El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

L a cena en la residencia londinense de los condes de Harlech había sido un alarde de hospitalidad refinada.

Los sirvientes acababan de retirar los platos del postre —un suflé de almendras y peras confitadas que había hecho las delicias de los presentes— y las copas de cristal de tallo largo se rellenaban con oporto y vino dulce de Borgoña.

Alrededor de la mesa de caoba maciza la conversación fluía con esa familiaridad ruidosa que caracterizaba a los jóvenes del clan Beaufort.

—Con sinceridad, si tengo que soportar un baile más en Grosvenor Square donde la orquesta parezca desafinar a propósito, me declararé indispuesto durante un mes entero —proclamó lord Robert Seymour, reclinándose en su silla con elegancia indolente y una sonrisa socarrona.

—No seas exagerado, Rob —rio Elizabeth, cruzando las manos sobre la mesa mientras miraba a su esposo Andrew con ojos cómplices—.

Aunque debo admitir que la atmósfera de la capital se está volviendo sofocante.

Por eso Andrew y yo hemos estado pensando que podríamos trasladarnos todos un par de días de esta semana a nuestra finca de Windsor.

La propuesta fue recibida con un murmullo de entusiasta aprobación por parte de las primas.

La realidad era que llevaban días confabulando, tratando de buscar escenarios donde Derek y Amy pudieran estar a solas, y habían decidido que desaparecer unos minutos de los ojos de los demás no era suficiente y que, seguramente por eso, su primo todavía no se había declarado.

Un empellón no les vendría mal para acabar de enamorarse y no había lugar mejor que la hermosa finca en Windsor de los Harlech, a una hora en carruaje de la capital.

—Un par de días lejos de las miradas de Mayfair nos sentarán de maravilla a todos —apoyó Andrew, sirviendo más vino a Derek, que permanecía sentado a su izquierda con gesto taciturno, sabiendo qué tramaban sus primas e inseguro de si aquello era o no una buena idea.

¿Dos días completos bajo la atenta mirada de su familia? Sería difícil no cometer un error… del tipo que fuera.

Amy, situada justo enfrente del vizconde, sostenía su copa de cristal sin llegar a probar el oporto.

A pesar de la calidez del comedor y el tono festivo de los comentarios, sentía el pulso acelerado.

La mirada de Derek, profunda y cargada de intención, no se había apartado de ella durante casi toda la velada.

Cada roce involuntario de sus zapatos bajo la mesa o el cruce momentáneo de sus pupilas provocaba en el pecho de la neoyorquina un escalofrío difícil de disimular.

—Por cierto, Amy —intervino Elizabeth con una chispita de travesura en la mirada, dirigiéndose a la estadounidense—, antes de que nos retiremos del salón, tienes que ver la galería de cuadros de esta casa.

Andrew ha reunido una colección soberbia de pintores continentales.

Hay un par de lienzos de Gainsborough y un retrato de la escuela flamenca que te fascinarán.

—Sería un placer, Elizabeth —respondió Amy con cortesía, agradeciendo la oportunidad de salir de allí; necesitaba moverse tras tanto tiempo sentada—. Sabes bien cuánto aprecio el arte.

—Derek, ¿por qué no la acompañas? —propuso Robert de inmediato, guiñándole un ojo a su primo con total descaro, provocando sonrisas en el resto—. Tras un Grand Tour en Italia, sabrás explicarle cada detalle mucho mejor que el propio Harlech.

—Si os empeñáis —bufó Derek, poniendo los ojos en blanco para hilaridad de todos, levantándose de inmediato y rodeando la mesa para ofrecerle el brazo a la joven americana, que lo esperaba con complacencia.

Amy apoyó los dedos sobre la manga del traje de noche del vizconde, sintiendo bajo la tela fina el calor de sus músculos tensos. Bajo miradas cómplices y murmullos divertidos, la pareja abandonó el comedor y se adentró en el silencioso corredor del piso superior.

La galería de los Harlech era una estancia imponente, de techos altos con molduras doradas y paredes tapizadas en terciopelo carmesí.

A lo largo del pasillo, los marcos dorados resplandecían bajo la luz tenue de varios candelabros de pared.

Sin embargo, en cuanto la pesada puerta de roble se entrecerró tras ellos, obviando las risas del comedor, la atmósfera cambió de forma drástica.

El arte pasó a un segundo plano en una fracción de segundo.

Derek no esperó a avanzar hacia el primer lienzo. Con un movimiento fluido y decidido, tomó a Amy de la mano y la guio hacia la penumbra de un hueco junto al gran ventanal de la estancia, donde unos cortinajes de pesado raso los ocultaron de cualquier mirada indiscreta.

