Capítulo 13 #2
—Con más pena que gloria —repuso ella, dejando escapar un suspiro de alivio bienvenido—. Aunque debo confesar que son extraordinariamente rápidas. Si una deja caer una frase, la otra ya ha recogido el guante antes de que toque el suelo.
—Son insuperables cuando se alían —admitió él con una sonrisa a rebosar de afecto, deteniendo el paso junto a una hilera de capullos rojos—. Tienen un talento natural para la conspiración.
Amy se giró hacia él, cruzando los brazos con una sonrisa divertida.
—¿Y esta salida al jardín formaba parte de alguna conspiración? ¿O debo pensar que te han surgido de repente unos conocimientos botánicos dignos de admiración?
El vizconde soltó una risita baja, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón con una soltura elegante.
—Admito mi ignorancia absoluta en materia de rosales —confesó, inclinando la cabeza con ligereza—. El espectáculo de la sobremesa estaba resultando muy entretenido, pero me apetecía pasar unos minutos contigo a solas.
—¿Incluso cuando tu madre te envía invitaciones para que cortejes a otras señoritas en los bailes?
Quiso sonar jocosa, pero los celos se filtraron en su voz. ¿Sería cierto que lady Faith estaba lanzando a su hijo a los brazos de las damas casaderas más notorias?
—Sobre todo por eso —respondió al punto—.
Prefiero tu compañía cien veces más. Me divierte la forma en que logramos engañar a media capital con una facilidad pasmosa.
En el salón todos creen que estamos al borde de un colapso romántico por culpa de las presiones familiares y que, si nos casamos, será gracias a sus maquinaciones.
Si supieran lo bien que lo pasamos a costa de sus deducciones…
—Es un juego arriesgado —apuntó Amy, ladeando el rostro con un destello de desafío en los ojos—. Si tus primas descubren que estamos usando sus artimañas para tomarnos un descanso y burlarnos de las expectativas sociales, no nos lo perdonarán.
—No me lo perdonarán a mí. Empiezo a pensar que tú les caes mejor que yo.
—Trataban a Amy como a alguien más de la familia, lo que producía al vizconde un gozo difícil de justificar—.
Dejemos que, por el momento, sigan creyendo que son unas celestinas eficaces —sugirió él, dando un paso discreto para acortar la distancia, manteniendo un tono bajo y confidencial—.
Les produce un entretenimiento enorme y a nosotros nos regala estos minutos de paz.
Aunque debo admitir que el engaño tiene sus inconvenientes.
—Ah, ¿sí? —preguntó ella, sosteniéndole la mirada—. ¿Cuáles?
—Que actuar como dos fingidos pretendientes requiere un esfuerzo constante —comentó él con una sonrisa pícara, rozando con el índice el borde del abanico que ella llevaba en la mano—.
En el parque hay que intercambiar miradas intensas, en los bailes hay que pedir siempre un vals…
Y aquí fuera, en la penumbra del jardín, la etiqueta sugiere que un caballero, es decir, yo, debería intentar algo un poco más audaz…
para mantener la coherencia del papel, ya sabes.
Amy alzó una ceja, divertida por el descaro de su acompañante.
—¿Estás sugiriendo que te exige el deber actuar con imprudencia?
—Te confirmo que el deber es una excusa excelente cuando la compañía resulta tan tentadora —corrigió él con voz suave, eliminando el tono de broma para dejar paso a una calidez mucho más directa—.
Me gusta estar a tu lado, Amy. Me gusta la rapidez de tus réplicas y la forma en que me retas.
Y, a decir verdad, el personaje de pretendiente devoto empieza a gustarme bastante más de lo previsto.
—Cuidado, Sheffield —advirtió ella con una sonrisa tentadora, dando medio paso hacia él—, podrías terminar creyéndote tu propio papel.
—No sería un destino tan terrible —repuso el vizconde.
Levantó una mano con suma delicadeza, pidiendo permiso con los ojos antes de rozar con la yema de los dedos la curva de la barbilla de la joven—.
¿Me permites una pequeña licencia… solo para asegurarme de que representamos la obra con la calidad que Londres merece?
—Lo que sea con tal de mantener la farsa —murmuró Amy, alzando la cara, aceptando el juego con un latido acelerado en el pecho.
Derek se inclinó despacio, prolongando unos segundos más la necesidad de besarla.
Cuando sus labios tocaron los de Amy, no hubo una desesperada declaración de pasión, sino un beso chispeante, dulce y cargado de una curiosidad juguetona que buscaba explorar la innegable atracción entre ambos.
Amy respondió al contacto apoyando una mano en su solapa, sintiendo la sonrisa de Derek contra su boca antes de que el beso se profundizara durante unos segundos deliciosos.
Al separarse, él no se alejó demasiado. La contempló con los ojos brillantes y un aire de triunfo contenido.
—Debo felicitarte —murmuró Derek con apostillada cortesía—. Tu interpretación de una dama cortejada es de una autenticidad pasmosa.
—Y la tuya de caballero seductor resulta peligrosamente convincente —replicó Amy, tratando de recomponer la compostura con una risita—.
Te sugiero que no la ensayes con ninguna otra señorita casadera —le pidió, hablando de corrido, nerviosa por cómo se tomara Derek su repentina solicitud—.
Y también sugiero que regresemos antes de que tus primas decidan que ha pasado demasiado tiempo y vengan a comprobar si te has perdido.
—Una sugerencia muy prudente —asintió el vizconde, ofreciéndole de nuevo el brazo con una inclinación perfecta—. Aunque admito que me he quedado con ganas de repetir la escena.
Y de preguntarle por su repentina posesividad, también. Pero tenían tiempo para explorar los nuevos sentimientos que estaban aflorando entre ellos, no necesitaba presionarla.