El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

E l sol de media mañana inundaba la amplia galería acristalada del salón de los condes de Harlech en Windsor, proyectando destellos dorados sobre el mármol y las alfombras.

El ambiente olía a té de jazmín, tostadas con mantequilla, huevos revueltos y flores frescas, pero para el vizconde de Sheffield, el aire pesaba con una incertidumbre casi insoportable.

Se había levantado tarde, algo insólito en él.

La noche anterior continuaba quemando en su memoria con intensidad.

Haber poseído a Amy —y haberse entregado a ella sin reservas, en un acto mutuo que había dejado al descubierto las fibras más íntimas de su alma— era el mayor triunfo y, al mismo tiempo, el mayor riesgo de su vida.

Conocía el orgullo indomable de su neoyorquina, sabía que ella aborrecía sentirse acorralada y, tras la pasión desmedida que los había consumido en la penumbra de la noche, Derek estaba convencido de que se encontraría con una mujer a la defensiva, distante y dispuesta a levantar de nuevo todas sus murallas defensivas.

Sin embargo, al cruzar el umbral del comedor, la escena que se encontró hizo que su corazón se detuviera un instante.

Amy no estaba escondida ni parecía atormentada.

Lucía un vestido de mañana en seda color crema que realzaba la tibieza de su piel y estaba sentada en el centro de un torbellino de encajes, risas y tazas de porcelana.

A su alrededor, la comitiva de las damas de la familia la rodeaba por completo: sus primas Rachel, Esther y Sarah parloteaban con entusiasmo sobre los preparativos de la tarde, mientras Helena aportaba apuntes ingeniosos desde un sillón cercano.

A pocos pasos, Maddie y Elizabeth intercambiaban confidencias en voz baja, sonriendo detrás de sus libros.

Amy era el centro de aquel círculo, pero no parecía abrumada. Al contrario: reía con ligereza, respondía a los comentarios de las damas con soltura y mostraba una serenidad que lo desconcertó.

Tratando de mantener su compostura impecable, Derek avanzó hacia una mesa lateral, tomó un ejemplar del Times y se acomodó en un sillón a una distancia prudencial.

Desplegó las hojas de papel, pretendiendo interesarse por la política parlamentaria y el estado de las Colonias, pero sus ojos verdes apenas lograban fijarse en las líneas del periódico.

Por encima del borde del diario, su mirada buscaba inevitablemente a su amada.

Fue entonces cuando ocurrió.

Amy hizo una pausa en su conversación con Rachel, giró el rostro hacia él y sus miradas se cruzaron en el aire.

Derek esperaba encontrar frialdad o duda, pero lo que recibió a cambio fue una sonrisa franca, tibia y asombrosamente valiente.

Los ojos de la joven brillaron con complicidad indudable, desafiante y dulce al mismo tiempo, que le calentaron la sangre en las venas.

No había arrepentimiento en ella, no había huida.

La sorpresa del vizconde se transformó en una chispa de absoluta determinación. Ya no quería esperar más, las conjeturas y la prudencia de Mayfair podían irse al diablo.

Con un movimiento pausado pero firme, dobló el periódico, lo dejó sobre la mesa y se puso en pie. Las primas Beau parecieron guardar un repentino silencio. Derek caminó sin dudar hacia el grupo de mujeres, manteniendo la vista fija en Amy.

—Amy —dijo, tuteándola por primera vez frente al resto, ofreciéndole una leve inclinación de cabeza con una voz ronca que intentó suavizar—, el día es inusualmente apacible. ¿Me concederías el honor de dar un paseo por los jardines? Quisiera tener una conversación a solas contigo.

Un murmullo imperceptible recorrió la sala.

Sarah intercambió una mirada cargada de significado con Esther; Rachel tuvo que sofocar una risita victoriosa con el pañuelo y Helena alzó una ceja con absoluta fascinación.

Para todas las damas presentes, la intención de su primo era transparente: el esquivo vizconde de Sheffield al fin iba a claudicar y solicitaría a la neoyorquina permiso para iniciar un cortejo formal en regla, superando por fin la etapa de las miradas furtivas.

Ninguna de ellas —ni por un remoto pensamiento— sospechaba que lo que Derek llevaba grabado en el pecho no era la petición de un cortejo, sino una propuesta definitiva.

Amy no dudó. Aceptó la mano que le tendía, aquella a la que se había agarrado la noche anterior, para levantarse y dedicó a las damas una mirada serena antes de dejarse guiar hacia el exterior.

El aire de los jardines de Windsor era fresco y traía consigo el perfume a tierra húmeda y rosas tardías.

Caminaron sin hablar durante unos minutos por un sendero flanqueado por unos setos recortados con cuidado, hasta llegar a un rincón resguardado por la sombra de un viejo roble, creyéndose lejos de las miradas curiosas, absortos el uno en el otro, sin percatarse de que el camino, circular, los había ubicado justo enfrente de donde la familia se hallaba en ese momento.

