Capítulo 17
L as cortinas de seda no lograban sofocar la luz grisácea y obstinada del amanecer en el campo.
En aquel dormitorio extraño, Amy no dormía.
Llevaba desde que regresara, una hora antes, dando vueltas en la cama con el dosel rodeándola como una jaula elegante.
Cada vez que cerraba los ojos, el aroma a cedro de Derek volvía a invadir su nariz; sentía de nuevo el calor del pecho de aquel caballero contra el suyo, la textura firme de su nuca bajo los dedos, el sabor de sus labios, el peso de su cuerpo, contenido, y la pasión devoradora que lo había cambiado todo.
Habían hecho el amor y no había sido solo un arrebato de pasión, y eso era precisamente lo que la aterraba: que era amor y que estaba convencida de que también él sentía lo mismo.
Cuando el pomo de la puerta giró con un chasquido sutil y Betsy, su doncella, se adentró en la estancia con una jarra de agua caliente, Amy se incorporó y se sentó en el borde del colchón, descalza y con el camisón arrugado.
—¡Amy! —protestó la criada, dando un leve salto al verla despierta—. Pensé que estarías durmiendo plácidamente tras una velada tan larga.
—Me está resultando imposible, Betsy —dijo Amy, pasándose una mano por el rostro y soltando un suspiro cargado de frustración—. Si me quedo un minuto más en esta cama, perderé el juicio por completo. Por favor, vísteme. Y hazlo rápido.
—Pero si apenas son las ocho de la mañana. Los señores seguirán durmiendo…
—Tanto mejor. Necesito comer algo y, sobre todo, moverme.
Betsy no protestó más, aunque sus ojos atentos examinaban el aspecto de su señora con viva curiosidad.
La ayudó a asearse y la vistió con un sencillo traje de mañana en tono verde menta.
Mientras le recogía el cabello en un moño bajo, Amy se miró al espejo.
La imagen que le devolvió el cristal era lamentable: la piel pálida, los ojos apagados de insomnio y unas marcadas sombras oscuras bajo las pestañas inferiores.
Sin poder disimular su cansancio, dio las gracias a la doncella y bajó la gran escalera de mármol.
La casa aún parecía dormir a pesar del ejército de criados que se afanaban con sus tareas, y el olor a pan recién hecho la guio.
Se dirigió al comedor de diario, esperando encontrar la estancia vacía, pero cuando un lacayo le abrió la puerta de doble hoja se topó con una figura alta frente al ventanal, hojeando el periódico con una taza de café en la mano.
Era Martin Foster, el empresario neoyorquino y marido de Sarah lucía impecable con su traje de corte pulcro, exento de las estridencias o los encajes refinados de los aristócratas británicos.
Al oír los pasos de Amy, Martin se giró. Su rostro, maduro y relajado, dibujó una sonrisa cálida que se congeló levemente al fijarse en las ojeras de la joven.
—Señorita Andersen… Amy —tanteó, recibiendo consentimiento para tutearla—.
Parece que tienes la costumbre americana de madrugar —bromeó con tono afable, dejando el periódico sobre la mesa y apartando una silla para ella—.
Por favor, toma asiento, yo estaba a punto de atacar una bandeja de tostadas y sería un placer que me acompañaras.
—Buenos días, Martin —murmuró Amy, aceptando el asiento, agradecida, tuteándolo a su vez, sintiéndose cerca de aquel hombre por el simple hecho de ser tan neoyorquino como ella—. No sabía que madrugaras tanto.
—El hábito de los negocios, supongo. El mercado no espera a que Mayfair despierte —contestó él, sirviéndole una taza de té humeante—.
Discúlpame la intromisión, pero ¿debo atribuir ese tono fantasmal en tus mejillas al cansancio, a que te cuesta dormir en una casa que no conoces…
o a asuntos más personales? ¿O quizá prefieres que lo ignore y hablemos del clima?
Amy tomó un primer sorbo de té y observó a Martin con los ojos muy abiertos, pero la mirada del hombre no contenía malicia ni afán de chisme; solo una franca y serena empatía.
—¿Tan evidente es? —suspiró ella, apoyando los codos en la mesa y rindiéndose ante la evidencia.
—Para cualquiera que sepa leer los acontecimientos de estas últimas semanas, sí —respondió Martin con una leve sonrisa—. Me aventuraría a decir que las cosas con Derek han comenzado a ser más… personales.
