El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Derek la escuchaba, fascinado por la pasión que impregnaba las palabras de la joven. Podía ver la fuerza de sus raíces, la lealtad hacia su tierra y el orgullo indisimulado con el que hablaba de su vida al otro lado del océano.

—Parece un lugar extraordinario para alguien con tu temperamento —comentó el vizconde, deteniendo sus pasos junto a la balaustrada de piedra que dominaba el estanque inferior.

—Lo es, es mi hogar —afirmó ella con sencillez—.

No quiero decir que sea mejor que Inglaterra —se excusó—, y desde luego que, a las mujeres, en especial a las de algunas familias más adineradas, se nos exige decoro.

Pero no es comparable a la estricta etiqueta británica en la que las damas parecen no tener más utilidad que ser esposas y madres.

Derek se apoyó en la piedra, mirando el reflejo de la luna en el agua antes de girarse hacia ella. Sus ojos se oscurecieron con una gravedad serena.

—Dime una cosa, Amy. Si el destino te llevara a establecerte en otro lugar, si tu vida tomara un rumbo distinto y tuvieras que residir lejos de tu hogar… ¿lo echarías de menos hasta el punto de no poder ser feliz?

La pregunta cayó entre ellos como una piedra en un estanque calmo.

Amy se tensó apenas. Comprendió al instante el peso que contenían aquellas palabras, quizá casuales.

No era una simple curiosidad sobre su nostalgia, era una pregunta lanzada hacia las profundidades de su futuro, una forma de tantear los cimientos de su resistencia a quedarse en el Reino Unido.

Un nudo de angustia y duda se le apretó en la garganta.

—Supongo que uno siempre echa de menos el lugar donde ha crecido —respondió, intentando mantener la voz firme y neutral, dirigiendo la mirada hacia los árboles lejanos—. Las raíces no se arrancan con facilidad sin dejar cierta huella, Derek. La felicidad depende de muchas cosas, no solo de un mapa.

Fue una respuesta evasiva, un escudo levantado a toda prisa para protegerse de la vulnerabilidad, del vértigo que sus palabras le habían hecho sentir.

Sin embargo, al volverse hacia él, Derek no vio frialdad en sus rasgos, sino una sombra de temor.

Vio la duda reflejada en sus ojos oscuros, la incertidumbre de una mujer que sentía que el suelo bajo sus pies comenzaba a ceder y que temía perder su identidad si se entregaba por completo a lo que estaba naciendo entre ellos.

Derek la contempló durante un largo segundo.

Sintió la tentación abrasadora de dar un paso adelante, de tomarla por los hombros y exigirle una respuesta clara, de asegurarle que jamás tendría que renunciar a sí misma si se quedaba a su lado.

O de besarla hasta arrancarle la respuesta que quería de ella.

Pero su sentido del honor y el profundo respeto que le profesaba prevalecieron. Presionarla en ese momento solo lograría ponerla triste y que se replegara aún más tras sus defensas.

El vizconde esbozó una sonrisa tibia y comprensiva, relajando su postura.

—Es una respuesta muy sensata, Amy —dijo con suavidad, ofreciéndole de nuevo el brazo para retomar el paseo—. El aire nocturno empieza a sentirse helado. Será mejor que volvamos al salón antes de que mi hermana envíe una expedición de búsqueda.

Amy suspiró bajito, agradeciendo íntimamente la delicadeza con la que él había decidido no acorralarla, aunque la incertidumbre y cierta angustia continuaban latiendo con fuerza en su pecho.

***

La noche había caído por completo sobre la mansión de los condes de Harlech.

En la calidez de su dormitorio del extremo oeste, Amy permanecía sentada frente al tocador de caoba, vistiendo un holgado camisón de batista blanca sobre el que se deslizaba su larga melena rubia, deshechos los moños del día.

Su doncella, que la había acompañado desde la infancia y que conocía cada uno de sus gestos mejor que nadie, retiraba con destreza los cepillos y los frascos de perfume sobre la mesa de madera.

—Estás muy silenciosa esta noche, Amy —comentó Betsy con esa familiaridad afectuosa que la caracterizaba, mirándola a través del espejo—. Y no me digas que es por el cansancio del viaje, porque sé muy bien cuándo algo te da vueltas en la cabeza.

Amy suspiró, dejando caer las manos sobre el regazo.

—Es este lugar, Betsy… O tal vez sea toda esta situación. Siento que todo se está moviendo demasiado rápido y no estoy segura de tener el control de mis propios pasos.

Betsy dejó el cepillo de plata sobre la mesa y se colocó al lado de la joven, cruzando los brazos sobre la sencilla falda de lana con actitud resuelta.

—Si te refieres a tu lord Sheffield, yo diría que el control lo perdiste hace ya bastante tiempo. Creo que se lo cediste el día que le propusiste la locura de un romance fingido y que, desde entonces, has ido alejándote cada vez más de tu habitual contención.