—Derek… —empezó a decir Amy, pero la protesta se extinguió antes de nacer.

Él la acorraló contra la madera tallada del ventanal, su mano subió a la nuca de la joven, enredando los dedos en los bucles de su peinado, mientras la otra se posaba con firmeza en su cintura, atrayéndola hacia él hasta que no quedó un solo milímetro entre sus cuerpos.

Cuando sus labios se encontraron, no hubo lentitud ni prudencia.

Fue un beso voraz, ardiente y desesperado que dejó a Amy sin aliento.

Derek llevaba demasiadas noches soñando con ella y no quiso refrenarse.

Entreabrió la boca de la joven con la suya, introduciendo la lengua para explorar y acariciar la de la neoyorquina con una destreza dominante que hizo perder a Amy el suelo bajo los pies.

La joven gimió contra sus labios, rindiéndose de inmediato al asalto, rodeándole el cuello con los brazos y pegándose a él con una necesidad creciente que la asustaba tanto como la embriagaba.

En ese torbellino de sensaciones, la mente de ella pareció apagarse.

No había lugar para las dudas sobre Nueva York, ni para el miedo a la alta sociedad, ni para las reglas del contrato.

Solo existía la calidez abrasadora de la boca de Derek, el aroma que emanaba de su piel y la firmeza de su pecho presionando contra el suyo.

Las manos del vizconde descendieron con urgencia.

Deslizó los dedos por el escote de seda del vestido de Amy, colándose bajo la fina tela hasta encontrar la curvatura cálida de sus senos.

A través del encaje de la lencería, los dedos de Derek apretaron y moldearon la firmeza de su pecho, haciendo que ella arqueara la espalda con un estremecimiento de puro placer.

El pulso de Amy retumbaba en sus oídos mientras Derek la besaba con más fuerza, devorando cada uno de sus pequeños jadeos.

Durante minutos eternos acarició sus senos con reverencia, sintiendo cómo su dulce cúspide endurecía contra las palmas masculinas, haciéndolos gemir a ambos. Pronto, los delicados roces se convirtieron en un dulce tormento.

Sin romper el beso, temeroso de sacarla de su trance, la mano del vizconde descendió más abajo, levantando con audaz osadía las pesadas capas de seda de la falda.

La palma cálida de Derek se deslizó por encima de la media de seda que cubría el muslo de Amy, subiendo hasta llegar a la liga y presionar directamente sobre el centro de la joven por encima de la prenda íntima.

La presión deliberada de la mano masculina sobre esa zona tan vulnerable provocó una sacudida en todo el cuerpo de la inocente muchacha.

Se agarró con fuerza a los anchos hombros mientras él acariciaba con ritmo lento y firme esa intimidad encendida, sintiendo el calor ardiente que se concentraba bajo la ropa.

Era una sensación tan intensa, tan dolorosamente dulce, que Amy sintió que el mundo entero se desmoronaba a su alrededor.

No podía pensar, no podía razonar; solo podía sentir el poder de las manos de él quebrantando cada una de sus defensas.

Derek ahogó un gruñido en la garganta de ella, embriagado por la rendición absoluta de Amy, apretándola más contra la pared mientras sus lenguas continuaban danzando en un roce tórrido.

El sonido de unas pisadas apresuradas y el eco de la voz de Robert llamando desde el pasillo principal los obligó a detenerse de golpe.

—¡Derek! ¡Amy! Elizabeth dice que el té está servido en el salón azul. —El conde de Hill no esperó respuesta, solo pretendía avisarles de que podían pasar tiempo a solas, pero no excederse.

Como si los hubieran devuelto a la realidad de un zarpazo, Derek retiró la mano con lentitud tortuosa, bajando con cuidado la falda del vestido de Amy y alisando la seda sobre sus caderas. Tenía la respiración agitada y la mirada oscurecida por una pasión contenida que amenazaba con desbordarlo.

Amy se apoyó contra la madera, intentando con desesperación recomponer el aliento.

Los labios le ardían, hinchados por el beso, y el vientre le pesaba con una punzada de deseo insatisfecho.

Fue en ese preciso instante, mientras Derek le ajustaba con delicadeza el escote con dedos temblorosos, cuando la magnitud de lo ocurrido la golpeó de lleno.

Había conocido el peligro real, el peligro de una pasión capaz de nublarle el juicio, de arrastrarla hacia decisiones irrevocables y de hacerle olvidar la independencia que tanto codiciaba. Estaba al borde de un abismo delicioso, pero aterrador.

—Volvamos antes de que pierda el control por completo —logró articular Derek hacia la puerta con voz ligeramente enronquecida, antes de volverse hacia ella y besarle con suavidad la frente.

