Capítulo 15
E l viaje en carruaje desde la capital hasta Berkshire transcurrió bajo la suave luz de la avanzada mañana.
Cuando los carruajes de los Beaufort cruzaron la imponente verja de hierro forjado que daba paso a la propiedad de los Cavendish en las inmediaciones de Windsor, la tensión sofocante de Londres pareció disiparse entre el aroma a hierba fresca y los frondosos robles que flanqueaban el camino de la entrada.
La residencia de los condes era una majestuosa mansión de planta isabelina y ladrillo rojo, rodeada de jardines cuidados al detalle que descendían en suave pendiente hacia una masa boscosa y, más allá, hacia el curso del Támesis.
Los criados, alineados con impecable pulcritud en la escalinata principal bajo las órdenes del mayordomo, recibieron al grupo con eficiencia.
—Bienvenidos —anunció Elizabeth con una sonrisa radiante mientras descendía del primer carruaje con la ayuda de su esposo Andrew—. Espero que el trayecto no haya sido demasiado fatigoso.
—En absoluto, querida —respondió Sarah, estirando los brazos al aire libre mientras Martin, su hermano George y Blanche bajaban tras ella—. La idea de abandonar Mayfair, aunque sea por unos días, me ha devuelto cinco años de vida.
—Venid, os enseñaré las estancias para que podáis refrescaros antes de dar un paseo —invitó Els al nutrido grupo de primos, haciendo un gesto hacia la enorme puerta que daba a la mansión.
El reparto de las habitaciones en la planta superior se organizó con la naturalidad propia de una familia acostumbrada a hospedarse junta, replicando la distribución de la finca del tío William, donde solían pasar las Navidades desde niños.
Como era menester, los matrimonios ocuparon los aposentos principales de la primera ala: Andrei y Rachel, Andrew y Esther, George y Blanche, Sara y Martin, Robert y Helena, Nate y Maddie, se instalaron en amplios dormitorios en el extremo oriental, mientras que Elizabeth y Andrew tomaron el conjunto señorial opuesto.
Los dos jóvenes solteros fueron acomodados a lo largo del pasillo principal, donde las estancias resultaban igualmente confortables, aunque algo menores.
—Amy, te hemos asignado la habitación del extremo oeste —indicó la anfitriona con calidez, señalando una puerta de roble labrado que daba hacia los jardines privados—. Tiene una de las mejores vistas del estanque y recibe una luz preciosa por las tardes.
—Será encantadora, Elizabeth, muchísimas gracias —agradeció ella, esbozando una sonrisa amable.
—Y para Derek —continuó la condesa, mirando a su hermano con una chispita de diversión mal disimulada—, el ala este, justo al fondo del pasillo, junto al estudio de Andrew. Así no te molestará el alboroto de las primas, si decidimos trasnochar.
Derek inclinó la cabeza con elegancia, aunque su mirada se cruzó un instante con la de Amy.
Un pasillo entero los separaba, una distancia prudente impuesta por la etiqueta que, sin embargo, parecía cargada de una tensión palpable después de lo ocurrido en la galería de los Harlech apenas dos noches atrás.
Una hora más tarde, tras cambiarse por atuendos más ligeros y adecuados para el campo, las damas del grupo decidieron emprender un paseo por los jardines antes de que el sol de la tarde comenzara a ponerse.
Los caballeros habían preferido adelantarse hacia las caballerizas para inspeccionar los montados de la finca, de modo que ellas pasearon a paso tranquilo entre los senderos de gravilla y los senderos de rosas, parloteando animadas sobre naderías.
A pesar de la belleza del paisaje y del murmullo alegre de sus acompañantes, Amy avanzaba sumida en una especie de bruma.
Cada paso que daba sobre la hierba, cada brisa que le acariciaba el rostro, la devolvía inevitablemente al recuerdo de Derek.
Tenía aún grabado en la memoria el tacto firme de sus manos, la presión implacable de sus labios y la cadencia grave, espesa de su voz cuando le había susurrado que debían volver, sosteniéndola todavía contra la pared.
Se descubría buscando sin quererlo su silueta entre las sombrías alamedas o girándose al menor sonido de pisadas, con el corazón dándole un vuelco que apenas lograba disimular.
—… y os juro que la duquesa de Roxburghe casi deja caer el abanico en la ponchera de vino —estaba diciendo Esther entre risitas.
La diversión de todas ellas sacó a Amy de sus cavilaciones.
—No me digas que volvió a ocurrir —intervino Rachel, ajustándose la pamela, evitando que el sol manchara su níveo cutis—. Pensé que, después del incidente de la temporada pasada, habría contratado a una institutriz para que vigilara los toscos modales de sus hijas.
—En absoluto —aseguró Esther con entusiasmo conspirativo—.
Lady Dorothea estuvo toda la noche persiguiendo a lord Thomas por todo el salón, ¡pobrecito!
Se escondió tras las cortinas del pasillo de los músicos durante al menos media hora solo para evitar que lo arrastrara a la pista para un cotillón.
