Capítulo 13
E n el estudio de Andrei, al fondo del pasillo principal de la residencia, el tono divertido de los caballeros resonaba con un ritmo pausado.
Antes de unirse al resto en el gran salón, donde el murmullo de la vajilla anunciaba el almuerzo, varios de los caballeros se habían atrincherado tras la puerta de roble para disfrutar de un poco de intimidad a resguardo de la vigilancia femenina.
—Le doy dos semanas más a Elizabeth antes de que decida organizar un picnic en nuestra finca de Windsor para emparejarlos —comentó Andrew Cavendish, conde de Harlech, apoyándose en la esquina del escritorio de caoba—.
Ayer estuvo más de veinte minutos dilucidando qué color de vestido favorecía más a señorita Amy para llamar la atención de Derek.
—¿Solo veinte minutos? —rio Andrei desde uno de los sillones de cuero—. Te envidio, Harlech. Rachel lleva tres días analizando la inclinación exacta del sombrero de la neoyorquina cada vez que Derek se cruza en su camino. Están convencidas de que son las arquitectas exclusivas de este acercamiento.
—Eso es lo más fascinante de todo este despliegue —intervino Robert, mirando al resto con una sonrisa cargada de ironía—.
Que las primas Beaufort creen firmemente que están guiando a dos corderitos hacia el redil, cuando la realidad es que el lobo y la corderita llevan semanas entendiéndose a la perfección a sus espaldas.
—No subestiméis la discreción de mi hermana Sarah —advirtió George Beaufort, apoyado junto a la chimenea apagada—.
Si descubre que Derek ya le ha dedicado más de una mirada con intenciones muy poco platónicas sin que ella lo hubiera planificado en su libreta, el berrinche se escuchará en Hanover Square.
—Se van a tirar de los pelos —afirmó Andrew Beckett, el vizconde de Sterling, con una carcajada baja—.
Mi esposa lleva días jactándose de que ha diseñado la estrategia perfecta para romper la reserva de Derek.
Si supiera que ese par ya ha compartido más de un minuto a solas con las puertas cerradas y que el asunto está mucho más avanzado de lo que su mente imagina, la indigestión de su orgullo sería épica.
Todas ellas suelen tener una gran agudeza para los asuntos del corazón.
Cuando Esther se entere de que nosotros, los supuestos insensibles que solo entendemos de caballos, política y finanzas, llevamos la delantera en esta historia desde hace semanas, no me va a dirigir la palabra en un mes.
—Un mes de silencio absoluto en casa suena a una tentación peligrosa, Sterling —bromeó Rob, dándole un golpecito en el hombro—.
Pero coincido en que la revelación va a ser gloriosa.
Ver a las damas de esta familia descubrir que sus maridos sabían antes que ellas lo que ocurría bajo sus narices es un espectáculo por el que pagaría.
—Bueno, caballeros —interrumpió Andrei—, sugiero que guardemos las apariencias y pongamos cara de ignorancia absoluta. Si nos ven sonreír antes de tiempo, nos someterán a un interrogatorio que ni la guardia del zar superaría.
—Una sugerencia muy prudente, pues el primo Derek debe de estar al llegar y él no debe saber tampoco cuánto hemos averiguado sobre su romance secreto —asintió Nate, ajustándose las solapas de la chaqueta—.
Pongamos cara de no interesarnos en absoluto, que es nuestro estado natural según nuestras amadas esposas, y salgamos a disfrutar del banquete.
Los caballeros abandonaron el estudio intentando componer ademanes solemnes, aunque la complicidad de las risas sofocadas los acompañó hasta la puerta del salón principal.
Una hora después, el espacio era ya un hervidero de voces antes de que los sirvientes terminaran de retirar los últimos platos. Los primos Beau jamás esperaban al té para comenzar a lanzarse pullas los unos a los otros, y aquella tarde de finales de marzo no iba a ser la excepción.
—Si Rob vuelve a mencionar ese caballo de carreras, sugiero que le cobremos un penique por palabra —declaró Els, reclinándose en su silla mientras se servía un poco más de agua—.
Amy ha cruzado el Atlántico para conocer la capital, no para memorizar la genealogía de un pura sangre que quedó tercero en Newmarket.
—Llegó segundo, querida prima —corrigió Rob de inmediato, apuntándola con su copa de vino vacía—. Y el pedigrí de ese animal es mucho más fascinante que la mitad de los chismes que circulan por los pasillos de Almack’s.
—Cualquier cosa es más interesante que las listas de debutantes que guardan las matronas en sus costureros —intervino Nate desde el extremo opuesto de la mesa, estirando las piernas con soltura—. De hecho, sospecho que mi madre tiene una lista secundaria solo para los días de lluvia.
—No les des ideas —advirtió Rachel, soltando una risita—.
Si la tía se entera de que intuyes la existencia de una segunda lista, enviará al último soltero tres invitaciones de baile por mensajero urgente antes de que caiga la noche.
—Y miró con intención al soltero en cuestión, antes de preguntarle—: ¿No crees, Derek?
Este, situado al lado de Amy, sostenía su copa de cristal con gesto sereno, observando el cruce de acusaciones con la tranquilidad del que conocía al detalle la fauna de su propia sangre.
