El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

L as tarjetas de invitación habían quedado olvidadas a un lado de la mesa.

Helena, Rachel, Esther, Elisabeth y Sarah se habían cansado pronto de revisarlas y estaban acomodadas en los sillones de la salita, parloteando sobre los últimos acontecimientos londinenses.

Como cada año, Rachel daría un baile a finales de junio, pero todavía quedaban varias semanas y la princesa tenía cada detalle ya organizado, por lo que no precisaba de ayuda, o no todavía.

La conversación estaba centrada, pues, en el tema que más les interesaba: su primo Derek.

—Creo que está prestando demasiada atención a Amy —repitió Esther.

—También a lady Clara y a lady Edith —lo defendió Sarah.

Era, de todas las primas Beau, la más tímida.

—Tal vez sea así, pero a Amy la mira de manera diferente —atajó Rachel con una sonrisa de triunfo.

—Es esencial saber si la señorita Amy mira a Derek del mismo modo —señaló Helena, siempre prudente.

—¡Desde luego que lo hace! —respondió airada Els. Para Elizabeth, nadie era más imponente que su hermano—. ¿Acaso podría no estar interesada en Derek?

Rio sin poder evitarlo Sarah.

—Podría no estar interesada en abandonar su hogar en Nueva York e iniciar una nueva vida en Inglaterra, lejos de los suyos. No es fácil dejar atrás toda una vida.

El esposo de Sarah, el señor Martin Foster, era americano y, al igual que le ocurría a Amy Andersen, su familia vivía en Nueva York.

El caso de Martin era diferente, pues había navegado hasta Londres con la intención de establecerse allí y crear una oficina comercial de la empresa familiar en Europa.

Aunque venía a quedarse y conocer a lady Sarah Beaufort y enamorarse de ella facilitaron su nueva vida, la realidad era que seguía añorando las costumbres y el estilo neoyorquino.

Hubo unos instantes de silencio. Sabían que la menor de las primas hablaba desde la experiencia de su marido.

Para ellas, la vida de casada había sido el resultado natural de cumplir años: se habían casado bien, enamoradas, y seguían cerca de los suyos, coincidiendo en Navidades y durante cada temporada.

La idea de vivir en otro continente era tan impensable que no la habían valorado para Martin. Ni para Andréi. Ni ahora para Amy.

—Andréi adora Londres y su trabajo aquí, pero…

No siguió Rachel, no era necesario.

—Habrá que convencer a Amy de que vivir aquí será la mejor decisión de su vida —se animó Esther

—Habría que convencerla de que el vizconde de Sheffield será la mejor decisión de su vida, en realidad —se felicitó Els, segura de que lo que veía entre su hermano y la americana era un romance cerca de consolidarse.

—Habría que convencer primero a Derek, más bien.

—¡Derek está más que convencido!

—¿Os habéis fijado en cómo la mira?

—Cuando están juntos parecen olvidarse del resto.

Argumentaron todas a la vez. Tras la algarabía, llegó el silencio.

—Entonces —resumió Rachel—, ¿estamos de acuerdo en que Derek y Amy son la pareja de la temporada? —Hubo asentimientos—. ¿Y de que están enamorándose?

De nuevo, todas asintieron.

—Habrá que darles, entonces, intimidad para que se conozcan mejor —propuso Helena—. En casa de la tía Faith es imposible que puedan pasar tiempo a solas.

—Y necesitan también tiempo y espacio para que mi hermano obre su magia.

—Creo que no deberíamos forzar a Derek —objetó Sarah—. Quizá… —No pudo terminar la frase.

—Si no forzamos a Derek, acabará la Temporada y Amy no hallará una razón para quedarse —respondió Esther, belicosa.

—Y mi hermano tendrá que viajar a Nueva York a buscarla. —Hubo un nuevo silencio, todas ellas imaginaban la situación—. Lo que no niego que no pueda ser divertido, pero si no vamos a estar allí para verlo… No, creo que voy a insistir: forcemos a mi hermano hacia ella.

—Y animemos a Amy a aceptarlo.

—¡O empujémosla hasta él, si es necesario!

El resto de la tarde transcurrió entre planes e ideas.

***

El ambiente en el comedor principal de White’s olía a tabaco de Virginia, cuero pulido y el característico asado de ternera que el club servía a mediodía.

Derek cortaba la carne con precisión metódica, disfrutando de la relativa calma de la estancia.