Amy miró hacia la ventana, contemplando el jardín bañado por la niebla matutina. Podía no responder, podía contar la verdad de su extraño pacto con Derek, podía cambiar de tema… Pero su intuición la invitaba a hablar con aquel hombre, aunque fuera para relatarle una verdad a medias…
—Todo esto comenzó como una amistad práctica: es el hijo de mis anfitriones y me ha acompañado a las fiestas como de él se espera… pero en algún momento dejó de ser tan práctico para ser más… más… —no hallaba la palabra ni quería delatar hasta qué punto se había conocido.
—¿Íntimo?
—Justo, sí: muy íntimo.
Martin asintió con lentitud, tomando un sorbo de su café antes de hablar, cambiando de tema para darle un respiro, viendo que la joven parecía querer evitar mencionar directamente a Derek.
—Londres puede ser abrumador, Amy. Y la aristocracia, aún más. Dime algo, ¿cuánto hace que no piensas en Nueva York sin sentir que es un refugio al que necesitas regresar?
Amy parpadeó, sorprendida por el giro de la conversación.
—Pienso en mi hogar todos los días —admitió en un susurro—.
Echo de menos el aire del Hudson, el ruido del puerto, la sensación de que las cosas se mueven y cambian a cada segundo.
Aquí todo parece congelado en el tiempo, sujeto a una rigidez que raya lo absurdo.
¿Cómo están las cosas por allí? —se interesó de pronto entendiendo que él seguía en contacto continuo con los Estados Unidos—.
¿Has sabido algo de las grandes familias de Manhattan?
—Los Astor siguen construyendo su imperio, los Vanderbilt planean expandirse hacia el Oeste y tu hermano, por lo que sé, sigue manejando la naviera Andersen con mano de hierro —comentó Martin con una chispa de diversión—. Todo sigue su curso acelerado.
Amy apretó la taza entre sus manos. La pregunta que llevaba semanas rondándole la cabeza salió por fin de sus labios con una vulnerabilidad que raras veces se permitía mostrar.
—Tú dejaste todo eso por Sarah, Martin. ¿No echas de menos tu vida en Nueva York? ¿Cómo logras sobrellevar vivir en un país donde los americanos como nosotros siempre seremos vistos como advenedizos?
Martin se reclinó en su silla y guardó silencio durante unos instantes, sopesando su respuesta.
—Tengo que decir que vine aquí a hacer negocios, a expandir el comercio a Europa, y que fue al llegar cuando encontré a Sarah.
Pero yo ya sabía que me quedaría aquí durante mucho tiempo, no tuve que tomar una decisión sobre la marcha…
Y sí, claro que a veces echo de menos la energía de mi ciudad, no lo voy a negar —empezó a explicar con voz calmada—.
Pero la respuesta a cómo lo sobrellevo es muy sencilla: amor, Amy.
Suena trillado, lo sé, pero el amor que siento por Sarah me hace más feliz que cualquier logro comercial o cualquier reconocimiento social.
Estar con ella vale cada pequeño sacrificio.
A la muchacha le emocionó la sencillez con la que hablaba de su esposa y el amor que se reflejaba en sus ojos cuando lo hacía.
—¿Incluso si los nobles te miran por encima del hombro por ganarte la vida trabajando? —inquirió Amy, alzando una ceja.
Martin soltó una carcajada limpia y franca.
—¡Ah, eso! Deja que miren lo que quieran, Amy.
Es cierto que la alta sociedad británica considera que trabajar con las manos o con el comercio es algo vulgar, pero ¿sabes qué?
, mis mercancías siguen cruzando el Atlántico y mi dinero es tan real como sus títulos.
Además, no todos son iguales. Los Beaufort, por ejemplo, siempre me han tratado con un respeto impecable.
Saben quién soy, respetan mi trabajo y nunca me han hecho sentir menospreciado en su casa.
El truco está en saber quién merece tu atención y quién es solo ruido de fondo.
Amy bajó la mirada hacia la mesa, jugando con el borde de su servilleta.
—Ojalá tuviera tu temple —murmuró—. Antes de que la marquesa de Aberdeen me invitara a Londres y mis sentimientos cambiaran y todo se complicara, en realidad, yo…
yo tenía un plan. Pensaba regresar a Nueva York al final de la temporada y convencer a mi hermano de que me hiciera un hueco en la empresa familiar.
No quería pasarme la vida organizando bailes o escogiendo el color de las cortinas de un salón; quería trabajar, ser útil, ganar mi propio dinero. Quería ser libre.
