El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

O tra noche más, otra velada y la misma sensación de que su juego había traspasado los límites de un mero contrato para convertirse en mucho más, en algo que no podía nombrarse y que parecía gritar en silencio entre ambos.

Para desquicio de Amy, cuando Derek no bailaba con ella lo hacía con otras señoritas, algunas de ellas tan aptas como lady Clara.

¿Por qué no se había fijado antes en la competencia que significaba el resto de las debutantes?

Abrumada por el murmullo sofocante del salón y la presión en el pecho, Amy se escabulló con discreción por las puertas de cristal hacia la terraza exterior.

El aire de la noche era fresco y traía consigo el aroma a tierra húmeda y rosas de los jardines.

Apoyó las manos en la balaustrada de piedra, respirando hondo para aplacar el nudo que se le había formado en la garganta.

Vio una escalera lateral y decidió descender y acercarse a los rosales.

Estaría a la vista de todos, no sería arriesgado.

Una vez allí, se acercó a las flores y las olió, dejando que el dulce perfume la relajara.

—Me atrevería a decir que huir de un salón de baile es una infracción capital contra la etiqueta —dijo una voz grave a sus espaldas.

Amy no necesitó girarse para saber que era él. El sonido firme de sus pasos sobre la piedra anunció que se estaba acercando a ella. El vizconde de Sheffield avanzó despacio hasta detenerse a su lado, manteniendo una distancia respetuosa pero cargada de una presencia ardiente.

—Solo necesitaba un poco de aire, Derek —respondió ella, intentando impregnar su voz de una calma que no sentía. Sin embargo, un leve temblor traicionó su tono—. Y creo que he interrumpido tus deberes. Me parecía que lady Clara estaba profundamente cautivada por tu compañía.

El caballero guardó silencio un segundo.

Amy sintió su mirada fija en su perfil, analizando cada línea de su rostro bajo la luz tenue de las antorchas distribuidas a lo largo y ancho del jardín, y deseó poder tragarse sus palabras.

No quería mostrarse posesiva, no tenía derecho.

¿Arriesgarse, había dicho Betsy? No lo haría cuando parecía obvio que apenas tenía posibilidades.

—Lady Clara es una joven encantadora —dijo él con suavidad, sin una pizca de provocación, ajeno al torbellino de emociones que la superaban—. Pero sospecho que la única razón por la que has mencionado su nombre es porque algo te ha perturbado. ¿He cometido algún desliz en nuestro trato, acaso?

La muchacha soltó una pequeña risa amarga, harta de que él esgrimiera su trato cada vez que tenía ocasión, marcando las distancias. Se giró al fin para mirarlo de frente.

Quiso decirle que, del mismo modo que le había pedido exclusividad, debía ofrecerla. Y que bailar con lady Clara casi tanto como con ella no estaba bien.

—Al contrario —respondió, en cambio—. Lo estás llevando a cabo de una manera impecable. Has cumplido con el primer baile conmigo para mantener la atención de las cotillas y de tu familia antes de dedicarte a ser el perfecto caballero con el resto de las señoritas del salón.

Derek frunció ligeramente el ceño. No hubo enfado en sus ojos verdes, sino una mezcla de comprensión y algo mucho más profundo y vulnerable que hizo que a Amy se le acelerara el pulso.

Como si comprendiera lo que sentía, como si él sintiera lo mismo…

El vizconde dio un paso hacia ella, reduciendo el espacio entre los dos hasta que solo un suspiro de distancia los separó.

—¿De veras crees que disfruté de esos bailes? —preguntó en un susurro grave, mirando sus ojos con fijeza—. ¿Crees que mientras sostenía la mano de lady Clara en la pista estaba pensando en dotes o alianzas familiares?

—Es lo que exige tu posición, después de todo —murmuró ella, intentando dar un paso atrás, pero los arbustos, llenos de espinas, se lo impidieron.

—Lo que exige mi posición me es por completo indiferente en este instante —dijo Derek.

Levantó la mano con una lentitud deliberada, pidiéndole permiso implícito antes de que sus dedos, cálidos a través del guante de cabritilla, acariciaran con infinita suavidad el contorno de la mandíbula de Amy.

—Durante cada segundo de esa pieza, mientras la orquesta tocaba y la sociedad me observaba, lo único que hacía era buscarte entre la multitud. Lo único que deseaba era que fueras tú la que estaba entre mis brazos —terminó con honestidad, el tono sentido, casi desesperado.

El roce de Derek envió un cosquilleo por toda la piel de Amy. La sinceridad de sus palabras la desarmó.

—Esto no formaba parte de nuestro trato —susurró ella, incapaz de apartar la mirada de sus labios.

—Olvida el maldito trato y déjate llevar por lo que quieres, Amy —murmuró él con voz ronca, sabiendo que la joven lo deseaba, acortando el último milímetro entre sus rostros.

Su aliento cálido rozó la boca femenina, haciéndole contener la respiración en una anticipación desesperada—.

Hoy ha dejado de ser un juego, la pasión lo cambia todo y lo sabes tan bien como yo porque tú también lo sientes, sientes la intensidad que crece entre nosotros.

Las osadas palabras de Derek dejaron a Amy sin aliento.

Quiso protestar, protegerse recordándole el contrato, pero él no le dio espacio para la réplica.