A su lado, su primo Robert Seymour, conde de Hill, sostenía la copa de vino tinto observándolo sobre el borde del cristal con un brillo socarrón que a Derek no le pasó desapercibido.

—Tienes una mina de oro entre las manos, Derek, y me da la impresión de que no terminas de calibrar su valor —comentó Robert tras dar un sorbo pausado.

Derek ni siquiera alzó la vista del plato.

—Si te refieres a las acciones de la compañía minera del sur de Gales, ya te dije que vender antes de otoño sería una imprudencia.

—Hablo de algo mucho más entretenido y complejo que el carbón y el hierro —corrigió el conde de Hill, reclinándose en el respaldo de cuero verde de su sillón—. Hablo de la señorita Andersen.

El tenedor de Derek hizo una pausa milimétrica sobre la porcelana antes de continuar su trayecto.

—Amy es una invitada de la familia y una compañía inestimable en lo que a mantener a raya a las pescadoras de marido se refiere. Y nada más.

—Así que para ti la señorita Andersen es Amy, nada menos.

Tutearla con tanta soltura en privado debe de ser un gran alivio para tu habitual rigidez —se burló el conde con una sonrisa ladeada—.

Aunque debo decirte que la mitad de Mayfair no opina que sea «nada más».

En el baile de la duquesa de Richmond, más de un caballero juraba haber visto chispas entre vosotros.

Y las malas lenguas afirman que la buscas con la mirada como si temieras que se evaporase si parpadeas.

—Las malas lenguas en esta ciudad no tienen mejor ocupación que inventar romances donde solo hay buen juicio —repuso el vizconde en tono sereno, alcanzando su copa—. La señorita Andersen y yo compartimos una amistad pragmática.

—Una amistad que te tiene inexplicablemente distraído —insistió Robert, inclinándose apenas sobre la mesa y bajando la voz con complicidad—.

Vamos, Sheffield, a mí no tienes que venderme el cuento del caballero imperturbable frente al matrimonio, te conozco desde que llevábamos pantalones cortos.

Jamás te he visto dedicarle a una dama la mitad de la atención que le prestas a ella.

Ni siquiera a las debutantes de la infame lista que nuestras madres prepararon el año pasado para Jake, para Nate y para ti.

Casi se le escapa un gruñido al recordar aquellas infames listas de candidatas que, al final, no tuvieron ningún éxito.

—Lady Clara es una dama intachable, pero predecible —admitió Derek, dando un trago a su vino—. Amy… Amy parece un desafío constante.

—¿Un desafío que te disgusta o uno que está empezando a parecerte peligrosamente indispensable?

—inquirió Robert con los ojos entrecerrados y una mueca divertida—.

Porque si mis sospechas no fallan, esa amistad pragmática se te está yendo de las manos.

Si no tienes intención de llevarla al altar en la iglesia de San Jorge, te aconsejo que valores qué estás haciendo, antes de que alguien con menos escrúpulos intente arrebatártela o antes de que tú mismo termines admitiendo lo inevitable.

Derek fijó sus ojos verdes en los de su primo.

Durante un segundo, la máscara de frialdad aristocrática flaqueó, dejando entrever la tormenta contenida que llevaba días azotándole el pecho.

La imagen de Amy en la penumbra de Vauxhall, su cuerpo cálido buscando el suyo y el deseo creciente de compartir mucho más acudieron a su mente con una nitidez casi dolorosa.

Pero no iba a confesar frente a nadie lo que apenas podía reconocer frente a sí mismo: que aquella joven le aceleraba el pulso, que le hacía sonreír sin causa ni razón, que le inspiraba una dulzura y ternura que, sin embargo, se mezclaban con el deseo y la impaciencia.

Y que, desde entonces, procuraba recordarse y recordarle a ella, a modo de salvavidas, la falsa naturaleza de su romance.

No, no podía hablar de ello. Y, si lo hacía, sería con Amy y con nadie más.

—Olvida tus sospechas: la amistad que comparto con la señorita Andersen se mantiene bajo mi más estricto control —contestó el vizconde, aunque su voz sonó menos firme de lo habitual—.

Y las intenciones que tenga o deje de tener con ella pertenecen en exclusiva a esa amistad, nada tienen que ver con la infame iglesia de San Jorge que tanto parece obsesionaros a todos.

—Lo que tú digas, Derek —sonrió el conde de Hill, alzando la copa en un brindis silencioso mientras reprimía una carcajada—. Pero si terminas pidiendo consejo sobre anillos de compromiso, recuerda que fui el primero en avisarte.