—Lo que me resulta del todo incomprensible —añadió Elizabeth, uniendo su brazo al de Amy— es la audacia con la que lady Beatrice pretendía captar la atención de lord Harrington.
Apareció en el baile de los Pemberley luciendo un vestido de seda amarilla que competía directamente con los canarios del invernadero.
Las jóvenes rompieron en una carcajada limpia, mientras Amy se obligaba a sonreír para unirse al tono distendido de la conversación.
—¿No te pareció excesivo, Amy? —le preguntó Blanche—. Estabas cerca del buffet cuando la madre de lady Beatrice simuló tirarle un poco de champán encima para que el baronet le ofreciera su pañuelo.
—Ah… sí, por supuesto —respondió Amy, concentrándose en lo que decían, apartando a Derek de su mente con rapidez—.
Debo confesar que la maniobra me pareció un tanto…
digamos que poco sutil. En Nueva York, una joven que recurriera a semejantes artimañas se encontraría al día siguiente en boca de todos los salones, y no de forma halagadora.
—Aquí también lo está, te lo aseguro —rio Elizabeth—. Pero Mayfair es un escenario donde algunas madres están dispuestas a representar verdaderas tragedias teatrales con tal de asegurar un conde para sus hijas.
—Por fortuna, en este rincón de Berkshire no hay comedias que representar —comentó Sarah con un suspiro de satisfacción, contemplando los prados que se extendían en la distancia—. Aquí solo hay aire puro y tiempo para disfrutar de la compañía.
Amy asintió en silencio, dirigiendo la mirada hacia el bosque distante.
Sabía que las primas de Derek intentaban incluirla con calidez en sus confidencias, y agradecía profundamente su afecto verdadero.
Sin embargo, por mucho que se esforzara en prestar atención a los chismes sobre la duquesa o los vestidos imposibles de las debutantes de Londres, su mente siempre regresaba al mismo punto fijo, a la misma mirada verde e intensa que, sin duda, la aguardaría al final del día.
***
La cena en el gran comedor había transcurrido entre risas, brindis por la paz del campo y relatos sobre las pasadas correrías del conde de Harlech.
Tras los postres, los invitados se repartieron por la sala; un grupo parloteaba sobre anécdotas de la infancia, otros se concentraban en el salón de juego para una partida de naipes.
Mientras, Derek se acercó con paso tranquilo hacia el rincón donde Amy contemplaba la noche a través del ventanal del patio, sumida en la paz que el paisaje nocturno le transmitía.
—El aire afuera es mucho más sereno que en Mayfair —comentó él con voz baja, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Me concederías el honor de dar un paseo por la terraza, Amy?
Se giró hacia él, sintiendo ese brinco involuntario en el pecho que ya se había vuelto constante.
—Más sereno y también más oscuro —dijo sin pensar, para darse cuenta después de lo que había insinuado. La mirada del vizconde, enardecida, la hizo enrojecer. Aun así, no se amedrentó—. Un poco de aire fresco nos vendrá bien a ambos.
Sheffield le ofreció el brazo y salieron de la habitación mientras muchos los miraban en derredor.
Juntos cruzaron la arcada de piedra que daba paso a las terrazas escalonadas de la mansión.
La luna creciente iluminaba los senderos con una luz plateada y tibia, proyectando largas sombras sobre los parterres.
Caminaron unos minutos en un silencio cómodo, un compás de espera donde solo se escuchaba el murmullo lejano de las aguas del río, que proporcionaba un fondo sonoro apacible.
—Háblame de Nueva York, Amy —le pidió Derek de pronto, rompiendo la calma con una suave inflexión en la voz—. Cuéntame cómo son verdaderamente tus días allí, lejos de las miradas de la alta sociedad inglesa y de nuestras estrictas formalidades.
Amy sonrió con suavidad, sintiendo una punzada de nostalgia al evocar su hogar.
—Es un mundo por completo distinto, Derek —comenzó a explicar, mirando hacia las estrellas—.
Nueva York no duerme con la misma lentitud que Londres.
Es una ciudad que se construye y se reinventa a sí misma cada mañana.
Las calles huelen a la sal marina que llega desde el puerto, al hollín de las fábricas y al serrín de las edificaciones que se levantan en las nuevas avenidas.
—Suena ruidosa y viva —observó él, mirándola de perfil con atención reverente.
—Lo es —asintió la joven con los ojos iluminados por el recuerdo—.
Allí nadie te pregunta quiénes eran tus antepasados hace cuatro siglos para decidir si mereces un saludo.
A la gente le importa lo que puedes hacer con tus propias manos y tu inteligencia.
Las mañanas en mi casa son bulliciosas; cuando mi hermano está en casa, las pasa discutiendo sobre cargamentos de madera o contratos de barcos desde el desayuno hasta la cena, sin importar si estamos comiendo, mientras la tía Augusta intenta poner orden entre periódicos y tazas de café.
Hay una libertad en el aire que se respira en cada rincón.