El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Entonces ya no hay nada que no podamos superar, Derek —murmuró ella, alzando las manos para acunar el rostro del vizconde—. Porque yo también te amo, te amo con todo mi corazón. Te amo tanto que parece que el pecho me estallará de dicha.

Derek dejó escapar un aliento entrecortado, como si le hubieran devuelto la vida tras un largo ahogo. Su rostro se iluminó con una mezcla de alivio desbordante y adoración absoluta.

Sin perder un solo instante, se dejó llevar por la devoción.

Deslizó una rodilla sobre la hierba húmeda del jardín, quedando rendido frente ella.

Con la mano izquierda sostenía las manos de Amy con reverencia, mientras que con la derecha buscaba con cierta prisa en el bolsillo interior de su chaqueta.

Sacó una pequeña cajita de terciopelo oscuro y la abrió, revelando un impresionante anillo de diamantes y zafiros que destelló bajo la luz del sol de Windsor.

—Vine a casa de mi hermana trayendo esto conmigo, Amy —admitió él con una sonrisa humilde y la voz ronca por la emoción, mirándola desde abajo—.

Lo traje albergando en el pecho más esperanza que expectativas, temiendo que me rechazarías antes de romper la primera barrera que habías alzado a mi amor.

Pero ahora estoy aquí, rindiéndome por completo ante ti.

—Derek sostuvo el anillo hacia ella, con los ojos verdes ardiendo, lleno de promesas de amor—.

Amy Andersen, ¿me harías el inmenso e indudable honor de convertirte en mi esposa?

¿Quieres casarte conmigo y construir una vida juntos, bajo tus propios términos y a mi lado?

Amy miró el brillo del zafiro y luego a los ojos del hombre que acababa de reescribir su futuro por completo y para siempre. Ya no había rendición, solo un camino compartido que estaba deseando empezar a recorrer.

—Sí, Derek —respondió sin un instante de vacilación, dejándose llevar por la risa y la emoción—. Sí, me casaré contigo. Iría contigo al altar cada día de mi vida.

El vizconde se puso en pie de un solo movimiento, le deslizó el anillo en el anular con dedos ligeramente temblorosos y la estrechó entre sus brazos con una fuerza apasionada, sellando su promesa bajo la copa del viejo roble con un beso, mientras el futuro de ambos se abría, por fin, amplio, luminoso y lleno de esperanza.

***

Detrás de los altos ventanales de la galería acristalada, el silencio de los espectadores se rompió en el preciso instante en que Derek se puso en pie y estrechó a Amy entre sus brazos.

A través del cristal, la imagen del vizconde de Sheffield besando con apasionada devoción a Amy bajo un roble parecía sacada de un lienzo.

—¡Lo ha hecho! ¡Se lo ha pedido! —exclamó Rachel, juntando las manos sobre el pecho con un suspiro dramático—. Sabía que la caminata por el jardín no era para dar un simple paseo. ¡Es maravilloso!

—Y ha sido mucho antes de lo que esperábamos —añadió Esther, ajustándose el chal con una sonrisa llena de suficiencia victoriosa—.

Llegó de Nueva York hace apenas unas semanas, ¡y van a protagonizar la primera gran boda de la temporada!

No debemos ser modestas, la realidad es que somos sencillamente brillantes —se jactó, feliz, la vizcondesa de Sterling.

—Brillantes es quedarse corta —intervino Els con aire risueño, sirviéndose un poco más de té—. Tenían esa tensión desde la primera vez que coincidieron, en el salón de Robert y Helena. Solo necesitaban un pequeño empujón de la familia para darse cuenta de lo que era evidente para todos nosotros.

—Ha sido una estrategia impecable por nuestra parte —asintió Helena desde su sillón, contemplando la escena del jardín con la satisfacción de quien ve cumplido un plan maestro—. Derek creía que mantendría su soltería intacta, pero no contaba con la astucia combinada de las mujeres Beaufort.

Un poco más allá, junto a la mesa del ajedrez, los caballeros observaban la escena. Martin Foster alzó una ceja, conteniendo a duras penas una carcajada mientras daba un sorbo a su café.

—En apariencia —murmuró en voz baja hacia el conde de Harlech—, las damas están convencidas de que este matrimonio es el resultado directo de sus brillantes maniobras de la última quincena.

El conde soltó un resoplido divertido por la nariz, acomodándose en su sillón.

—Déjalas disfrutar del triunfo, Martin —respondió el aristócrata con una chispa de complicidad en la mirada—.

Si supieran que esos dos llevan semanas haciendo mucho más que mirarse como si el mundo fuera a arder, y, peor todavía, que nosotros lo descubrimos antes que ellas, les arruinaríamos la diversión.

—Justo por eso, no seré yo quien se lo cuente a Blanche —intervino George, lanzando una mirada afectuosa hacia su esposa, que seguía felicitándose junto a las demás—. Un hombre sabio aprende pronto qué batallas librar, y desmentir la victoria estratégica de nuestras esposas es una causa inmerecida.

—Cierto —asintió Martin, recordando la conversación que había tenido con Amy apenas unas horas antes en el comedor, sabiendo a la perfección que la verdadera victoria de la pareja era algo mucho más profundo y real que cualquier chisme de salón—.

Que tus primas, enamoradas del romance y de la idea de haber sido las musas de Cupido, se queden con el mérito.

Lo importante es que Derek ha encontrado a alguien que lo haga feliz a cada paso.

—Y que Amy ha encontrado a alguien que la escuche —añadió George con tono pausado, viendo cómo en el jardín la pareja comenzaba a caminar de regreso hacia la casa, agarrados de la mano y entre risas compartidas—. En el fondo, todos ganamos.

—¿Qué estás cuchicheando, George? —preguntó Sarah, girándose hacia su hermano con divertida sospecha.

—Nada, mi amor —respondió Martin de inmediato, dedicándole a su esposa una sonrisa impecable y llena de devoción—. Solo comentábamos lo absolutamente brillante que ha sido la intuición de las primas Beau.

—Lo sabía —sonrió Sarah con orgullo, volviendo a unirse al alboroto de las damas mientras los caballeros intercambiaban una última mirada de silenciosa y feliz complicidad.