***

En la residencia de Mount Street, la luz tamizada del mediodía filtraba tonos dorados a través de las cortinas de encaje del dormitorio de Amy.

La joven se encontraba sentada frente al tocador, mientras Betsy le desabrochaba con destreza la hilera de diminutos botones de la espalda de su vestido de mañana.

La joven dama permanecía absorta, pasándose la yema del pulgar por el labio inferior con una sonrisa distraída que llevaba horas dibujándose en su rostro sin que pudiera remediarlo.

—Si sigues suspirando de esa manera, voy a tener que ajustar el corsé dos pulgadas más para dejarle sitio al aire —comentó la criada, encontrándose con los ojos reprobadores de su señora en el espejo del tocador.

Amy parpadeó, recobrando la compostura de golpe y bajando la mano.

—No estaba suspirando, Betsy. Solo pensaba en la correspondencia que debo enviar a Nueva York.

—Por supuesto. La correspondencia de Nueva York tiene la extraña virtud de dejarte las mejillas sonrosadas y la mirada perdida en las musarañas —se burló la doncella con el desparpajo que le permitían los años de confianza entre ambas—.

No me has contado una sola palabra sobre lo que ocurrió la noche que fuiste a Vauxhall, y eso es muy sospechoso…

Sin duda ocultas algo, algo importante. Pero no hace falta pensar demasiado para imaginar que, lo que fuera, ha hecho que tu opinión sobre cierto vizconde haya mejorado.

—Betsy… —advirtió Amy con un tono que pretendía ser firme, aunque carecía de severidad—. Entre el vizconde y yo solo hay un acuerdo estratégico para esquivar la etiqueta de esta ciudad sin sofocos.

La otra soltó una risita baja mientras le retiraba el vestido por los hombros y le tendía la bata de seda.

—Amy, te conozco desde que llevabas tirabuzones y te escapabas a las caballerizas cuando tenías que estar en clase de francés.

He visto cómo miras a los caballeros que intentan engatusarte en Manhattan y cómo los despachas sin esforzarte.

A lord Derek no lo miras como a un socio de negocios, lo miras con los ojos de quien se está enamorando, por mucho que intentes convencerte de lo contrario.

Escuchar que su amiga mencionaba la palabra enamorarse fue una bofetada de realidad. Todos los celos que no quería admitir y toda la inseguridad que le generaba ver a Derek con otras señoritas afloraron.

Amy guardó silencio, ajustándose el cinturón de la bata mientras evitaba mirar a su doncella a los ojos.

Se sentó en el borde de la cama, dejando caer los brazos sobre el regazo.

La certeza de sus palabras la golpeó con la fuerza de una verdad que llevaba días intentando esquivar.

El recuerdo de las manos de Derek en su espalda, el roce de sus labios sobre su cabeza y la firmeza posesiva con la que la había sostenido aquella noche en los jardines, cuando al fin la encontró, le aceleraban el pulso y la ilusionaban de un modo peligroso, que le hacía dudar de las firmes convicciones que se había establecido a sí misma antes de emprender su viaje a Londres dos meses atrás.

—Todo es demasiado complicado —le confesó a su amiga en un hilo de voz, despojándose por un instante de la armadura que le otorgaba su carácter independiente—.

Él es un vizconde británico con obligaciones, un título que sostener y una familia que espera que elija a una dama de la alta nobleza.

Yo soy una americana que pronto tendrá que volver a su vida al otro lado del océano.

Betsy se acercó a ella y se agachó a su lado, tomando sus manos con verdadero afecto.

—Entonces tienes que tomar una decisión, y tomarla pronto —le dijo con tono cariñoso y sincero—.

Si no ves un futuro con él, pon distancia de inmediato, antes de que ese hombre te pueda romper el corazón.

Aunque, si de verdad crees que lord Derek es diferente, si él te hace sentir protegida y querida como ningún otro ha logrado antes…

entonces no te escudes en vuestro contrato ni en tu supuesta falta de idoneidad.

Recuerda que eres la nieta de un conde y una americana de carácter, arriésgate y descubre si él está dispuesto a romper las reglas, las expectativas sociales por ti.

Porque me juego mi sueldo de este mes a que el vizconde está tan encariñado contigo como lo estás tú de él.

Amy miró a su doncella sin decir nada, sintiendo que un nudo de dulce incertidumbre se apretaba en su garganta.