El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

E l silencio en el ala oeste de la mansión era denso, interrumpido tan solo por el crujido ocasional de la madera al enfriarse.

Tras la marcha de Betsy, Amy se había metido en la cama, pero el sueño se negaba a abrazarla.

Las palabras pronunciadas en voz alta aún reverberaban en las paredes de la estancia: lo amo.

La revelación había encendido un fuego en su pecho que le aceleraba el pulso y le llenaba la cabeza de ideas atropelladas, dudas sobre el futuro y un anhelo irrefrenable que no la dejaba descansar.

Incapaz de soportar más tiempo la inmovilidad de las sábanas, Amy se deslizó fuera de la cama, se echó sobre el camisón una bata de seda azul ultramar, ajustó el cordón a su cintura y reposó con suavidad los pies sobre la rica alfombra.

Decidió salir al corredor con la vana esperanza de encontrar a algún sirviente en la planta inferior que pudiera prepararle una infusión o un vaso de leche caliente para calmar la agitación que la embargaba.

Al abrir con sigilo la pesada puerta de su dormitorio, el pasillo se reveló sumido en una penumbra dorada, iluminado tan solo por los candelabros de pared cuyas velas consumidas titilaban suavemente.

Dio apenas diez pasos cuando una silueta alta y esbelta emergió de la penumbra del fondo, junto a la escalera de la biblioteca.

Era Derek.

Vestía una camisa blanca de lino fino con el cuello desabrochado, desprovista de corbatín o chaleco, y unos pantalones oscuros. Llevaba un libro encuadernado en piel en una de sus manos. Al escuchar el leve roce de la seda contra el suelo, el vizconde se detuvo de golpe.

Sus miradas se encontraron en medio del pasillo silencioso.

No hubo preguntas, ni exclamaciones de sorpresa, ni excusas corteses sobre la hora.

El aire entre ambos se volvió pesado al punto, impregnado de una seguridad absoluta y un deseo que había alcanzado su punto de ebullición tras semanas de contención, miradas furtivas y besos interrumpidos.

Amy vio en los ojos verdes de Derek una vorágine de devoción, necesidad y ternura; Derek leyó en los de ella una rendición valiente y sin reservas.

El vizconde dejó caer el libro sobre una consolita de caoba junto a la pared sin hacer el menor ruido. Dio tres pasos firmes hacia ella, sin romper el contacto visual, y extendió la mano con la palma hacia arriba. Era una muda invitación, una pregunta sin palabras.

Amy no vaciló. Deslizó sus dedos sobre los de él.

El calor de la mano de Derek la envolvió al instante.

Sin pronunciar un solo murmullo, la guio con suavidad a lo largo del pasillo, alejándola del ala de los invitados y llevándola hacia la intimidad de su propio dormitorio en el extremo este.

La puerta se cerró tras ellos con un chasquido sordo, dejando fuera al resto del mundo.

La estancia estaba iluminada tan solo por el resplandor moribundo de las brasas de la chimenea. En la penumbra, el vizconde se giró hacia ella y, con una lentitud reverente, deshizo el lazo de la bata de seda de la americana, dejándola resbalar por sus hombros hasta que la prenda cayó al suelo.

—Amy… —susurró él, y su voz no fue más que una caricia ahogada antes de posar sus labios sobre los de ella.

Fue un beso infinitamente dulce, madurado por la certeza de lo que ambos sentían.

Las manos de Derek subieron a su rostro, acunando sus mejillas con una delicadeza extrema, mientras sus lenguas se encontraban con una calidez que no buscaba la prisa, sino el deleite en cada segundo.

Amy ahogó un suspiro de placer contra su boca, enredando los dedos en el cabello del caballero y atrayéndolo hacia sí.

Con cuidado infinito, como si sostuviera el cristal más valioso, Derek la guio hacia el lecho.

Las sábanas de hilo fino estaban frescas, pero el cuerpo de él, al tumbarse a su lado, emanaba un calor abrasador.

Sus dedos, firmes y expertos, desataron las cintas del camisón de batista, deslizándolo con pausa reverente sobre la piel suave de la joven.

Amy cerró los ojos, estremeciéndose cuando la boca de Derek abandonó sus labios para descender por la curva de su cuello, dejando un reguero de besos cálidos sobre su garganta, su clavícula y la firmeza nacarada de sus pechos.

Cada roce era un poema en silencio. La palma de Derek recorrió las curvas de su talle, deteniéndose en la cadera para trazar caricias lentas que encendían pequeños fuegos bajo la piel de la neoyorquina.

No había una urgencia torpe, solo una sinfonía de suspiros, roces de piel contra piel y el ritmo acompasado de dos respiraciones que se volvían una sola.

Amy arqueó la espalda, buscando el contacto de él, abriéndose a la caricia de sus manos que la exploraban con una mezcla de adoración y deseo ardiente.

Cuando él se posicionó sobre ella, mirándola fijamente a los ojos en la penumbra, Amy vio reflejada en la tez del vizconde toda la verdad que jamás se había atrevido a articular.

La unión fue un tránsito tranquilo y profundo.

Un leve jadeo escapó de los labios de Amy cuando la plenitud de él la inundó, pero Derek se detuvo, besando sus lágrimas de emoción y sus párpados hasta que la tensión inicial se disolvió en una ola de placer cálido y envolvente.

El movimiento que siguió fue una danza suave, una cadencia de embestidas lentas y profundas que les hizo perder la noción del tiempo.