***

El despacho de la residencia de Derek en Hill Street permanecía en penumbra.

Tan solo la luz vacilante de dos velas sobre la mesa de caoba y el resplandor de las brasas moribundas de la chimenea iluminaban la estancia.

Derek se hallaba de pie junto al ventanal, con una copa de brandi en la mano que ni siquiera se había molestado en probar, contemplando la calle desierta bajo la niebla nocturna de Londres.

El silencio de la casa era absoluto, pero en su mente rugía una tormenta que llevaba horas intentando apaciguar.

Todavía podía sentir en las palmas de sus manos el tacto de la piel de Amy, la firmeza de sus senos y la calidez temblorosa de su cuerpo bajo la seda de sus faldas. Todavía le escocían los labios por la ferocidad con la que se habían buscado en la galería de los Harlech.

¿En qué momento había perdido el control de la situación?

Él, el vizconde de Sheffield, el hombre que había hecho del autocontrol, la prudencia y el sentido del deber las columnas vertebrales de su existencia…

el caballero a quien toda la alta sociedad consideraba inexpugnable, el soltero cotizado que había esquivado con fría cortesía docenas de trampas matrimoniales orquestadas por las matronas de Mayfair, capitaneadas por su madre y sus tías, ahora se descubría comportándose como un joven irreflexivo, acorralando a una dama en los rincones oscuros de la casa de su hermana, incapaz de contener el impulso primario de poseerla.

Cerró los ojos y apuró un trago de brandi, sintiendo cómo el licor le quemaba la garganta sin lograr sofocar la ansiedad que lo invadía.

No era solo deseo. Ojalá fuera solo eso.

El deseo era algo comprensible, una debilidad de la carne que un hombre de su posición podía gestionar con discreción o extinguir con el tiempo.

Lo que le calentaba la sangre y, al mismo tiempo, le aceleraba el corazón hasta límites peligrosos era la certeza de lo que sentía cuando miraba a la neoyorquina a los ojos.

Se había enamorado de la señorita Amy Andersen.

La constatación cayó sobre su conciencia con el peso de una sentencia irrevocable.

No había farsa, no había contrato ni acuerdo de conveniencia que pudiera ocultarlo ya.

Se había enamorado de su risa desafiante, de su inteligencia filosa que no se amedrentaba ante ningún lord, de la independencia con la que caminaba por un mundo que insistía en encasillarla y, sobre todo, de la vulnerabilidad secreta que solo le permitía ver a él cuando sus defensas caían.

Derek apoyó la frente contra el cristal frío de la ventana, dejando escapar un suspiro cansado.

Pensó en la propuesta de viajar a Windsor.

Sabía exactamente por qué sus primos y su hermana impulsaban esa excursión.

Querían acorralarlos, querían obligarlo a dar el paso definitivo hacia un compromiso oficial.

Y lo peor era que no necesitaba que lo empujasen: él mismo no deseaba otra cosa que hacer de Amy su esposa, que portara su apellido y asegurarse de que no regresara a Nueva York.

Sin embargo, conocía las reticencias de ella. Amy temía perder su libertad, temía el rechazo de una sociedad aristocrática que no siempre comprendía su origen neoyorquino y, por encima de todo, temía arrepentirse de cualquier decisión que tomara.

«No me casaré jamás», recordó Derek, apretando la copa con fuerza, que le había escuchado decir con una firmeza feroz. Conquistarla no iba a ser un juego de salón, no bastaban sonrisas en los bailes ni besos robados en la penumbra.

Si quería que Amy se quedara a su lado en Inglaterra, si quería que cruzara el Atlántico para siempre y confiara en él, tendría que demostrarle que su determinación, así como su amor, eran inquebrantables.

Debería mostrarle que estaba dispuesto a proteger su independencia dentro de la estricta etiqueta inglesa, a enfrentarse a quien hiciera falta en Mayfair y a ofrecerle un amor que no fuera una jaula, sino un refugio.

Windsor sería el escenario definitivo. Lejos del ruido sofocante de Londres, en la libertad de los jardines de los Harlech, dejaría a un lado las indirectas y la farsa que tanto comenzaban a exasperarle.

La conquistaría gesto a gesto, beso a beso, hasta que el miedo cualquier reticencia se transformara en el deseo de construir una vida juntos.

Un leve chasquido del fuego quebró el silencio del despacho. Derek se giró con lentitud hacia la mesa, dejó la copa, todavía a medio vaciar, junto al tintero y esbozó una sonrisa sobria y decidida en la penumbra.

El juego había terminado. Ahora empezaba la verdad.