Amy levantó la cabeza, sorprendida por la franqueza de su criada.

—¿De qué hablas?

—Hablo de la forma en que miras al vacío cuando regresas de un paseo con él o de las veces que lo mencionas —respondió Betsy con una sonrisa sabia—.

Y de cómo cambia tu rostro cada vez que ese caballero entra por la puerta de la mansión de los marqueses de Aberdeen.

Te conozco, tanto como tú a mí, sé cuánto te asusta la idea de quedarte atrapada en este país, rodeada de duques, condes y reglas que a nosotros nos parecen disparates; sé que tienes miedo de perder tu libertad y de olvidarte de quién eres.

Y sé también que te angustia la idea de alejarte de él sin explorar…

—Betsy no era inocente, su señora sí, así que no la animaría a perder esa inocencia antes de casarse— sin explorar más sobre vosotros.

Amy bajó la mirada, apretando los dedos contra la tela de su camisón.

—Él me ha preguntado hoy, de una forma indirecta pero muy clara, si podría ser feliz viviendo lejos de Nueva York —confesó la joven en un susurro vulnerable—.

Si tuviera que quedarme aquí, Betsy, siento que estaría dejando atrás toda mi vida: a mi hermano, mi casa, a la tía Augusta y a ti.

Creo que, de algún modo, renunciaría a una parte de mí al dejaros atrás.

Me da miedo despertarme un día en una gran mansión inglesa y descubrir que me he convertido en una extraña para mí misma.

La criada dejó escapar una risita suave y negó con la cabeza, inclinándose para poner una mano cariñosa sobre el hombro de su amiga.

—¡Dios, Amy!, pero ¿de verdad piensas que si decides quedarte aquí vas a estar sola?

Si lord Sheffield te pide que te quedes a su lado y le dices que sí, ¿crees que yo me voy a volver a Nueva York en el primer barco que salga de Liverpool?

¡Ni lo sueñes! Pienso quedarme a tu lado para asegurarme de que esos sirvientes ingleses tan estirados te sirvan el té exactamente como a ti te gusta: sin leche y con mucho azúcar.

Amy la miró con los ojos empañados por la emoción.

—¿Te quedarías?

—¡Por supuesto que me quedaría! Y la tía Augusta también vendría, ¡claro que lo haría!

—exclamó Betsy alzando las manos al cielo—.

La tía Augusta no tardaría ni seis meses en cruzar el Atlántico cargada con decenas de baúles llenos de vestidos para instalarse en Londres y vigilar que la alta sociedad te trate como la princesa que eres.

Incluso tu hermano Jonathan vendría a visitarte con cierta frecuencia y, de paso, trataría de cerrar negocios en Inglaterra y discutiría sobre barcos con el señor Foster, dado que se dedican a negocios complementarios.

No estarías perdiendo tu mundo, Amy; solo estarías haciendo espacio para uno nuevo.

Las palabras de la doncella resonaron en la estancia con una claridad deslumbrante, derribando una a una las murallas de excusas que Amy había construido con tanto cuidado durante semanas para proteger su corazón.

Con seguridad, al día siguiente volvería el miedo, pero esa noche parecía sencillo dejarse llevar por las palabras de su amiga.

—Nada de eso tendría importancia si esto fuera solo un acuerdo o un capricho de la temporada —continuó la doncella, mirando con fijeza a la joven a través del espejo—.

La única pregunta que tienes que hacerte, la única que importa de verdad es una muy sencilla: ¿sientes algo de verdad por ese vizconde, algo profundo y duradero que puede convertirse en un «felices para siempre»? ¿O todo esto es solo un juego?

La habitación quedó sumida en un silencio absoluto. El crepitar de una vela a punto de agotarse era el único sonido que rompía la calma de la estancia.

Amy cerró los ojos. En la oscuridad de su mente vio la imagen de Derek, su sonrisa ladeada, traviesa, que parecía guardar solo para ella, la devoción absoluta con la que la protegía de los murmullos de Mayfair, el calor abrasador de sus manos al sostenerla y la ternura con la que había respetado sus miedos esa misma noche, durante su paseo.

Como él le dijera, el contrato había quedado atrás hacía muchas veladas. No había mentiras, ni farsas para engañar a la aristocracia, ni excusas sobre la diferencia entre sus costumbres. La verdad estaba allí, desnuda y palpitante en el centro de su pecho.

Amy abrió los ojos y miró su propio reflejo en el cristal. Una lágrima solitaria y serena resbaló por su mejilla, pero en sus labios se dibujó una sonrisa de rendición absoluta.

—Lo amo, Betsy —confesó por primera vez en voz alta, con un hilo de voz que temblaba de emoción y certeza—. Dios me ayude, porque lo amo con todo mi corazón.