, pero fui yo quien organizó la primera cena familiar a la que Amy fue invitada —añadió Rachel cruzándose de brazos con tono teatral.

—Tal vez —esgrimió Maddie—, pero fue mi esposo y, por ende, mérito mío, quien aconsejó a Derek que llevara a Amy al teatro para que así estuvieran a solas por primera vez, antes siquiera de que decidiéramos ayudarles…

La conversación provocó las risas de todo el grupo. Los esposos observaban la escena con una mezcla de diversión e indulgencia. Al escuchar que mencionaban a Nate, aprovecharon para acercarse e insinuar, al menos, aquello que llevaban meses callando.

—Aceptadlo, primas —dijo con una sonrisa socarrona Robert, apoyando el brazo sobre el respaldo del sofá de su esposa—, vuestros planes fueron entretenidos, pero los caballeros aquí presentes lo vimos venir antes siquiera de que vosotras decidierais planear nada.

A Derek se le notaba el enamoramiento a leguas, no hizo falta ningún empujón magistral.

—¡Exacto! —asintió Nate tomando un sorbo de su copa—. Nos dimos cuenta de que Derek estaba por completo perdido la primera vez que escuchó hablar a Amy. No era una cuestión de si se casaban, sino de cuánto tardaríais las primas en atribuiros el mérito.

El grupo estalló en carcajadas. Elizabeth, que escuchaba con una sonrisa de satisfacción, levantó ligeramente la barbilla.

—Está bien, podéis atribuiros todas las conspiraciones que queráis —dijo con tono burlón pero cariñoso—, pero recordad que el novio es mi hermano.

Nadie conoce la terquedad ni el corazón de Derek como yo, y si yo no le hubiera dado mi visto bueno definitivo y el empujón final llevándolo a Windsor para que se declarara, hoy estaríamos aquí tan solo tomando el ponche de Navidad.

—¡Ah, bueno! —exclamó la prima Mary, riendo—. Si Elizabeth saca el comodín de hermana, no hay nada que debatir.

—Le dejamos la victoria a Elizabeth por deferencia al novio —concedió Esther, alzando su copa—. Pero que quede claro que el resto fuimos las arquitectas en la sombra.

—¡Por Elizabeth, por las casamenteras de la familia y, sobre todo, por Derek y Amy! —brindó todo el grupo al unísono, haciendo chocar sus copas en un ambiente repleto de calidez y felicidad compartida.

***

A altas horas de la noche, el murmullo de la fiesta había quedado por completo relegado al piso inferior. La suite nupcial, ubicada en el ala más tranquila de la finca del tío William, estaba enmarcada por la tenue luz del fuego que chisporroteaba en la chimenea de mármol.

Tras una intensa y apasionada noche juntos, donde la devoción acumulada durante meses había encontrado por fin su cauce, el silencio de la habitación era dulce y envolvente.

Amy descansaba la cabeza sobre el pecho desnudo de Derek, escuchando el latido constante de su corazón. Él la rodeaba con sus brazos, acariciando con suavidad su espalda con la yema de los dedos, envueltos ambos por el calor de la manta de lana y las sábanas de lino.

La joven alzó la mirada para encontrar la suya. La luz dorada del fuego dibujaba sombras suaves sobre los rasgos del caballero.

—Derek —susurró ella con voz suave, rompiendo la calma del dormitorio.

—Dime, mi amor —respondió él, besando con ternura la suave frente de su esposa.

—Necesitaba decirte esto a solas —comenzó Amy, mirándolo fijamente a los ojos—.

Gracias. Gracias por tu paciencia infinita durante todos estos meses, por entender mis tiempos, mis miedos y por no haberme presionado jamás.

Tu respeto y tu aceptación sin condiciones me han demostrado lo que significa el verdadero amor.

Y no solo el tuyo… la forma en que tu familia me ha recibido, con los brazos abiertos, me hace sentir que por fin he encontrado mi verdadero hogar.

El vizconde la escuchó, con la mirada impregnada de una profunda emoción. Apoyó la mejilla contra la de ella antes de incorporar ligeramente el cuerpo para quedar frente a frente. Le tomó el rostro con ambas manos, acariciándole las mejillas con los pulgares.

—Escúchame bien, vizcondesa de Sheffield —dijo él, con una voz baja pero impregnada de una devoción rotunda y absoluta—. La espera no fue un sacrificio; fue el honor más grande de mi vida. Esperarte a ti vale más que cualquier otra victoria en este mundo.

Hizo una pausa, mirando el brillo de los ojos de su amada antes de formular su promesa.

—Hoy no solo te he entregado un anillo, te he entregado cada uno de los días que me quedan por vivir.

Te prometo un amor que no dependerá del paso del tiempo ni de las tempestades que puedan llegar.

Seré tu escudo cuando el mundo sea difícil, tu refugio cuando busques paz y tu compañero en cada alegría y cada pena.

Te amaré en el silencio de las noches como esta y en la vorágine de los días largos.

Amy sonrió con los ojos empañados por lágrimas de pura felicidad y se inclinó para buscar sus labios en un beso pausado, sellando para siempre aquella promesa bajo el susurro de la nieve que caía al otro lado de la ventana.