Derek se detuvo y se giró hacia ella. Su rostro, habitualmente una máscara de serenidad aristocrática, mostraba ahora una duda casi dolorosa.

—Amy… —empezó, buscando las palabras con una cautela que no solía necesitar en ningún otro ámbito de su vida—. Tengo que hablar contigo de lo que ocurrió anoche. Y de lo que viene ahora.

Amy lo miró, manteniendo las manos entrelazadas sobre su vestido, sin saber bien qué decir, contenta de que fuera él quien hubiera tomado la iniciativa en aquella difícil charla.

Derek respiró hondo, dando un paso más hacia ella, deseando romper la distancia que sus miedos pudieran haber erigido.

—Creo entender muy bien qué tipo de mujer eres —dijo él con vehemencia, alzando una mano para acariciar con extrema delicadeza el aire cerca de su mejilla, sin atreverse del todo a tocarla aún—, sé lo que temes de esta ciudad.

Sé que le temes a las cadenas de la etiqueta, a las expectativas de la nobleza y a la idea de quedar atrapada en un mundo que intenta amoldarte a su antojo.

Entiendo tus miedos, Amy, los comprendo mejor de lo que crees.

Y si piensas que lo de anoche fue una estratagema para acorralarte, por favor, déjame decirte que no es así.

—Los ojos de Derek ardían con una sinceridad implacable—.

No quiero encadenarte —continuó, con la voz temblando por la intensidad de su emoción—.

No quiero que renuncies a ser quien eres.

Solo te pido una oportunidad… una oportunidad real para profundizar en esto que tenemos, para demostrarte que podemos construir un camino juntos.

Porque la verdad, Amy, es que te amo. Te amo de una manera que jamás creí posible.

Eres el sol y la tormenta en mi vida, y no puedo imaginar un futuro en el que no estés a mi lado.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una solidez casi tangible.

La joven no respondió de inmediato. Sus labios se entreabrieron ligeramente y sus ojos se empañaron con una emoción brillante. El caballero notó cómo el estómago se le encogía ante aquel silencio prolongado, temiendo haber sido demasiado directo, pero ella no apartó la mirada.

—Derek —comenzó, con una voz suave pero firme que resonó con templanza—, antes de responder a eso, hay algo que debes saber de mí, algo que nunca te he dicho.

—Vio Amy como él fruncía apenas el ceño, intrigado y en tensión—.

Mi deseo nunca fue ser una gran anfitriona en Manhattan, sino algo muy distinto —explicó, dando un paso adelante y mirándole a los ojos con absoluta franqueza—.

Nunca me vi organizando tés de tarde ni luciendo coronas en los salones.

Mi verdadero anhelo, lo que siempre quise, fue participar en la empresa familiar, en el negocio que mi abuelo construyó, que mi padre convirtió en un imperio y que mi hermano maneja ahora con éxito.

Quiero formar parte de las decisiones, de la estrategia, de la vida real, fuera de las paredes de una mansión de ladrillo.

Hizo una pausa, midiendo la reacción del noble que tenía enfrente. Había evitado cuidadosamente mencionar de forma explícita la palabra trabajar para no sobresaltar la mentalidad aristocrática que él tenía, pero la esencia de sus palabras era clara.

La respuesta de Derek no tardó ni un segundo. No hubo dudas, ni sombras de reproche, ni la altivez que cualquier otro lord, nacido y criado en Mayfair, hubiera mostrado ante semejante declaración.

—Si eso es lo que deseas, no necesitas mi aprobación.

Si lo que quieres es mi apoyo, mi bendición, entonces la tienes…

Solo espero que puedas hacerlo desde Londres —la tanteó Derek; al verla asentir, entendiendo que no se iría, le tomó por fin las manos entre las suyas con un agarre firme y protector—.

Me da absolutamente igual lo que decidas hacer, Amy, siempre que lo hagas conmigo cerca.

No me importa qué ocupación elijas o a qué dediques tus días, siempre y cuando eso te haga feliz.

Lo único que me importa en este mundo es ser yo quien esté a tu lado para hacerte dichosa, para apoyarte en cada paso, en cada ambición y en cada sueño que tengas.

Si quieres participar en la empresa de tu familia y puedes, además, hacerlo desde aquí, seré el más feliz tratando de impulsarte, seré tu escudo contra quien pretenda juzgarte y tu refugio cuando necesites consuelo, seré todo lo que necesites si te quedas a mi lado.

Amy sintió que las últimas defensas de su corazón se desmoronaban por completo.

La respuesta de Derek borraba de un plumazo los fantasmas de duda que la habían perseguido desde su llegada a Inglaterra.

Aquel hombre la amaba de verdad: no como a un trofeo neoyorquino, no como a una bonita vizcondesa para lucir en los salones de la ciudad, sino a ella, a la Amy Andersen con ambiciones, con unas ideas propias y un espíritu indomable.

Un suspiro de alivio resbaló por sus labios, rompiendo en una sonrisa radiante.