—A mí mi madre ya me ha enviado dos misivas esta mañana, entiendo que con un par de sugerencias —repuso el vizconde, dedicando una inclinación ligera de cabeza a su prima—.
Aunque he preferido dejarlas sobre la chimenea de mi estudio sin abrir.
Si no leo los nombres, no tengo la obligación moral de pedirles el carné de baile en la siguiente fiesta.
—Un hombre prudente donde los haya —sentenció Rob, provocando la risa de Andrei, que observaba la escena, divertido, desde la cabecera de la mesa.
—Un estratega —corrigió Derek—. La diferencia entre la victoria y el desastre en Mayfair reside en saber qué cartas no debes jugar. Y qué cartas no abrir, también.
Amy miraba a unos y a otros con los ojos brillantes de diversión. Apoyó los codos sobre el borde de la mesa, fascinada por el ritmo vertiginoso de las réplicas.
—En Nueva York las conversaciones de sobremesa son considerablemente más solemnes, os lo aseguro —comentó la joven, volviéndose hacia Rachel—. Mi hermano habría exigido un orden del día antes de permitir semejante despliegue de ingenio.
—¡Un orden del día! —exclamó Els, ahogando un gritito de fingido espanto—. Dios mío, Rachel, ¿te imaginas estructurar las discusiones familiares en puntos del día?
—Llegaríamos al tercer punto a medianoche y seguiríamos discutiendo sobre si Rob sabe llevar un carruaje sin volcarlo en las curvas de Hyde Park —replicó Rachel con la mirada preñada de sorna.
—¡Rachel! —protestó el aludido—. Eso ocurrió una sola vez y la rueda ya estaba floja antes de salir de las caballerizas. Intuyo que mi hermano Jake tuvo bastante que ver al respecto…
Hubo carcajadas; sin duda, el duque de Avonshire había sido el responsable.
—Una vez es más que suficiente para que tus primas organicen una oración por tu alma —apuntó Nate, guiñándole un ojo a Amy.
—No escuches a mis primos, Amy —intervino Derek, inclinándose apenas hacia ella para hablarle en un tono más calmado y cercano, suficiente para aislarse un segundo de la marea de voces—. Te aseguro que todos exageran sus dramas para impresionar a la audiencia.
—No me molesta en absoluto, Derek —respondió ella, dedicándole una sonrisa sincera, y volvió a hablar con normalidad, sabiendo que la oirían—. Al contrario. Me temo que echaba de menos esta clase de alboroto.
—Podemos prestarle a Rob una semana —se ofreció Els desde enfrente—. Entenderá el silencio como un bien preciado antes del tercer día.
—Agradezco la generosidad de la oferta —rio la americana—, pero prefiero no arriesgar mi reputación ni los carruajes de la ciudad.
—Hablando de reputación y de aire fresco —interrumpió Rachel, dando un golpecito suave con los dedos sobre la mesa para captar la atención del grupo—, Andrei y yo hemos terminado la remodelación del jardín interior.
Amy, tienes que ver los rosales silvestres que nos llegaron la semana pasada desde el continente, ¡son una maravilla!
—Me encantaría —asintió.
—Derek —dijo Els al instante, entendiendo las intenciones de su prima con la destreza de quien ha preparado bien la jugada—, tú te conoces de memoria el trazado y la variedad de cada planta.
—Aquella era una mentira flagrante y todos los presentes lo sabían, mas nadie la corrigió—.
Acompáñala. Andrei y Andrew van a empezar a hablar sobre las reformas del Parlamento y me niego a que nuestra invitada sufra semejante sopor.
—Una acusación injusta —reclamó Sterling—. La política es apasionante.
—Solo para quien no tiene otros intereses —sentenció Els.
Derek se puso en pie sin prisa, apartando su silla con elegancia, y le ofreció el antebrazo a Amy, con una leve inclinación de cabeza.
—¿Me permite ser su guía, señorita Amy? Prometo no hablar ni de política ni de caballos de carreras.
—En ese caso, acepto con entusiasmo —respondió ella, tomando el brazo del vizconde.
—Si no volvéis en media hora, enviaremos un grupo de búsqueda —advirtió Nate con la copa en alto, medio en broma, medio en serio—. O a las tías, que es bastante peor.
—No tientes a la suerte, Nate —advirtió Derek con una sonrisa antes de dirigir a Amy hacia la salida.
Al cruzar la puerta de cristal que daba al jardín, el volumen de la conversación interior se amortiguó hasta convertirse en un murmullo lejano.
El espacio era un recoveco privado, protegido por altos muros de piedra cubiertos de hiedra y un sendero que serpenteaba entre arbustos cuidadosamente recortados.
El aire olía a humedad, a tierra y a la fragancia dulzona de las flores recién abiertas.
Caminaron un par de metros sin pronunciar palabra. El crujido suave de la grava bajo sus zapatos era el único sonido que los acompañaba.
—¿Has sobrevivido al interrogatorio encubierto de mis primas? —preguntó Derek, mirándola de reojo con un toque de ironía afectuosa.