Derek la sostenía contra su pecho, sintiendo el latido desbocado del corazón de ella contra el suyo, mientras las manos de Amy se aferraban a sus hombros desnudos.

El clímax los alcanzó juntos, como un suspiro expandido en la penumbra de la estancia, una sacudida dulce y estremecedora que los dejó abrazados, exhaustos y envueltos en una paz absoluta mientras el calor de la chimenea moría poco a poco.

***

El tenue resplandor azulado que precede al amanecer comenzaba a filtrarse por las rendijas de las cortinas del dormitorio. Amy dormía plácidamente con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Derek, envuelta en la calidez de las mantas.

El vizconde, que llevaba un buen rato despierto contemplándola con la mirada henchida de amor, le acarició con infinita ternura el hombro desnudo, inclinándose para depositar un beso tenue en su sien.

—Amy, mi amor, debes despertar —susurró.

Ella parpadeó adormilada, acurrucándose más contra su hombro fuerte antes de que la realidad la alcanzara de golpe. Al abrir los ojos y ver la luz matutina filtrándose por la estancia, el recuerdo de la noche anterior cayó sobre su mente como un cubo de agua helada.

Dio un brinco en la cama, tirando de la sábana hacia arriba para cubrirse el pecho mientras la palidez sustituía al rubor de su rostro. Una oleada de pánico repentino la invadió.

—¡Dios mío! Es de día... —exclamó con la voz entrecortada por el nerviosismo, buscando a toda prisa su camisón y la bata de seda dispersos a los pies de la cama, olvidado cualquier pudor por el miedo a ser descubierta allí—.

La casa va a despertarse en cualquier momento.

Los criados…. si alguien me ve salir de tu habitación…

—Amy, cálmate, por favor —pidió Derek con voz serena, incorporándose en la cama con la sábana rodeándole la cintura y extendiendo una mano hacia ella—. Nadie ha despertado aún. El servicio no sube a este pasillo hasta dentro de media hora.

—No mires —le pidió atropelladamente al tiempo que se pasaba la bata sobre los hombros con manos temblorosas, evitando también ella mirarlo con fijeza a los ojos—.

Esto… lo que ha pasado esta noche… no cambia nada, Derek, todo sigue por completo igual que ayer entre nosotros. —No se atrevía a decir más.

Sheffield la miró. La serenidad de su rostro no se alteró, pero por dentro sintió cómo la decepción le atenazaba el pecho.

—Te equivocas, Amy —dijo él con tono firme—. Esto, lo que ha pasado esta noche, lo cambia absolutamente todo.

Amy se giró hacia él, ajustándose el cordón de la bata con furia defensiva para ocultar el pánico. Una risita histérica se coló en su voz conforme verbalizaba su pensamiento más absurdo.

—¡Debería ser al revés! La sociedad dice que en estas situaciones tendría que ser el caballero quien intentara eludir cualquier responsabilidad después de haber llevado a una dama a su lecho.

—Se sonrojó a pesar de la histeria que comenzaba a invadirla—.

¡Y tendría que ser la mujer la que exigiera un compromiso, un acuerdo o una reparación por el escándalo! Y, sin embargo, así estamos…

Derek suspiró, poniéndose de pie con parsimonia, provocando que Amy se volviera una vez más, y cubriéndose con una bata de terciopelo oscuro.

Se acercó a ella con pasos lentos. Creía saber con exactitud lo que estaba sintiendo Amy en aquel momento: el miedo a algo nuevo, desconocido, más allá del pánico a la intimidad compartida esa noche, la primera del resto de su vida si de él dependía.

La amaba con cada fibra de su ser, quería hacerla su esposa más que a nada en el mundo, pero no de esa manera.

Jamás aceptaría tenerla a su lado porque se sintiera acorralada por el peso de un escándalo o por el chantaje de una noche de pasión, quería que fuera a él por su propia voluntad, libre, confiada y sabiéndose amada.

—No voy a discutir contigo sobre esto, o no ahora, Amy —le dijo con suavidad, deteniéndose a solo un paso de ella—. No cuando los criados están a punto de comenzar sus rondas por el pasillo.

Amy tragó saliva, desconcertada por la falta de combatividad del vizconde.

—Derek…

—Ven —la interrumpió él con dulzura, tomándola de la mano con la misma delicadeza que la noche anterior.

Abrió la puerta del dormitorio apenas un par de centímetros para comprobar que el pasillo largo y alfombrado continuaba desierto. Tomándola del brazo, la acompañó a paso veloz y silencioso a través de la penumbra del corredor hasta la puerta del dormitorio de invitados en el extremo oeste.

Una vez frente a la entrada de su estancia, Amy se giró hacia él con la respiración agitada y la mirada cargada de una mezcla convulsa de desafilada altivez y desconcierto.

Derek no añadió una sola palabra de reproche ni intentó convencerla de nada. Simplemente se inclinó hacia delante, tomó su rostro entre las manos y le impregnó los labios con un beso dulce y profundo que robó el aliento de la muchacha y derribó en un segundo todas sus protestas.

—Hablaremos más tarde, mi amor —murmuró él contra su boca, con una sonrisa tibia y enigmática.

Antes de que ella pudiera articular respuesta alguna, el vizconde le dio media vuelta con suavidad, abrió la puerta de su habitación, la empujó con delicadeza hacia el interior y cerró la puerta tras ella, dejándola a solas en la penumbra de su estancia con el corazón latiéndole desbocado en el pecho.