Con un movimiento calculado, extendió la mano y acomodó un mechón de cabello rebelde detrás de su oreja.

La caricia fue apenas un roce, pero bastó para que la joven sintiera un temblor recorrerle la columna y se olvidara de hablar de cualquier cosa que no fuera el hombre frente a ella que la cautivaba.

Sheffield era consciente del lugar en el que estaban.

Un movimiento en falso y el escándalo sería inevitable, así que se prometió mantener el control con la maestría que daba la experiencia.

Se inclinó despacio, dándole a Amy todo el tiempo para apartarse si lo deseaba, pues iba a besarla.

Pero ella permaneció inmóvil, hechizada por el calor que ardía en la mirada del vizconde.

Cuando sus labios se tocaron, el aire entre ambos pareció contenerse.

No fue un choque brusco ni un arrebato descontrolado, fue un beso deliberado, suave al principio, un roce de labios que hizo que Amy soltara un suspiro entrecortado.

Jamás la habían besado de aquella manera; para ella, la intimidad era un terreno inexplorado, pero Derek guio el ritmo con una devoción exquisita.

Mientras mantenía la postura erguida para no llamar la atención desde las alturas de la terraza, confiando en que la oscuridad de la noche los protegiera de miradas lejanas, deslizó una de sus manos con firmeza alrededor de la cintura de ella, atrayéndola con delicadeza hacia su cuerpo, mientras la otra mano subió por su espalda, amoldándose a la curva de su talle sobre la seda del vestido.

Profundizó en el beso con gentileza. Los labios de Derek se entreabrieron con lentitud, invitándola, y cuando sus lenguas se buscaron y se acariciaron en un roce tibio y lento, Amy sintió como la curiosidad la conquistaba.

Era la combinación exacta entre contención e intimidad: una tentación prohibida disfrutada en el filo de lo permitido.

Sabiendo que no debían tentar a la suerte ni un segundo más, Derek redujo la intensidad del beso antes de que la pasión tomara el control y se perdieran en ella.

Tras presionar sus labios una última vez con suavidad se retiró unos centímetros, dejando que sus frentes descansaran juntas mientras sus respiraciones agitadas se mezclaban en el silencio de la noche.

Sus manos permanecieron un instante más en la espalda de Amy, sujetándola con una posesividad serena pero firme, antes de volver a bajarlas, despacio.

—Eso —murmuró él con la voz enronquecida, acariciando con el pulgar la mejilla sonrojada de ella— no estaba en el contrato, pero no me pidas que me disculpe.

***

El carruaje de los marqueses de Aberdeen avanzaba con un suave traqueteo por las calles empedradas de Mayfair, sumidas en el silencio de la madrugada.

En el interior del habitáculo, la penumbra solo era interrumpida de vez en cuando por el destello de los faroles de gas de la calle que pasaban a través de las cortinillas.

El aire dentro del vehículo era espeso, impregnado del aroma del perfume de violetas de Amy y del olor a cedro que emanaba de Derek.

Apenas se habían dicho unas pocas palabras desde que abandonaran la terraza. Sin embargo, la tensión sensual no se había disipado; al contrario, se había condensado en el espacio reducido del asiento.

Derek estaba colocado frente a ella. Aunque mantenía la postura erguida de un caballero, sus ojos no se habían apartado de Amy ni un solo segundo.

Extendió la mano con lentitud y, sin romper el contacto visual, tomó los dedos enguantados de la joven, que descansaban sobre el regazo.

La caricia fue firme, un agarre que no presionaba, pero que dejaba claro que no tenía intención de apartarse.

—Mañana la sociedad volverá a hablar —dijo Derek con suavidad, acariciando con el pulgar el dorso de su mano—. Volverán las especulaciones sobre lady Clara, sobre los bailes y sobre el tiempo que piensas quedarte en la ciudad.

Amy miró sus manos unidas y luego alzó la vista hacia él. El temor a la amargura de la despedida seguía ahí, pero la calidez de la mano de Derek actuaba como un ancla en mitad de la tormenta.

—¿Y qué les diremos? —preguntó ella en un susurro.

—Les diremos justo lo que quieran oír para mantenerlos a distancia —le respondió, inclinándose ligeramente hacia adelante.

Su voz resonó con una promesa secreta que rozaba lo peligroso—.

Pero entre nosotros, Amy, ya no hay fachadas.

Si decides seguir adelante con este juego, debes saber que no te dejaré marchar con tanta facilidad.

No te dejaré ir hacia otra persona, ni a Nueva York, ni a ningún lugar donde yo no pueda alcanzarte; o no sin luchar.

La joven sintió que un estremecimiento de anticipación le recorría la espalda. No había amenaza en la voz de él, solo una determinación devota y serena que le demostraba que estaba tan atrapado en esa red como ella.

—Es un pacto muy arriesgado —dijo la joven, esbozando una pequeña sonrisa desafiante a pesar del latido acelerado de su corazón.

—Es el único que estoy dispuesto a firmar —contestó él, acercando la mano de Amy a sus labios para besarla nudillo a nudillo sobre la tela del guante.

Cuando el carruaje por fin se detuvo frente a la residencia de los marqueses de Aberdeen, la barrera del contrato entre el vizconde y la americana ya no era más que un lejano recuerdo reducido a cenizas.