Martin la observó con atención, midiendo la sinceridad y la pasión en las palabras de la joven. Conociendo bien el volumen de negocio de los Andersen, una idea comenzó a gestarse en su mente.
—¿Trabajar en la naviera de tu hermano? —preguntó Martin, inclinándose hacia adelante con gesto divertido—. Conociendo a Jonathan Andersen como lo conozco, apostaría mi vida a que te costaría bastante que te cediera un despacho. Pero se me ocurre algo mejor.
Amy lo miró, confundida. El semblante de Martin era prudente.
—¿A qué te refieres?
—Conozco el negocio de los Andersen tan bien como el mío propio —contestó, medio en broma, medio en serio—, y sigo expandiendo mis operaciones comerciales aquí, en el puerto de Londres.
Si de verdad deseas trabajar, si tienes agallas y estás dispuesta a aguantar los murmullos de la sociedad… entonces trabaja conmigo.
Amy se quedó paralizada, mirando a Martin como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Contigo?, ¿aquí, en Londres?
—¿Por qué no? —propuso el americano, divertido ante su reacción—.
Podríamos ponernos en contacto con tu hermano en Nueva York y montar una filial o una red de importación en la que tú tengas un papel activo.
Tendrías tu propio trabajo, tus propias responsabilidades y la independencia que tanto ansías, pero aquí, en Londres, no en Manhattan.
—Martin, eso es una locura —dijo Amy, aunque una chispa de emoción comenzó a prender en su pecho—.
Nadie en la alta sociedad de Londres aceptaría que una aristócrata o la esposa de un vizconde —se le escapó mencionar de un futuro con Derek, pero siguió hablando— se dedicara al comercio. Sería un escándalo insoportable.
Martin sonrió con picardía y negó con suavidad con la cabeza.
—Nadie lo aceptaría, excepto las personas adecuadas, Amy. Y si no me equivoco, tú no tienes intención de casarte con la sociedad de Londres, sino con un caballero en concreto.
El corazón de Amy dio un vuelco.
—Derek jamás…
—Derek lo aceptaría —la interrumpió Martin con absoluta convicción—.
Conozco a lord Sheffield. Detrás de esa fachada de aristócrata hastiado y perfeccionista hay un hombre pragmático que te respeta profundamente.
Si eso supusiera hacerte feliz, si eso te devolviera el brillo a los ojos que tienes ahora mismo al hablar de trabajo y no el pesar que reflejaban cuando has entrado aquí, Derek no solo lo aceptaría, sino que lo defendería ante quien hiciera falta.
La neoyorquina se quedó sin habla. Sentía un nudo en la garganta, pero esta vez no era de angustia, sino de una extraña y abrumadora esperanza.
—¿Y los Beaufort? —alcanzó a preguntar en un hilo de voz—. ¿Qué dirían sus primos?
—¿Los Beaufort? —Martin se encogió de hombros con elegancia—.
Les parecería algo excéntrico, sin duda.
«Ah, la joven vizcondesa neoyorquina y sus raras costumbres americanas», dirían en los salones.
Pero la familia te quiere; te querrá si haces feliz a Derek.
Si es así, los Beaufort no se interpondrán jamás.
Para ellos, la lealtad familiar está muy por encima de los chismes de Mayfair.
El silencio volvió a instalarse en el comedor, pero el peso que aplastaba el pecho de Amy desde hacía semanas pareció disiparse como la niebla matutina del jardín.
Por primera vez desde que besara a Derek y sus sentimientos por él comenzaran a madurar, el futuro no se presentaba como una rendición inevitable, como un callejón sin salida donde tendría que renunciar a su identidad a cambio del amor.
De pronto, la idea de quedarse en Londres, de construir una vida junto a Derek sin perderse a sí misma en el proceso, se convirtió en un horizonte luminoso y lleno de posibilidades.
No era una derrota. Era un nuevo comienzo, trazado bajo sus propias reglas.
Amy miró a Martin Foster y, por primera vez en toda la mañana, una sonrisa verdadera y deslumbrante iluminó su rostro cansado.
—Martin —dijo, alzando su taza de té a modo de brindis improvisado—, creo que tenemos mucho que hablar sobre negocios.
El americano soltó una carcajada y chocó suavemente su taza de café contra la de ella, divertido.
—Será un absoluto placer hacer negocios contigo, Amy Andersen.